Nacimiento

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Específicamente, todos los nacimientos, literales o figurativos, involucran tres fases o “movimientos”: auto-negación, auto-afirmación, y auto-trascendencia.

Hay una partida absoluta del estado anterior; “lo sellado se abre, y lo abierto se sella`. Hay una afirmación de las energías y facultades del recién nacido para lograr el nacimiento. Y se asume una identidad enteramente nueva: el feto, una “extremidad de la madre”, se convierte en una vida, un ser humano individual.

Para comprender más claramente los tres aspectos del nacimiento, podríamos examinar uno de otra especie: el de una idea en la mente de un estudiante.

No toda adquisición de conocimientos constituye un “nacimiento”; con frecuencia, la nueva idea no es sino el desarrollo o derivado de una vieja, o una adición emparentada a una familia de ideas que conforman una filosofía y marco mental establecidos de antemano.

Pero también existen ideas que marcan un alejamiento radical del pensamiento anterior y la iniciación de una perspectiva y visión completamente nueva.

Semejante renacer de la mente requiere, en su mismo inicio, una virtual auto-negación por parte del estudiante. A fin de ser receptivo a una idea de tamaña magnitud, debe dejar de lado todas las nociones previas -borrando, en efecto, su mismísima identidad intelectualpara que nada de su “vieja” manera de pensar interfiera con su asimilación de la nueva idea.

En palabras de nuestros Sabios: “Un recipiente vacío, puede contener; un recipiente lleno, no puede contener”;.

E1 Talmud cuenta que el gran sabio Rav Zeirá hizo cien ayunos para “olvidar” todo lo aprendido en las academias de Torá de Babilonia a fin de adquirir la metodología y el enfoque practicado en las academias de la Tierra Santa.

Al mismo tiempo, el estudiante debe abocar sus facultades intelectuales a absorber y digerir la nueva idea. De modo que su auto-negación conduce realmente a una afirmación de su ser intelectual, a medida que se empeña en captar el nuevo pensamiento con su propia capacidad mental.

En última instancia, sin embargo, el efecto de la nueva idea es crear una nueva mente, cuyo alcance y profundidad trascienden las herramientas mismas que la han asimilado. En el proceso mismo de captar e internalizar la idea, la mente del estudiante es suplantada por un intelecto infinitamente mayor que su ser anterior.

Soltando amarras de la matriz de su pensamiento anterior y acumulando su propia capacidad para irrumpir en un nuevo mundo intelectual, la mente logra un “nacimiento”, una nueva identidad, tan distante de su predecesora como una vida recién nacida que ha surgido del estado fetal.

Y así es con cada nacimiento, sea el de un nuevo individuo, idea, era, o un pueblo nuevo. La entidad del recién nacido comienza con el abandono de todo lo que definía e incluía su ser anterior, un movimiento que, paradójicamente, lo propulsa al cenit de su potencial. Y de estas contrastantes agitaciones entre la nada y el ser nace una nueva entidad, trascendiendo y suplantando a la vieja.

Libertad

“¿Ha sucedido alguna vez cosa tan grande, o se ha conocido semejanza de ella alguna vez?… ¿Se ha empeñado Di-s alguna vez en venir y tomar para Sí una nación de la matriz de una nación… como el Señor, tu Di-s, ha hecho contigo en Egipto ante tus ojos?” (Deuteronomio 4:32-34).

E1 concepto del Exodo de Egipto como “nacimiento” de la nación judía es adicionalmente desarrollado en la profecía de Iejezkel, y elaborado en los escritos de nuestros Sabios.

El 15 de Nisán del año 2448 (1313 a.e.común), una nueva entidad, el judío, nació. Más que el progreso de clan esclavizado a pueblo soberano, más que el ingreso de otro miembro al “concierto de naciones”, el evento marcó la creación de un nuevo fenómeno, algo que “nunca antes ha sucedido ni cuya semejanza ha sido conocida alguna vez”: una nación consagrada a Di-s, un pueblo cuya identidad misma estriba en su compromiso de servir el propósito Divino en la Creación.

De pie ante el Faraón para transmitirla demanda de Di-s de liberar al pueblo de Israel, Moshé no dice: “¡Deja salir a Mi pueblo!” sino: “¡Deja salir a Mi pueblo, para que Me sirva”6. Pues esa era la esencia del Exodo. Como Di-s dijo a Moshé en el Monte Sinaí, donde Se le apareció en la zarza ardiente y le encomendó la misión de liberar al pueblo judío: “Cuando saques a esta nación de Egipto, serviréis a Di-s sobre este monte`.

Siete semanas después de salir de Egipto, el pueblo de Israel se reunió al pie del Monte Sinaí para recibir la Torá, el estatuto de su constitución como nación y su guía para hacer de cada empeño de la vida un ejercicio de servicio a Di-s.

¿Cómo puede conciliarse esto con nuestra concepción de Pesaj como la Festividad de la Libertad?

Ciertamente, la servidumbre a Di-s es preferible a la servidumbre a Egipto, y cada hombre piadoso insistirá en que la servidumbre a Di-s es preferible a una “libertad” hedonista en un mundo sin ley. Pero servidumbre y libertad, por definición, son polarmente antagónicos. ¡Si ha de llamarse de alguna manera, Pesaj debería ser la “Festividad de la Servidumbre”!

En verdad, sin embargo, la travesía de Egipto a Sinaí era la máxima marcha a la libertad. Emancipación es la libertad de ser uno mismo, y de concretar sin inhibiciones las más profundas aspiraciones y deseos propios.

En Sinaí, la esencia del alma judía salió a luz, un alma que es “parte de Di-s en lo Alto, tal cual” y cuyo deseo más básico es unirse a su fuente’. Este es el genuino ser del judío; cualquier cosa que oscurezca o impida su concreción-sea el látigo esgrimido por un capataz o los impulsos internos del animal en el hombre-es una cadena encarcelante sobre su alma.

La Torá, iluminando la senda del judío hacia Di-s y facultándolo para superar todo lo que restringe el ejercicio de su voluntad esencial, es la clave de su libertad y realización personal.

Esta era la entidad nacida en Pesaj: un pueblo cuyo “ser” no se define por la sociedad o la naturaleza, ni por los vestidos intelectuales, emocionales o físicos del alma, sino por la chispa de Divinidad que es la esencia del hombre.

Un pueblo para el que libertad no significa la gratificación del cuerpo o la saciedad del espíritu, sino la concreción de la búsqueda del alma por unirse a su Creador y Fuente.

Tres Nombres

La Torá la llama “Festividad de Matzot”.

Veintidós generaciones después, cuando los ciento veinte miembros de la Magna Asamblea formularon un texto para las plegarias estacionales y diarias, agregaron el nombre de “Epoca de Nuestra Libertad”. Finalmente, sin embargo, la festividad resultó llamada por los Sabios del Talmud (y todos los demás) con un tercer nombre: “Pesaj”.

Los tres nombres reflejan los tres aspectos de nacimiento descriptos arriba.

Festividad de Matzot- La matzá, el chato pan ázimo, es el símbolo de la humildad y la auto-negación; la primerísima cosa que el judío en Egipto tenía que hacer era renunciar totalmente a su anterior existencia y auto-definición. Debía comprometerse a “primero hacer y luego comprender”~1, abandonar su entendimiento y voluntad en “ciega” obediencia a Di-s.

Epoca de Nuestra Libertada Habiéndolo hecho, logró el máximo grado de auto-afirmación y libertad. Habiendo cortado el cordón que lo unía a la matriz de Egipto, se encontró con que esto no significaba la aniquilación del ser sino la concreción de sus más altos potenciales.

Se encontró con que un ser liberado del hábito y la convención, liberado de los dictados de la mente y el corazón, es un ser capacitado para incrementar al máximo sus facultades en su búsqueda de un estado más alto de identidad y auto-realización.

Finalmente, la “Festividad de Matzot” y la “Epoca de Nuestra Libertad” cedieron paso a “Pesaj” (literalmente “saltear”): un brinco mucho más allá de los mismísimos parámetros de su realidad anterior, mientras una nación emergía de las angustias del nacimiento hacia un nuevo mundo.

Extraido de “El Rebe Enseña Volumen Dos

©Editorial Kehot Lubavitch Sudamericana. Todos los derechos reservados

POR SIMON JACOBSON

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