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Viviendo el Momento

En nuestra cultura del “rápido, rápido”, resulta inevitablemente difícil para muchos de nosotros poder “estar allí” en cuerpo y alma. Mientras salgo de la automotora con mi flamante auto, sé que en las sombras ya hay un nuevo modelo del 2010 que va a competir con el mío. Cuando mi hija me está hablando me resulta difícil no tomar nota de la pila de trabajo que necesita que le dedique mi atención. Cuando compré una computadora nueva sabía que, a lo sumo en un año, o menos, saldría una mejor al mercado.

Es así que, en lugar de vivir el ahora, me encuentro mirando permanentemente hacia delante, viendo qué es lo que voy a comprar, qué voy a hacer, qué va a pasar. Esto hace que el concepto de “vivir el momento, detenerme para oler el perfume de las flores, esperar a que sucedan las cosas” se haya convertido en una trillada frase hecha.

No cabe duda que es bueno disponer de una perspectiva completa, bien desarrollada, que se apoye en el pasado para obtener información, a la vez que disfrutando por lo general del presente, y pensando en el futuro para poder estar preparado.

¿Pero qué pasa cuando estamos demasiado concentrados en nuestros problemas, esperando que las cosas ya hayan pasado, o nos dedicamos a mirar el futuro? ¿Qué pasa cuando empleamos nuestro precioso tiempo para estar con quienes queremos, permanentemente preocupados por lo que pasará con esto, aquello o lo de más allá?”

A veces, el verdadero camino para lograr algo es no hacer nada. Nos convertimos en un ser que es como el pequeño bebé en el útero materno durante un concierto sinfónico. Envuelto en capas que lo ocultan. Presente, pero no del todo allí. Quizás escuchando, pero sin poder experimentar totalmente la música.

No hace falta decir que preocuparse por los problemas no ayuda a resolverlos. Para mí, solo hace que crezcan cada vez más en mi mente, haciendo que sean más grandes que el deseo que tiene mi hija que baile con ella, que demos vueltas y hagamos piruetas en la cocina. Y ella puede sentir ese desprendimiento.

A veces, para vivir el momento en la vida real, para lograr algo, es necesario no hacer nada. Quedarme sentada en un banco de la plaza, sin el auricular en la oreja, con mi laptop fuera de la vista, y poder estar presente. Simplemente estar presente para que, cuando mis hijos se trepen a la jaula de los monos, puedan disfrutar sabiendo que su mamá está allí, dispuesta a quedar impresionada con su destreza en llegar a la parte más alta de la jaula.

De modo que mi decisión es dejar de lado mi permanente concentración y preocupación. Cerrar mis ojos y concentrarme enteramente en la belleza de la música. Abrir mis ojos al milagro de los preciosos momentos que puedo tener con mis hijos mientras todavía son pequeños. Disfrutar del estupendo paisaje que se despliega ante mí mientras voy manejando. Vivir en el aquí y el ahora. Y no es que sea tan ingenua como para hacer de cuenta que mis problemas no existen. Es simplemente que la vida es demasiado corta como para estar continuamente dedicada a mis problemas cuando, en realidad, podría estar bailando –realmente girando- con mi hija, en la cocina.

POR SHULA BRYSKI
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