La Luz es la primera creación del mundo: las primeras palabras de la creación fueron “Que haya Luz”, y el primer acto de la creación es la destilación de la luz, su separación de la oscuridad. El Midrash dice: ¿Dónde se creó la luz? Y la respuesta es susurrada: “Di-s se cubrió con una capa blanca, y la luz de su esplendor iluminó de una punta del mundo a la otra” (Bereshit Raba 3:4). En otras palabras, la luz, fundamentalmente, no pertenece a este mundo, sino que más bien, es una emanación de una esencia diferente, del otro lado de la realidad.

La Luz sirve como un símbolo de la bondad y de la belleza, de todo lo que es positivo. La diferencia entre la luz y la oscuridad asume un significado general y metafísico, que sirve como metáfora: “La sabiduría sobrepasa a la locura tanto como la luz sobrepasa la oscuridad” (Eclesiastés 2:13). La luz como un símbolo positivo, es tan frecuente en el Hebreo Bíblico que la redención, la verdad, la justicia, la paz y sus revelaciones están expresadas en términos de la revelación de la luz.

El simbolismo de la luz va más allá de todo esto: La revelación Divina misma es una revelación de la luz, los justos en el Gan Eden “toman sol de la luz de la Presencia Divina”, e incluso Di-s Mismo es “mi luz y mi salvación” (Salmos 27:1). Por ello, en el lenguaje utilizado por los cabalistas, toda la realidad es “luz”, e “iluminación”.

Esta luz metafórica no es solo abstracta e intelectual. La luz es también personificada (disfruta de su propia existencia) “La luz de los justos se alegra” (Proverbios 13:8). La manera en la que el ser humano se relaciona con la luz, también es emocional, casi sensual “La luz verdadera es algo dulce y placentero para los ojos” (Eclesiastés 11:7).

El significado simbólico de la luz como expresión del aspecto positivo de la realidad no está conferida solamente al reino del lenguaje.

También se realiza en el uso de las velas y lámparas como concretas formas de expresión, que simbolizan y apuntan a una esencia que contiene santidad, en todas sus diferentes apariciones en la realidad: en santidad y en el Templo Sagrado (en la santidad del lugar; en Shabat y en las festividades), en la santidad del tiempo, en ocasiones especiales, y en la santidad y la importancia del evento.

La Menorá del Templo, con todos sus ornamentos y su elaborada artesanía, no estaba allí para ningún propósito práctico: se encontraba en el Heijal, una sala sin ventanas, que era visitada rara vez por las personas. Aún así, se encontraba allí como símbolo de la santidad de aquél lugar, de su relación con la luz. Esta Menorá, es una esfera de luz solar, que ilumina a través de las paredes y las cortinas. No es de extrañarse pues, que este significado de la Menorá del Templo, era concebido por el pueblo judío como símbolo “por excelencia” de la existencia judía. Lo mismo sucede con las velas del Shabat y las festividades. Inicialmente, las velas de Shabat eran encendidas por razones muy prosaicas: iluminar a quienes comían la comida del Shabat por la noche, para que no pasaran la noche a oscuras.

Pero, desde un principio, el significado del encendido de velas ha ido más allá de eso.

El Shuljan Aruj establece: “Uno debe cuidarse de hacer una linda vela…algunos incluso arman dos, uno por Zajor (recordarás) y la otra por Shamor (cuidarás)…”. “Si uno no tiene suficiente dinero para comprar una vela para Shabat y vino para el Kidush del día, la vela del Shabat precede al vino”, y tanto es así que “incluso si uno no tiene para comer, debe pedir limosna y comprar aceite y mecha para la vela” (Shuljan Aruj, Oraj Jaim 263). El encendido de la vela, se ha convertido en un símbolo del Shabat mismo, en una especie de “luz de siete días”, que iluminan durante un lapso de tiempo. Y así como el Shabat entra con luz, también lo despedimos con luz: La vela de Havdalá.

Incluso en la festividad de Janucá, que en los días de los Jashmonaím era celebrada con muchas ceremonias, se ha “sintetizado” hoy en día durante el curso de las generaciones y es expresada por las velas de Janucá, en la ceremonia diaria del encendido, que aumenta cada día el número de velas para simbolizar cómo “ la luz sobresale en la oscuridad”, en la festividad de la victoria, purificación, y de relevancia histórica. Desde ahí, la luz se expande más y más a cada evento que tiene algo único, desde la festividad de Beit Hashoeva en el Templo, en donde solían encender enormes antorchas para iluminar todo Jerusalem, hasta las fogatas que se encienden en Lag Baomer, una luz de respeto y memoria del gran sabio Rabí Shimon Bar Iojai.

La luz de la vela de recuerdo, también, a pesar que está relacionada con la tristeza, expresa una luz simbólica “El espíritu del hombre es una vela del Señor” (Proverbios 20:27). Es eternidad, no tristeza, lo que está revelado en esta luz. Y en contraposición están las velas del casamiento, las antorchas que se llevan para escoltar a la novia, una luz que expresa alegría y esperanza.

El significado total de la luz como expresión de bondad y belleza, está dividido en tonos y contrastes de significado: la luz general del comienzo de la creación, una luz que contenía toda realidad, está dividida en luces individuales, cada una con su propia identidad, ambos en términos de su misión y de las emociones que expresan. Por ello, por un lado, tenemos la luz del lugar sagrado, que no tiene que ser vista, pero debe simplemente estar. Por el otro lado, la luz de las velas de Shabat, que deben usarse, y las velas de Janucá, que aunque “sean sagradas no debemos usarlas, sino simplemente observarlas”, deben ser vistas por la mayor cantidad de personas posible. Y lo mismo sucede con los mensajes que estas luces transmiten: gloria, el regocijo de la victoria, el recuerdo de la eternidad, gran alegría. Por supuesto, naturalmente, no siempre tenemos un solo elemento en su forma más pura, ya que a veces un evento o una luz contienen varios aspectos relacionados.

Esta gran cantidad de significados existen no solo desde el punto de vista del vidente. El significado de cada luz está investido en una forma tangible en los utensilios materiales de la luz: el aceite, y la mecha, la vela y la lámpara.

La Halajá, establece que uno no debe hacer para uso privado, una Menorá como la que estaba erguida en el Templo. Dicha regla es, para preservar la unicidad de la luz del Templo, que no tenía un doble, un sustituto. La enunciación que todas las velas de la Menorá miraban hacia la otra, enfatiza que esta luz no estaba para iluminar su alrededor sino que era para iluminarse a ella misma.

La diferencia entre las mechas separadas de las velas de Shabat y la mecha entrelazada de la vela de Havdala es la distinción entre la luz de la paz, del reposo, del hogar y la luz más fuerte de una antorcha, la que, por un lado, acompaña a la reina que departe, y por el otro, ilumina la oscuridad que resalta cada vez más por su ausencia. Las velas de Janucá están erguidas en una línea para marcar y contar los días, y el Shamash está separado de ellas para remarcar, que a diferencia de las otras velas, él está allí para un uso práctico. Janucá entonces, es una estructura por la cual las ideas abstractas hallan su expresión; y siempre y en todas partes hay costumbres y estéticas que completan la imagen, de acuerdo a los gustos de los lugares y los tiempos. También hay, por supuesto, limitaciones internas y externas, que crean formas y dibujos por si mismos, limitaciones relacionadas con los materiales (el combustible, y los materiales para las velas y las lámparas), y consideraciones como ser el clima, e incluso malos vecinos. Condiciones económicas y geográficas han forzado a los judíos a encontrar diferentes maneras de expresión. La mecha de aceite a veces ha tenido que reemplazarse por una vela de cera, con todos sus cambios externos correspondientes.

Pero aún así, los significados y los puntos de estos temas nunca se han perdido. Los artistas judíos que han creado y diseñado varios utensilios para iluminar para los servicios sagrados entendieron que su uso está ligado con su significado. Su uso, e incluso su belleza, debe expresar la idea contenida en cada uno de los objetos. Y más a pesar de todo esto, la luz está para iluminar. Incluso la Menorá escondida en el Templo fue diligentemente diseñada para que la luz oculta sea lo más brillante y perfecta posible. En el judaísmo, la oscuridad nunca ha tenido un significado religioso, la cortina de oscuridad es la cortina de la Klipá (cáscara), hasta el punto en el que tiene un rol especial; la existencia de la oscuridad pone en relieve la luz, enfatiza su deseo por ella. Incluso el secreto es el secreto de la luz, como dijo el Baal Shem Tov, “Or” (luz) equivale en Guematria a la palabra a “Raz” (secreto).

POR ADIN STEINSALTZ
El Rabino Adin Even-Israel (Shteinzaltz) es uno de los rabinos más reconocidos de nuestro siglo. Autor de muchos libros y principalmente renombrado por su traducción del Talmud al hebreo haciéndolo accesible a todo el mundo.