El Talmud explica que con la muerte de los últimos profetas, Jagai, Zejariá y Malají, justo al principio de la era del Segundo Templo, “nos abandonó el espíritu de la profecía”.1 ¿Por qué sucedió eso?

 

El Rambam: la falta de alegría

El Talmud dice: “Las profecías no le llegan al profeta cuando está triste o lánguido”.2 El Rambam (1105-1204), en su Guía de los Perplejos, explica que cada facultad del cuerpo de una persona a veces está más débil y otras veces está sana. La “facultad imaginativa”, a través de la cual el profeta recibe la profecía, no es diferente de las otras facultades. Por eso, los profetas no podían profetizar cuando estaban de luto, enojados o sufrían alguna afección similar, como puede observarse en el caso de Iaacov, cuando lamentaba la supuesta muerte de Iosef. Según explica el Rambam, esta es la “razón principal” por la que se interrumpieron las profecías durante los tiempos del exilio. Porque ¿qué podría entristecer más a una persona que encontrarse al servicio de pueblos pecaminosos?3

Aunque las profecías cesaron al comienzo del período del Segundo Templo, cuando el pueblo judío técnicamente no estaba exiliado, estaba en manos de gobiernos extranjeros.

 

Maldad

Hay quienes no están de acuerdo con la designación que el Rambam hace de la profecía como mera “facultad del cuerpo”.4 La conciben en cambio como un don divino. De este modo, a nivel individual, “la profecía no es dada en la tristeza”, pero al nivel del pueblo en su totalidad, la profecía no es dada a causa de la maldad de sus actos. Como dice Di-s sobre aquel tiempo de fallas espirituales: “Escondí mi rostro de ellos”.5

 

La profecía: contrarrestar la idolatría

En una nota más positiva, Rabí Iehudá el Piadoso (1150-1217) explica que el espíritu de la profecía nos abandonó durante el Segundo Templo y en el exilio subsiguiente (en el que todavía nos encontramos) porque había cesado la pasión por la idolatría. En tiempos anteriores, cuando los sacerdotes idólatras llevaban a cabo proezas asombrosas, si los profetas de Di-s no las hubieran contrarrestado con actos milagrosos, todos se hubieran inclinado por la idolatría. Sin embargo, como la idolatría ha dejado de ser una tentación, ya no hay necesidad de profetas.6

 

¿En verdad terminaron las profecías?

A primera vista, la afirmación de que el espíritu de la profecía nos abandonó “con la muerte de los profetas Jagai, Zejariá y Malaji” parece contradecir muchas otras tradiciones.

Encontramos muchos testimonios de sabios que pudieron percibir con el espíritu divino más allá de lo que el ojo puede ver, como Raban Gamliel,7 Rabí Akiva,8 Rabí Meir9 y Rabí Shimón Bar Iojai.10

Incluso en los tiempos medievales encontramos una serie de sabios, como Rabí Ezra el profeta (Moncontour, Francia, c. 1230)11 y Rabí Shmuel el Piadoso (Espira, Alemania, siglo XII),12 que recibieron la denominación de “profetas”. De hecho, el mismo Rambam, cuya explicación sobre el cese de las profecías fue citada anteriormente, testifica que un contemporáneo suyo predijo una serie de acontecimientos futuros, lo que “probó a todos que él era, definitivamente, un profeta”.13

Entonces, ¿qué hacemos con el dictamen del Talmud que dice que las profecías se han ido?

Si leemos el Talmud con atención, podemos observar que utiliza el término “irse” en lugar de “terminarse”. Porque, en verdad, las profecías nunca se fueron del todo; sólo dejaron de ser tan comunes como lo habían sido en generaciones pasadas. Sin embargo, siguió habiendo individuos ejemplares con experiencias proféticas, aunque no del nivel de aquellas de los profetas bíblicos.14

 

Prepararse para la era mesiánica

El Rebe, Rabí Menajem M. Schneerson, de bendita memoria, explica que este es un paso crucial en el proceso de preparar al mundo para la era mesiánica. Durante la época de los profetas bíblicos, había milagros asombrosos, pero el efecto de quien presenciaba aquellas revelaciones no necesariamente se internalizaba ni era duradero. Cualquiera fuese el despertar espiritual que aconteciera, estaba casi forzado por la magnitud de la revelación.

El período del Segundo Templo, en el que disminuyeron los milagros manifiestos y las profecías, fue un tiempo para que el pueblo judío madurara y se acercara a Di-s, no desde una especie de revelación impuesta, sino más bien desde su propio interior. Se puede decir lo mismo, incluso en un nivel superior, sobre el tiempo del exilio: sin revelaciones, debemos buscar una conexión con Di-s que proceda de un lugar más profundo en nuestro interior.

Por otro lado, aunque ser testigo de una profecía acarrea la limitación de que el despertar espiritual se “imponga”, conlleva el beneficio de ser una experiencia poderosa y tangible de la eminencia de Di-s.

Estas dos partes preparan la era mesiánica, en la que ambos aspectos estarán combinados. Por un lado, experimentaremos maravillas palpables y profecías con todos nuestros sentidos. Pero, al mismo tiempo, nuestra conexión con lo divino será una experiencia natural, no impuesta.

Como proclama el profeta Ioel:15 “Y deberá suceder luego que yo vierta mi espíritu sobre toda la carne, y sus hijos e hijas profetizarán…”16

¡Que suceda pronto en nuestros días!