Si alguna vez has criado a un niño estarás de acuerdo en que nada eriza los pelos de la nuca como ese exasperante chillido nasal: ¿Pero por quéééé?

Explicas, aclaras y justificas durante años, y aun así el chiquillo no se contenta con nada. Olvídate de la empatía, del compartir y de las herramientas de cuidado que practicaste durante el embarazo; qué rápido te conviertes en una patética imitación de tus propios padres a medida que sacas a relucir las horribles palabras a las que juraste que jamás te rebajarías: Porque yo lo digo, ¡por eso!

¡Has perdido los estribos! Adiós al “gran comunicador”; bienvenido el “Rey de la Casa, Rígido Gobernante de los más Pequeños”.

Di-s, nuestro padre sabio y cuidadoso, estableció en el mundo una serie de principios que sirven de guía: las mitzvot. La mayor parte del tiempo nos honra con explicaciones, y nosotros apreciamos la sabiduría de cumplir con su voluntad. La vida cotidiana requiere de regulación, y todas las sociedades, en todas las épocas, han lidiado con leyes sancionadas para ordenar y dirigir la sociedad.

Pero algunas mitzvot, conocidas como jukim, son del estilo del “¡hazlo y punto!”. Por la razón que sea, Di-s desea que ejercitemos la abnegación personal y que hagamos lo que nos pide sin otro objetivo que satisfacer sus deseos.

Al mismo niño que ignoró tus súplicas más persuasivas le cuesta mucho más rechazar la cruel lógica implícita en un “¡Hazlo porque soy tu padre!”. De manera similar, se espera que nos esmeremos y obedezcamos los mandamientos de Di-s incluso sin comprenderlos, seguros de que “Papá sabe lo que dice”.

Bien, puedes garantizar la obediencia, ¿pero hay alguna esperanza de que el pequeño chiquillo se convierta en un espécimen equilibrado de humanidad si su curiosidad natural y sus alegres deseos son reprimidos de manera tan deliberada? Según lo entiendo, sí. Los niños necesitan aprender el concepto de los límites. Cualquiera puede intimidar a un niño para que ceda momentáneamente, pero el desafío es inculcar en los hijos el acatamiento de la autoridad paterna de manera tal que acepte tus instrucciones por voluntad propia. Con el tiempo, un niño inteligente puede hasta comenzar a confiar en ti al punto de hacer lo que sea que le pidas sólo para hacerte feliz. No es fácil para nadie, y mucho menos para un niño, ceder el control, pero con buena voluntad, paciencia y confianza de ambos lados se pueden lograr avances.

Desde una perspectiva religiosa, el desafío es un poco más sutil. A primera vista parece más fácil aceptar la autoridad de Di-s si entiendes su propósito, en lugar de seguir a ciegas un secreto plan maestro. Comprometernos a obedecer los mandamientos de Di-s, incluso sin comprenderlos, es un desafío equivalente a educar a un niño para que acate las reglas familiares por voluntad propia.

A la larga, luego de toda una vida de devoción mutua entre judío y Creador, quizás seamos capaces de alcanzar un grado de fe tal como para comprometernos incluso con aquellas partes racionales y sobreentendidas del judaísmo con sentido del sacrificio, y entregarnos a Di-s al seguir sus jukim; sin otra razón que hacerlo feliz.