Sintonizar con Dios

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Yo sé que rezar es un desafío para muchos, sin importar en dónde se encuentren dentro del espectro religioso. Dios es intangible y demasiado impresionante. Nos sentimos desconectamos. Parece antinatural. Tenemos demasiadas cosas en nuestra mente y nos distraemos constantemente.

Lo último no es un problema sólo en el rezo. Afecta nuestra vida laboral, nuestras amistades, nuestros matrimonios y a nuestros hijos. Siempre estamos haciendo varias cosas a la vez: leemos emails mientras hablamos por teléfono mientras preparamos la cena y supervisamos las tareas escolares de los niños.

Solía sentirme orgullosa: ¡mira cuántas actividades puedo hacer al mismo tiempo! Pero ahora me avergüenzo de ello e intento evitarlo. Porque en verdad no es posible concentrarse en tantas cosas a la vez. Algo siempre pierde.

He llegado a creer (y estoy segura de que hay estudios que lo corroboran, ¡si tan sólo pudiera concentrarme el tiempo suficiente para encontrar uno!) que hay que seguir el modelo de “una tarea a la vez”.

Hacer una cosa con toda mi energía y luego pasar a la siguiente. Quizás logre hacer menos cosas, pero espero llegar a hacerlas mejor, con menos errores (¡voy a preguntarles a mis editores y les cuento!).

Si hay una actividad en la cual es necesario enfocar la atención, es en el rezo.

Muchos reconocen que durante nuestros rezos formales viajamos por el mundo. Me gustaría que mis distracciones fueran tan nobles y fascinantes, pero por lo general son mucho más mundanas: hay que doblar la ropa; ¿qué puedo preparar para la cena?; ¿tengo tiempo de hacer ejercicio antes de ir a mi clase? Estos pensamientos dan vueltas por mi cabeza mientras pronuncio las palabras del rezo e intento (por lo general en vano) conectarme con Dios.

Trabajo (constantemente) para cambiar esto, leo libros sobre la plegaria, asumo nuevos compromisos. Sé que debe ser una prioridad. Sé que tengo que destinar tiempo para hacerlo. Sé que no puedo hacerlo apurada (ya vengo, suena el teléfono).

Siempre son objetivos nobles y respuestas simples y pequeñas. Por eso incorporé una nueva herramienta para ayudarme a enfocarme. Parece trivial, algo tan pequeño, tan obvio.

Cuando rezo, apago el volumen de mi teléfono. No me distrae sólo recibir una llamada, sino también el sonido que avisa que entraron mensajes de texto o que llegaron nuevos email. Yo me esfuerzo para concentrarme y mi teléfono me distrae.

Apagarlo resultó ser un gran alivio. Creo que incluso puedo dejarlo en otra habitación. Parece tonto, pero hace una gran diferencia. Cuando mi esposo va a la sinagoga en la mañana, deja su teléfono en casa. ¿Sólo porque yo me quedo a rezar en casa mi conducta debe ser diferente?

Aún me falta concentrarme más. Aún necesito ignorar lo que ocurre a mí alrededor. ¡Estoy hablando con el Rey de Reyes! Sé que es mejor rezar que no rezar (como dijo una vez una de mis maestras sobre su propio rezo apurado: “al menos hice la llamada”), pero “rezo” para que al apagar mi teléfono pueda hacer más que eso; quizás pueda llegar a tener una verdadera conversación.

 

POR EMUNA BRAVERMAN

 


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