PARASHÁ DE LA SEMANA: SHOFTÍM
LECTURA DE LA TORÁ PARA ESTA SEMANA: DETEURONOMIO 16:18 – 21:9
HAFTORAH: ISAÍAS 51:12 – 52:12

El resto vendrá después

"Morty, voy a contarte un secreto" dijo mi abuelo

En 1967, en Rusia, luego de treinta años de no tener un Sidur (libro de rezos), Lev ben Moshe Halevi, mi abuelo, tuvo la suerte de poder comprar uno por 180 dólares (que eran los ahorros de toda su vida). Los comunistas habían prohibido el uso de los libros de rezo, o de cualquier otro artículo judío. Mi madre, que tenía diez años en ese momento, aún recuerda cómo su familia luchó contra la pobreza los siguientes dos años.

A pesar de esto, ese único Sidur azul se convirtió en el sostén de nuestra familia y nuestra vida comunitaria, y fue utilizado a diario por los siguientes veinticinco años. Mi abuelo solía ir al parque a rezar; a la vuelta, le entregaba el Sidur a mi abuela, y ella partía hacia el parque y rezaba. Luego, ella le pasaba el libro sagrado a los vecinos, y ellos iban a su lugar solitario y rezaban. Una por una, cincuenta personas usaban el Sidur cada Shabat. Afortunadamente, ninguno de ellos fue atrapado. Cuando mi abuelo murió, mi madre me regaló el hermoso Sidur, que es una de mis más invaluables posesiones.

Todavía no sé cómo rezar de él, porque está escrito sin vocales, y no tiene traducción al ruso ni a inglés, pero estoy aprendiendo. Mi familia tiene una historia complicada. Mis padres fueron niños sobrevivientes del Gueto de Ribnita. Las fuerzas rumanas obligaron a mis bisabuelos paternos a cavar su propia tumba, y les pegaron un tiro. Mi abuelo, que tenía once años, fue obligado a enterrar a su padre herido para que no mataran a su madre, sus hermanos, hermanas, y primos; hasta el día de hoy tiene pesadillas.

Cuando yo tenía cinco años, mi abuelo materno me sentó en su falda y me dijo “Morty (mi nombre en ruso es Maksin y en hebreo Mordejai), voy a contarte un secreto. No se lo cuentes a tus padres ni a tu hermano. Es un secreto sólo para ti.” Por tener tan sólo cinco años, estaba sumamente excitado. Increíblemente, guardé este secreto hasta que me vine a Estados Unidos. Como en la escuela me molestaban por ser judío, tenía demasiado miedo de contárselo a alguien.

Mi abuelo prosiguió: “Morty, te voy a enseñar la Torá santa, el sagrado rollo que nuestro pueblo se pasó de generación en generación. Aquellos que la sabían, llevaban vidas felices llenas de Mitzvot que sólo los caballeros más valientes se comprometían a cumplir. Quienes no lo hacían, se perdían en el bosque encantado buscando a aquellos caballeros”. Hizo una pausa y luego continuó, “¿quieres saber el secreto?”

“Sí abuelo, quiero,” respondí con incontrolable emoción.

Luego él dijo, “¿Vas a guardar este secreto hasta que sientas que es el momento correcto de contarlo?” Le aseguré que lo haría.

Me besó en el cachete y dijo: “Morty, cuando te levantes cada mañana, quiero que te mires al espejo y te golpees el corazón tres veces. Mientras lo haces, recita, “yo nací judío (golpe en el corazón); fui creado como judío (golpe en el corazón); y moriré siendo judío (golpe en el corazón). Al terminar, quiero que levantes tus manos hacia el cielo y proclames ‘y el resto vendrá después’. Cuando te vayas a dormir, quiero que te tapes los ojos y repitas la misma rutina”.

Después de asegurarse de que yo había entendido, dijo, “Ésta es la Torá de nuestro pueblo”.

Finalmente sacudimos nuestras manos y nos dimos un beso y un abrazo, para cerrar el trato. Todos los días (y aún lo conservo hoy en día), hago la rutina que me enseñó mi abuelo sin pensarlo dos veces.

Cuando llegué a Estados Unidos, me inscribieron en el colegio judío de mi ciudad. Cada uno de mis padres tenía tres trabajos para poder pagar la matrícula, pero jamás se quejaron. De cualquier manera, a pesar de que iba a un colegio judío, a menudo faltaba a mis clases de judaísmo para poder estudiar inglés; por lo que cursé tres años en este colegio y no aprendí casi nada sobre judaísmo.

Un día, mi maestra de inglés se enfermó, y decidí unirme a la clase de Torá. Estaba totalmente perdido, y no prestaba mucha atención. El maestro se dio cuenta de que mi mente estaba por cualquier lado, por lo que me llamó y me dijo: “Mordejai, ¿realmente conoces la Torá? ¿Es por eso que no estás escuchando? Casi nunca venís a mi clase… por lo menos ahora, aprovecha la oportunidad y aprende Torá con nosotros”.

Lo mire y le dije “Maestro, yo conozco la Torá como la palma de mi mano. La recito desde hace siete años, dos veces por día”.

El maestro respondió: “¿En serio, Tzadik? ¿Por qué no lo haces ahora mismo?”

Me paré, arreglé mi camisa, y comencé a revelar “el secreto” que mi abuelo me había enseñado. Está demás decir que los estudiantes se empezaron a reír, pero el maestro estaba anonadado. Me pidió que lo repitiera, y lo repetí; pero esta vez, los alumnos no se reían, se estaban descostillando de la risa. Me puse a llorar. Sentí que se estaban burlando de la Torá bendita. El maestro le pidió a la clase que haga silencio, y me pidió que repita la rutina una vez más.

A pesar de mis lágrimas, vi que el maestro se aproximaba. Me abrazó y me dijo: “Mordejai ¿cuándo decís esto? ¿Y por qué lo haces?”

“Así es como los judíos recitan la Torá”, le dije.

“No Mordejai, sólo los judíos valientes recitan la Torá de esta manera”, me respondió.

Cuando llegué a casa avanzado el día, le pedí a mi abuelo que me explique la Torá que me había enseñado aquella vez. Luego de explicarle lo que había pasado en la escuela, mi abuelo me paró frente a un largo espejo y dijo: “Morty, mira al espejo y dime qué ves”.

“A mí,” fue la respuesta.

“Mira, ¿qué hay en tu cabeza?”, dijo.

Yo miré para arriba y vi mi Kipá, que me había olvidado de sacar luego de las clases de Torá.

“Morty, ¿cuántas veces fuiste golpeado por ser judío?”

“Tres”.

“¿Cuántas veces fuiste hospitalizado por las lastimaduras que te quedaron?”

“Dos,” dije mientras recordaba los puntos que me habían dado cuando me tiraron una plancha en la cabeza y una piedra en la rótula.

Me besó y dijo, “Morty, todos los días te golpeas en el pecho para indicar que ellos, los antisemitas, pueden romper tus huesos, pero tu corazón siempre latirá por D-os”.

Prosiguió, “¿cuántas veces escuchaste que el comunismo, el socialismo, el liberalismo, el capitalismo, el cristianismo o el islam son mejores que el judaísmo?”

“Al cubrir tus ojos por las noches, estás indicando que hay naciones que pueden cegarte con sus filosofías, pero al final del día tu vista siempre estará en dirección a D-os. Y en cuanto a tus manos levantadas hacia el cielo, no pretendas entender esto ahora, lo entenderás cuando llegue el día correcto. El resto vendrá después”.

Preparado con nuevos conocimientos, volví a hablar con el maestro y le conté todo. Él me dijo, “Mordejai, tú sabes más Torá a los doce de lo que yo sé a los 28, y yo estudié en colegios judíos toda mi vida”.

Después de graduarme del colegio judío, me cambié a una escuela pública. Como no sabía casi nada de judaísmo, dejé mi poco conocimiento entre paréntesis. Fue sólo hace dos años que lentamente empecé a acercarme nuevamente al judaísmo. Ahora le doy las gracias a D-os, rezo treces veces al día, uso mi Kipá todo el tiempo, y respeto el Shabat. Aún no estudio la Mishná ni la Guemará, pero sé historia y filosofía, del judaísmo y de Israel, e incluso enseño literatura judía de Europa del este. Y en lo que respecta a lo demás, “El resto vendrá después”.

Las palabras de mi abuelo resuenan sabias y verdaderas.

POR MORDEJAI

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