Volviendo a lo que Abandonamos

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Tengo claro que lo que pasa a la ida y a la vuelta de la mikve es algo confidencial. La pureza familiar es un tema personal entre marido y mujer. A dónde exactamente es que una mujer concurre una vez al mes es asunto del esposo, la esposa y D-os. Al abrigo de la oscuridad, millones de mujeres en todo el mundo participan de este ritual. Las mikvaot podrán estar decoradas de diferentes maneras, pero la esencia de lo que allí se lleva a cabo y las oraciones que se pronuncian son las mismas para todas.

A pesar de la confidencialidad del ritual de la mikve, voy a hablar de una de mis visitas, en realidad de la única que he hecho hasta ahora. Mi visita fue un tanto “diferente” de la que hacen quienes van por primera vez. En mi caso, yo no era una novia. En realidad, seis meses atrás habíamos celebrado nuestro vigésimo aniversario de bodas y acababa de cumplir cuarenta y tres años pocas semanas antes. Llegué a ese momento a través de un zigzagueante e irónico recorrido.

Me eduqué en un espacioso templo reformista de Long Island, que no tenía mikve. En realidad, nos habíamos mudado del barrio de Queens a Long Island precisamente por causa de una mikve. Nos habíamos ido de vacaciones y, cuando volvimos, pudimos ver un cartel en una esquina cerca de mi casa donde se anunciaba que allí se construiría una mikve. Mis padres vieron el cartel, compraron el New York Times, consultaron la sección de negocios inmobiliarios, fueron hasta Long Island y compraron una casa.

Todo esto en un solo día. Al día siguiente nuestra casa fue puesta a la venta. En el Templo Reformista al que nos unimos cuando tenía diez años la única mención que se hacía a una mikve era a través de historias y chistes. La mayoría de las veces, se comentaba que eran todo menos limpias. A mi modo de ver, las mikvaot eran desprolijas piscinas de agua sucia en la que unas viejas que llevaban torcidas pelucas revisaban tus dedos y las uñas de tus pies. Allí finalizabas tu ‘período’, porque eras ‘impura’, para después poder estar con tu esposo.

Cuando el año pasado mi esposo, mi hijo y yo nos mudamos de Long Island a Nueva York, el rabino de nuestro Beit Jabad de Long Island habló con el Rabino de una de los Beit Jabad de Manhattan, y fuimos recibidos con los brazos abiertos. Mi hijo, Jack, ahora está estudiando para su Bar Mitzvá y le encanta las clases de judaísmo. También estaba enterada que la Sinagoga a la que había empezado a asistir tenía una preciosa y recién estrenada mikve. Varias veces miré los folletos, mientras esperaba que mi hijo terminara sus clases de judaísmo.

Un día, durante la visita de mi madre, fuimos juntas a llevar a mi hijo a las clases. Después que lo dejamos allí, le mostré a mi madre un folleto de la mikve y pudimos ver qué bonita que era. Ya nos estábamos yendo, cuando nos cruzamos con la esposa del Rabino que estaba acompañada por su hija menor. Le comentamos lo precioso que nos parecía el edificio y, por lo que se mostraba en el prospecto, también la mikve era muy linda. Nos ofreció visitar las instalaciones y aceptamos. Quedamos, un tanto nerviosas, esperando que llevara a su niña al primer piso.

Cuando volvió nos preguntó si sabíamos qué era la pureza familiar y la mikve y le contestamos la verdad: no sabíamos casi nada. Y, lo poco que sabíamos era negativo.

Nos llevó a hacer un recorrido por la mikve. Era un lugar tan hermoso como un spa de nivel superior. En las habitaciones de preparación los pisos calefaccionados estaban revestidos de artísticas cerámicas. Había duchas con modernos dispositivos para simular lluvia y ¡hasta un jacuzzi! Las batas eran similares a las que se ofrecen en los hoteles más caros y las toallas eran gruesas y muy suaves. También tenían disponibles todo tipo de lociones que se pudieran desear o necesitar; y un sistema de intercomunicadores, completaba los servicios.

A continuación, la Rebetzin abrió la puerta que conducía a la mikve. Allí se continuaba el artístico diseño de las cerámicas, cubriendo la habitación y llegando hasta la piscina. A unos pocos escalones de la superficie estaba el agua que, según nos fue explicando, era parcialmente agua de lluvia que se recolectaba en el techo del edificio. También explicó cómo se limpiaba y esterilizaba el agua después de cada una de las usuarias, pero sin emplear productos químicos. Cuando miramos hacia arriba, vimos que el techo era abovedado y que tenía pintado una imagen del cielo. Después, la Rebetzin nos mostró los textos de las oraciones que pronunciaban las mujeres y agregó que, después de la plegaria establecida, una mujer podía decir sus propias oraciones y era el momento en que estaba más cerca de D-os. Tenía que admitir que esto sonaba bien.

Cuando nos alejamos de la mikve la Rebetzin nos explicó cómo calcular el momento en que se debería concurrir a la mikve y de qué forma había que prepararse. También habló de la pureza familiar y de cómo puede fortalecer al matrimonio. Mientras ella nos hablaba, me preguntaba si alguna vez llegaría a usar la mikve. Aún cuando ella había sido tan amable dedicándonos casi dos horas para hacer el recorrido y hablar con nosotras, afloraron todos los pensamientos que tenía guardados en lo más hondo de mi mente. Aunque quizás llegara a ir, una parte mía sentía vergüenza de decirle a alguien que había ido a una mikve.

Pero el pensamiento de la cercanía a D-os era tan tentador que tomé la decisión de ir y calculé cuidadosamente el anochecer en que podía hacerlo. En realidad, sentía mucha ilusión esperando que llegara el momento. Antes de ir, llamé a la asistente de la mikve, para avisarle. En el día fijado tomé un taxi y fui a Beit Jabad. Después de tocar timbre, entré por una puerta separada, y fui conducida por una escalera de mármol. La asistente era una mujer joven, sonriente y serena, que no me hizo sentir incómoda o tonta, mientras me hacía las preguntas requeridas para asegurar que estaba en el día correcto. Después, me acompañó hasta el cuarto más lindo, el designado para las novias. No estaba en uso ese día y su intención era hacer que esta primera visita a la mikve fuera especial.

Me instruyó acerca de lo que tenía que hacer para prepararme. Estaba nerviosa, pero no asustada. Entre otros preparativos, me lavé la cabeza y cepillé los dientes. Una vez pronta, pulsé los botones del intercomunicador. Allí estaba yo, esperando, envuelta en mi esponjosa bata de tela esponja y calzada con pantuflas desechables. Me miré al espejo y pensé: “¿Qué es lo que está haciendo en este lugar una simpática joven reformista?”

Golpearon a la puerta y pedí que entraran. Una vez más la asistente fue revisando punto por punto la lista de lo que tenía que hacer y pasé la prueba. Me revisó los hombros por si habían quedado cabellos sueltos, revisó mis dedos y uñas, para luego conducirme a la habitación donde estaba la piscina.

Sostuvo la bata mientras me desvestía, explicándome que iba a fijar su mirada hacia un punto adelante, que no iba a mirarme. Descendí los escalones para entrar al agua tibia y, siguiendo sus instrucciones, me sumergí. Pronuncié la oración y volví a sumergirme dos veces. Cada vez que emergía, escuchaba que ella decía “kosher”. Luego me dejó para que pronunciara mis oraciones personales.

Una vez sola, empecé a flotar, mirando la preciosa imagen de un cielo azul con nubes y pensé en todas las mujeres de mi familia, todas las que me precedieron, que iban todos los meses a la mikve, y en las mujeres de todo el mundo que concurrían y aquellas que lo hacían, superando dificultades e incluso corriendo peligro. Sentí una fuerte conexión con ellas. Pronuncié mi plegaria personal a D-os y, sin ganas de hacerlo, salí de la piscina.

De vuelta en la habitación, me vestí y sequé el cabello. Tomé un taxi y volví a mi casa. Todavía podía sentir el aroma del jabón y del agua de lluvia mientras daba vueltas por mi casa. Puede sonar como una frase hecha, pero me sentía realmente calma y renovada, y también femenina.

Sé que la mikve sirve para muchos propósitos, pero pienso que uno de los más importantes es darnos un espacio para salir de nuestras precipitadas vidas de mujeres judías, esposas y madres, permitiendo que nos tomemos un tiempo para nosotras mismas. Un tiempo en que no hay ninguna reunión a la que asistir, niño para atender, platos que lavar o teléfono que contestar. Para mimarnos a nosotras mismas y darnos un tiempo para reflexionar y estar a solas con D-os.

Y sí, volveré…

POR STACI NEWMAN
Staci Siskind Newman vive en la ciudad de Nueva York con su marido y su hijo de 12 años. Tiene un máster en Antropología y recientemente retorno a trabajar luego de 8 años como madre de tiempo completo.

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