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El Tania del Día Igueret HaKodesh, comienzo de Epístola 24

Tania Igueret HaKodesh

Igueret HaKodesh, comienzo de Epístola 24

Mis queridos, mis hermanos:

Os ruego, amigos que son amados por su Hacedor y odiados por su Inclinación al Mal: ¡No hagáis el mal! Que nadie haga de sí mismo un rashá (malvado) ante Di-s durante [aquella] una hora que El ha escogido de todo el día para que [la gente] pueda congregarse y pararse ante El en esta hora. Pues éste es un tiempo auspicioso ante El para que El Se revele, y para venir al “santuario en miniatura” a visitar a la Shejiná de Su Gloria “que mora con ellos, [con el pueblo judío,] en medio de su impureza” y ser accesible a aquellos que Lo buscan, Le suplican y Lo anhelan.

Quien habla de sus necesidades [en este auspicioso momento] muestra que no desea contemplar y ver la manifestación de la majestuosa gloria [de Di-s]. Así, se convierte en una impura carroza al “Tonto Supremo” de quien se dijo: “El tonto no desea entendimiento…”, como escribieron el Zohar y el AríZal. Esto significa que [este individuo] no desea contemplar y ver el glorioso esplendor de la grandeza del Rey de reyes —el Santo, bendito sea— que se revela en esta hora en lo Alto. También [se revela] abajo, a aquellos que sinceramente desean observar Su gloria y grandeza que se envuelve e inviste en las palabras de la plegaria por todos conocida, y que se revela a cada individuo conforme su intelecto y la raíz de su alma, como está escrito: “El hombre es alabado (iehulál/ יהולל) conforme [la medida de] su intelecto”, según [esta palabra es] deletreada iehalél/יהלל (alabará).

Ahora bien, el Reino Celestial es similar al reino terrenal. La costumbre del rey es que su poder esté oculto en [sus] cámaras más recónditas, con varios guardias en las puertas, (de modo que) muchos aguardan días y años [con la esperanza de] contemplar su poderío y gloria. Ahora bien, cuando él desea ser visto por todos, y proclama a lo largo de todo su reino que [sus súbditos] se congreguen y paren ante él de modo que les pueda mostrar su majestuosa gloria y el exaltado esplendor de su grandeza — quienquiera se pare ante él y no le importe verlo, ocupándose [en ese momento] de sus propias necesidades, ¡cuán bajo, necio e insensible es! Parece un animal a los ojos de todos.

Además, es un desprecio para el rey cuando muestra ante él que complacerse y deleitarse contemplando su gloria y belleza no es de más estima a sus ojos que dedicarse a sus propias necesidades. Lo que es más, constituye una ofensa capital frente al rey exhibir cómo ofende y desprecia al rey a los ojos del público. De esto está escrito: “Y los tontos suscitan el insulto”, es decir, que aunque él es un tonto, no debería “suscitar el insulto”, haciéndolo aparente a todos.

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