No puedo hacer muchas cosas al mismo tiempo. Dicen que es una cualidad femenina ¡pero parece que yo no la tengo! No puedo cocinar, hablar por teléfono, ayudar a mi hijo con las tareas escolares y organizar un evento, todo al mismo tiempo, aunque podría hacer cada una de estas cosas por separado.

La ventaja es que cuando llegan las festividades judías, me tengo que sumergir por completo. Es como pasar el verano en Francia estudiando francés. No existe nada más, excepto la festividad y los miembros de mi familia. Me absorbe por completo, y si en el resto del mundo (o incluso en el barrio) pasa algo, yo no tengo la menor idea. Cuando culmina la festividad, mis hijos regresan a sus propios hogares, yo paso el día en el lavadero automático y luego tengo que retomar la vida “normal”.

No es que no quiera hacerlo; lo desearía. No es que no amo mi trabajo; me encanta. Es tan sólo que hace falta una completa reorientación. Durante el último mes viví de una manera (completamente enfocada en Pésaj y en mi familia) y ahora tengo que regresar a una forma diferente. En vez de saltar de la cama para preparar otra comida más y alzar a un bebé que llora, tengo que preparar (y dictar) clases y escribir artículos. Esto requiere un ritmo diferente, una forma distinta de enfocar mis energías.

Parece poco importante, pero incluso esta clase de cambio nunca es fácil. De cierta forma en vez de correr a “hacer”, tengo un poco más de tiempo para “ser”, para pensar, para estudiar y reflexionar. Puedo bajar el ritmo (sólo un poquito), pero perdí la práctica. No tengo el espacio, la capacidad de concentración, lo que en hebreo llamamos “ishuv hadaat” (la sensación de estar asentado) que me permita preparar clases e indagar nuevas ideas.

Intento volver a hacerlo, pero no es fácil. Todas las transiciones son complicadas. Los primeros días después de la festividad todavía me levanto temprano y comienzo a hornear algo. “¿Cómo puedes seguir cocinando?”, me preguntan mis amigas sorprendidas. La respuesta probablemente es: “Porque me acostumbré a hacerlo”. En muy poco tiempo se convirtió en un hábito y los hábitos, incluso los más recientes, no son fáciles de quebrar.

Es increíble con qué rapidez se forman los hábitos y su fuerza es asombrosa. Ahora tengo que quebrar los patrones del último mes (para volver a crearlos dentro de unos 5 meses para las Altas Fiestas) y no es tan fácil como suena. Lentamente mis mañanas van cambiando y trato de enfocarme en estudiar y preparar clases y no probar la última receta de pastel.

Me obligo a ser disciplinada y permanecer sentada y leer, incluso si mi cuerpo se prepara para saltar y hacer. El desafío es que en verdad siempre hay algo que hacer. Sólo para hacer las cosas todavía más difíciles, decidí cambiar las baldosas de mi cocina justo después de la locura de Pésaj (¿masoquismo o estrategia de evasión?). De cualquier forma, la buena noticia es que la vida (y las demandas del trabajo) me obligan a cambiar. Y ese cambio realmente es posible. De esta pequeña experiencia veo que, aunque difícil, el crecimiento está a nuestro alcance. Como todo lo demás, tengo que escogerlo y realmente desearlo.