Un reciente artículo de la revista Nueva York, titulado “Cómo no hablar con sus hijos” describe a Tomás, un superdotado de quinto grado que asistió a una escuela altamente competitiva. En su escuela se les dio una prueba de IQ para confirmar su precocidad, y sólo el uno por ciento de todos los solicitantes fue aceptado. Tomás clasificó por encima del uno por ciento.

Desde que Tomás empezó a caminar, siempre ha escuchado que era inteligente. Pero durante el transcurso escolar, esta conciencia de sí mismo no siempre se tradujo en la confianza audaz, en el esfuerzo por el trabajo escolar.

De hecho, el padre de Tomás había notado lo contrario. “Tomás no ha querido intentar cosas en las que no tendría éxito. Algunas de las cosas llegaron muy rápidamente a él, pero cuando no llegaban, desistía de ellas de inmediato”.

El artículo explicaba que desde 1969, con la publicación de “La Psicología de la Autoestima”, en la que se opinó que la autoestima es la más importante faceta de una persona, la creencia de que uno debe hacer lo que pueda para lograr positivamente se ha convertido en un movimiento.

“Cualquier cosa potencialmente perjudicial para la autoestima de un niño se anuló”.

Estudios ya realizados en los últimos diez años, encabezados por la psicóloga Carol Dweck, han llegado a la conclusión de que una alta autoestima no mejora los grados de carrera o logros por venir.

“Cuando vemos a niños orgullosos por su inteligencia”, escribió la psicóloga Dweck, “Les decimos que este es el nombre del juego: Actúa inteligentemente, no te arriesgues, no cometas errores”.

Por otro lado, explica, “Haciendo hincapié en el esfuerzo de un niño da una variable que puede controlar… Haciendo hincapié en la inteligencia natural que tiene el niño fuera de su control y que no proporciona una buena receta para hacer frente a un fracaso”. Ofrecer elogios, concluyó el artículo, se ha convertido en una especie de problema para las angustias de la crianza moderna.

Como padres, es evidente que creen que la verdadera autoestima es importante para nuestros niños, el desarrollo psicológico y espiritual. Pero, ¿cómo podemos evitar los posibles efectos negativos en alabar los logros de nuestros hijos?

Esta semana la lectura de la Torá, la primera parte del tercer libro de la Torá, es llamada Vaikra, que significa “llamar”. Se comienza con la llamada de Di-s a Moisés desde el Santuario para enseñarle las leyes que él luego debía transmitir al pueblo judío.

Hay una interesante anomalía en la forma en que la palabra Vaikra se encuentra escrita en la Torá. La última letra de la palabra Vaikra, es la letra alef, está escrita en un tamaño pequeño diferenciándose de las demás.

Por otro lado, la primera letra de la palabra de apertura en el libro de Bereshit, Crónicas, “Adán” —también la letra alef -está escrita en un tamaño grande.

¿Cuál es el mensaje de las pequeñas y grandes alefs? ¿Y puede ser que tal vez nos quieren enseñar una lección para nosotros como padres en cómo ayudar a nuestros hijos a obtener una ganancia positiva y productiva en su propia imagen?

Nuestros maestros jasidicos explican que Adán fue formado por Di-s mismo y tenia una semejanza a la “Imagen Divina”. Consciente de sus cualidades superiores como “que Di-s mismo fue el artista de esta obra y la gloria de la creación, se convirtió en un ser orgulloso. La gran alef del nombre Adán indica auto-importancia, su orgullo, lo que condujo a su caída por el pecado del árbol del conocimiento.

En cambio, Moisés también era consciente de sus cualidades superiores como el mayor profeta de la historia, quien fue el responsable de ser el intermediario divino que nos entrego la Torá. Pero en vez de causarle un engreimiento, esta conciencia le causaba una plena humildad. Moisés reconoció que su impresionante capacidad se le otorgó como un don concedido por Di-s. Así, cuando Moisés registró en la Torá que fue llamado por Di-s, escribió la palabra Vaikra con una pequeña alef, una demostración de lo pequeño que es él al lado de Di-s.

Adán y Moisés fueron grandes hombres, conscientes de su grandeza. Sin embargo, en este sentido, Adán demuestra valorar su propio ego lo cual terminó en una desgracia, mientras que en Moisés vemos que evoca más la humildad y grandeza.

La mayor potenciación de su propia imagen que usted puede darle a su niño, es el hacerle saber que es parte de algo mucho más grande que él mismo. Es una creación de Di-s, que en el hay grandes expectativas. No es el talento con el que nace lo que lo hace importante, sino lo que él hace de el.

La lección de la letra alef es: Enseñe a su hijo de su grandeza. Muéstrele sus infinitas posibilidades, su gran talento y su capacidad especial.

Pero, al mismo tiempo, debe aclarar a su hijo que estos son regalos que Di-s le ha dado, que desea que los utilice para lograr algo mejor nuestro mundo —de un modo que él, y sólo él, pueda lograrlo.

Ayude a su niño a experimentar su grandeza, pero al mismo tiempo deje que él sienta su pequeñez. Consciente de su responsabilidad y la importancia de sus logros personales provoca que se esfuerce para llegar a cada vez mayores logros.

POR CHANA WEISBERG
El Rabino Elisha Greenbaum es el lider spiritual de la comunidad Moorabbin Hebrew Congregation y director adjunto de L’Chaim Chabad en Moorabbin, Victoria, Australia.


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