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También en el Desierto se Levanta un Santuario para Di-s

"En el desierto del Sinai" (Bamidbar 1:1)

Muchos lugares pueden ser definidos como un desierto desolado desde la perspectiva judía. Son aquellos lugares que no cuentan con instituciones de Torá como corresponde, donde a veces es difícil conseguir alimentos Kasher, donde los vientos que soplan allí no son los de la Torá y la santidad. Desde el punto de vista material, puede tratarse de paraísos florecientes, pero en lo que se refiere a la espiritualidad judía son “desiertos desolados”.

Un judío que por alguna circunstancia llega a un lugar como este podría pensar que en estas condiciones no tiene la posibilidad de cuidar un estilo de vida judío de Torá verdadero. Puede que en un principio haga concesiones en cosas que a él le parecen “lujos” extravagantes de lo espiritual, y de a poco puede llegar a resignar también a temas esenciales, sin los cuales un judío no puede sobrevivir como tal. Su percepción es que: “¡Aquí es diferente! En este lugar uno no puede comportarse como en un ambiente de Torá genuino”.

En el Corazón de la Desolación

Sin embargo, cuando estudiamos la Parshá de la semana, Bamidbar, entendemos claramente cuán equivocado es este enfoque. La Parshá nos relata cómo se repartió el servicio de transportar el Santuario ambulante- el Mishkán- y sus elementos entre las familias de los Levitas. La Torá nos describe cómo se llevaban a cabo los viajes de Israel en el desierto y cómo se levantó el Mishkán en cada lugar donde los judíos acamparon. Cuando reflexionamos sobre esto, se despierta un gran asombro.

¡Todo esto acaso no tuvo lugar en un desierto, en el corazón de la desolación!

¡¿Cómo es posible que en un desierto desolado, en un lugar donde no hay vida, y ni que hablar recuerdo alguno de judaísmo y santidad, los judíos pueden cargar consigo al Santuario en todos sus viajes, y de inmediato al llegar a lugar alguno, levantar ahí el Mishkán, y transformarlo inmediatamente en un lugar sagrado y apto para servir a Hashem?!

La Santidad no está Limitada

La Torá nos enseña aquí que el Altísimo no limita a las fuerzas de la santidad a estas u otras condiciones. A todo lugar donde llega un judío, aunque se trate de un desierto desolado material o espiritual, posee todas las fuerzas para levantar ahí un Santuario para Di-s, para santificar el lugar y difundir la luz de la Torá y los preceptos en toda la zona.

Lo único que debe hacer es permitir que la luz de su santidad interior, la de su alma Divina, lo dirija e ilumine el camino, y de inmediato verá cómo desaparecen los obstáculos y las perturbaciones, hasta llegar a la Tierra de Israel- el espacio de la santidad.

La Fuerza de la Mujer

Este concepto que aprendemos- la instalación de un Santuario en pleno desierto- a pesar de que se aplica a todos los sectores del pueblo judío, tiene una relación especial con las mujeres. Para la construcción de este Santuario se convocó a las mujeres y ellas acudieron primeras, antes que los hombres, para participar de su construcción. Esto nos muestra la relación especial de las mujeres judías en levantar el Santuario para Hashem.

Las mujeres judías, en quienes se depositó la responsabilidad de educar a las próximas generaciones, están a cargo de las características y el estilo de la casa judía, y constituyen el centro del hogar (la mujer se llama “akeret habait”, del término ikar, que quiere decir lo principal de la casa) tienen como deber fundamental fijar la base judía en todo lugar dónde llegue la familia. A las mujeres se les otorgó la fuerza especial para enfrentar las influencias negativas del medio, a través de establecer el hogar sobre los principios de la Torá, y de educar a sus hijos en la base a la tradición de Israel que se extiende desde el momento del mandato de Di-s en el Monte Sinai.

(Likutei Sijot, Tomo 2, Pág. 296)

Extraído de Shuljan Shabat, originalmente publicado en Sijat Hashabua, traducido por “La reflexión semanal”

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