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¿Vivir para comer o comer para vivir?

Aplazar la gratificación transforma lo físico en un acto de sustento espiritual.

“Papá, ¿cuándo terminará el Séder y podremos finalmente comer?”.

Esta pregunta es tan común durante el Séder que merece agregarse como un quinto cuestionamiento al “Ma Nishtaná”: “¿Por qué esta noche es diferente a todas las otras noches? Todas las otras noches, atacamos de inmediato los alimentos. Pero esta noche, tenemos que estudiar la Hagadá antes de comer”.

Una buena respuesta es algo que escuché hace 35 años atrás de Rav Nóaj Weinberg zt”l.

Rav Nóaj le preguntó a nuestro grupo: “¿Ustedes viven para comer o comen para vivir?”.

Todos respondimos: “Comemos para vivir”. Comemos porque necesitamos energía y nutrientes. No se trata de un fin en sí mismo. No vivimos para comer.

Pero en un mundo de una abundancia material sin precedentes es fácil perder de vista el hecho de que no vivimos para comer, que no vivimos para comprar, que no estamos aquí para incrementar el Índice de Precios al Consumidor.

Vivimos en un mundo de gratificación instantánea. Vemos algo, hacemos clic, compramos, nos sentimos felices… por un momento. Entonces las paredes del vacío comienzan a derrumbarse y deseamos más y vemos, hacemos clic, compramos… El ciclo continúa indefinidamente, hasta que ocurre algo y comprendemos cuán vacíos nos sentimos.

Necesitamos un sentido de propósito, algo más allá de comer, consumir y hacer clic.

La Torá nos dice: “No sólo de pan vive el hombre, sino por la palabra de Hashem” (Deuteronomio 8:3). No somos meros seres materiales en un mundo material. Nuestros cuerpos necesitan pan, pero nuestras almas necesitan sustento espiritual.

Por lo tanto, cuando tu hijo te pregunte: “¿Por qué no podemos comer ahora?”, formula tu respuesta como una pregunta: “¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Por qué estamos aquí? ¿Vivimos para comer o comemos para vivir?”.

Abre la puerta a la conversación. ¿Qué hacemos aquí? ¿Hacia dónde vamos? ¿De qué se trata la vida?

Ahora a comer

El judaísmo no aspira al ascetismo. No nos alienta a escalar el Himalaya, encontrar una cueva, cruzar las piernas y meditar el resto de la vida.

Nuestro Shabat, el día más sagrado, se comparte con la familia alrededor de la mesa, comiendo y bebiendo. Preparamos comidas deliciosas y especiales, usamos nuestra mejor vajilla. Santificamos el Shabat con una copa de vino. Incluso el más sagrado de los sabios judíos se casa y forma una familia, y disfruta de una vida familiar increíblemente rica y placentera.

En el judaísmo, lo físico no es una concesión. No es un “pecado” que hay que tolerar en un mundo imperfecto. Es un potencial único, sin precedentes, no sólo para bien sino también para santidad.

Sin embargo, es fácil engañarnos y decir que disfrutamos de una cena gourmet y un vino fino para “ser sagrados”, cuando en realidad sólo estamos satisfaciendo nuestras papilas gustativas y llenando nuestros estómagos. Es fácil decir que comemos para vivir cuando en realidad vivimos para comer.

Entonces, ¿cómo podemos saber que no nos estamos engañando?

La forma más básica es retrasar la gratificación (el énfasis está en retrasar, no eliminar).

Postergamos la satisfacción de nuestras necesidades físicas y atendemos primero a las necesidades de nuestra alma.

Una de las formas en que hacemos esto como judíos es al postergar la cena central en la noche de Pésaj, la noche en que nos convertimos en un pueblo, y de esta forma fijamos el tono para el resto del año.

En esta noche nos comportamos diferente a cualquier otra noche. Postergamos la satisfacción de nuestras necesidades físicas y atendemos primero a las necesidades de nuestra alma. De esta manera probamos que comemos para vivir, que tenemos un propósito mayor, que no somos sólo criaturas temporales.

Después de haber establecido esto, podemos sentarnos a disfrutar de una cena abundante y deliciosa sabiendo que no es un fin en sí mismo, sino un camino hacia una vida con propósito.

El Afikomán

En la época del Templo, lo último que comíamos después del Séder era el “cordero pascual”, una porción de cordero asado. Al no tener el Templo, comemos una porción de matzá, el Afikomán.

La idea es que después de comer una cena deliciosa, volvamos a tomar conciencia de que comemos para vivir. Eso lo tuvimos presente al comienzo, cuando postergamos la gratificación y repasamos la historia de nuestro pueblo antes de satisfacer nuestras papilas gustativas. Después comimos y bebimos. Y comimos un poco más, y disfrutarlo es una mitzvá. Sin embargo, siempre debemos recordar que comer no es el fin. El “fin” es espiritual; una mitzvá: el cordero pascual o su substituto, el Afikomán.

Todo lo que hacemos debe ser por un propósito mayor. Esa es la única forma de elevarnos y salir del ciclo vacío de “vivir para comer”.

Pésaj es una maravillosa oportunidad para recordarlo y para enseñarles a nuestros hijos que la vida tiene un propósito. La persona sólo puede llenar el constante vacío del materialismo con la realidad de que “no sólo de pan vive el hombre”. Somos más que nuestros cuerpos. Somos criaturas creadas a Imagen Divina. Somos almas nutridas por la “palabra de Dios”.

Activa la mente de tus hijos. Formula preguntas interesantes. Dale vida al Séder. ¿Qué hacemos aquí? ¿Quiénes somos? ¿Quién es Dios? ¿Quiénes forman parte del pueblo judío? ¿Cuál es nuestra relación especial con Dios? ¿Cuál es nuestra historia y cuál es nuestro destino?

Estos son nutrientes para el alma. Transforma el Séder de un “obstáculo que posterga el consumo de una cena física” en un “banquete espiritual que toda la familia recordará mucho después de que hayan quemado las calorías”. La noche se convertirá en un recuerdo permanentemente grabado en el alma de todos los que estén presentes.

 

por Yaakov Astor

 

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