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¿Quién es el hijo malvado?

La lección fundamental de Pésaj es que el amor de Dios es incondicional.

Hace poco observé a uno de mis hijos caer en un rincón oscuro. Durante varias horas estalló en furia, culpó y rechazó a todos los que se le acercaban. Luego emergió de su oscuridad. Su éxodo me enseñó algo sobre Pésaj y el hijo rashá ‘malvado’, del cual habla la Hagadá.

Durante un paseo familiar, algo le molestó. “Me quiero ir. ¿Puedes llevarme a casa?”, me pidió.

Me sorprendí. ¿Realmente me estaba pidiendo que dejara a la familia para llevarlo a casa en un viaje que ida y vuelta me llevaría una hora?

Contuve mi reacción. “Lo siento cariño. Mami y los niños me necesitan aquí”.

Él permaneció en su exilio. Con mi esposa decidimos no darle una atención inmerecida. Una hora más tarde lo observé y vi que se había unido a la diversión. Esa noche, mientras ambos poníamos la mesa, comenzó a hablar sobre los eventos del día.

—Sentí que necesitaba ayuda con mi enojo —comenzó a decir.

—¿De veras? —La boca se me llenó de sermones útiles—. ¿A qué te refieres? —le pregunté en cambio.

—Hoy me enojé mucho. Quería volver a unirme con la familia, pero no supe cómo hacerlo —me dijo con tristeza.

—¿Qué pasó entonces? ¿Cómo volviste a estar con los demás?

Lo pensó un momento y luego me dijo:

—Realmente no lo sé… —Estaba tan atrapado por el recuerdo de su sufrimiento que olvidó cómo logró salir del mismo.

Recordé esta historia cuando repasé la Hagadá y me encontré con el hijo “malvado”.

El concepto de maldad nos sugiere inmediatamente un “enemigo”. Sin embargo, los Sabios establecen una conexión entre las palabras rashá (malvado) y rash (ruido o conmoción). El profeta compara al rashá con “el mar agitado, porque no tiene reposo” (Isaías 57:20). ¿Qué significa esto?

Cuando nuestras mentes están llenas de ruido (estrés, enojo, temor) la sabiduría divina se ahoga. Somos destructivos, no villanos.

Con calma interior podemos navegar sobre las olas de la vida. Enfrentamos obstáculos y conflictos, pero con una mente clara el regalo de la sabiduría divina encuentra la forma de llegar a nuestro corazón. Caemos y aprendemos.

Cuando nuestras mentes están llenas de ruido (estrés, enojo, temor) la sabiduría divina se ahoga. A menudo resolvemos las dificultades creando otras. Somos destructivos, no villanos. Este es el rashá.

Considera la pregunta del rashá. La Hagadá dice: “¿Qué es este servicio para ti? “Para ti”, pero no para él. Porque se excluye a sí mismo de la comunidad, niega la esencia [del judaísmo]”.

Inseguro y propenso a la desesperación, el rashá se aísla a sí mismo, desprecia a los demás. “Me siento bajo. Los mandamientos elevados no me resultan accesibles. Los voy a destruir”. Incluso puede ser que desee acercarse, pero no sabe cómo hacerlo.

Perdido en medio del ruido, no ve cómo su mala interpretación contradice la esencia del judaísmo y lo aleja. Cree que una relación con Dios es algo exclusivo de aquellos que se sienten elevados. Como él no siente esa conexión, erróneamente concluye que él está excluido, fuera de la imagen.

Pero la verdad sobre el judaísmo, y la lección fundamental de Pésaj, es que el amor de Dios es incondicional. Sentirse bajo e indigno es más un testimonio del ruido de nuestras mentes que de Dios. No importa qué tan bajo, qué tan lejos o qué tan indignos nos sintamos, Dios no duda de nosotros. Él sólo nos pide que consideremos la manera en que Él nos ve y que nos esforcemos.

Nuestra tarea es ver más allá de la mente ruidosa del rashá. No es un villano, simplemente sufre una “inestabilidad temporaria”. Los cuatro hijos del Séder no son personalidades definidas, sino aspectos de cada niño, de cada uno de nosotros. A veces estamos repletos de sabiduría, otras veces nos cerramos, estamos inseguros, atrapados por nuestro ruido interno.

Por eso nos enfrentamos con el rashá, con compasión.

La Hagadá nos dice: “Quiébrale los dientes y dile: ‘Es por este [servicio] que Dios hizo por mí cuando partí de Egipto’”.

Le decimos: “Estás equivocado. Lo que nos hizo dignos de salir de Egipto no fue cuán elevados nos sentíamos. Lo que nos permitió salir fue esto: el acto de servicio y esfuerzo sincero”.

Me siento orgulloso del momento de introspección de mi hijo. Pude ver que su hostilidad hablaba más sobre su estado mental que sobre su esencia. Afortunadamente no luché con él ni lo complací. Di un paso al costado. Al enfrentase con las con secuencias del camino que él mismo había elegido, se calmó. Ahí apareció el hijo sabio.

Que todos tengamos el mérito de entender al rashá en nosotros mismos y en nuestros hijos, y que podamos sentir el sabor de lo que significa recibir el regalo de Dios y salir de nuestro propio Egipto.

 

por Rav Henry Harris

 

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