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Mis cinco semanas con cáncer

Todo lo que necesito, lo tengo. Todo lo que tengo, lo necesito

Yo sabía, por supuesto, que no podía tener cáncer de mamas. Nadie en mi familia había tenido cáncer. Nosotros éramos del tipo A, de los que sufren del corazón; no del tipo reticente que es propenso al cáncer. Además, siempre me cuide en usar desodorante que no contuviera aluminio, no compraba alimentos que tuvieran químicos, y comía abundantes cantidades de vegetales color naranja, repollo, y salmón, todos los cuales, según un artículo que la madre de una amiga nos envió, reducían el riesgo de cáncer de mamas.

La única razón por la que me molesté en realizarme una mamografía, la primera en cuatro años y medio, fue por una serie de clases del rabino Kelemen en donde decía que uno tenía “que hacer su hishtadlut“. El rabino enseñó que la única fuerza causal en el universo es Dios. Todo acontece únicamente porque Dios lo desea. La Torá, sin embargo, obliga al ser humano a realizar una hishtadlut o “esfuerzo normal”. Dios nos manda nuestro sustento, pero nosotros estamos obligados a pararnos de la cama en la mañana y salir a trabajar, porque eso es el esfuerzo normal. Y si nosotros no nos molestamos en realizar nuestro esfuerzo e ir a trabajar, Dios probablemente nos enseñaría la lección al no mandarnos nuestro pago a fin de mes.

El “esfuerzo normal” para una buena salud en nuestra época, le exige a una mujer mayor de 50 años realizar mamografías de rutina cada dos años. Yo me hice una mamografía después de cumplir 50 años. Me horroricé del terrible dolor que sentí. Dos años más tarde, hice una cita para la segunda mamografía. Fue la única vez en mi vida que olvidé asistir a una cita médica. ¿Habrá sido mi certeza de no tener cáncer de mamas o quizás el miedo al dolor? Dos años y medio después de eso, al escuchar la exhortación del rabino Kelemen a “realizar un esfuerzo normal”, decidí asistir a mi segunda mamografía.

Me encontraron un bulto.

Yo estaba tranquila. Después de todo, todo el mundo sabe que la mayoría de los bultos son benignos. Y yo sabía que no era posible que tuviera cáncer de mamas.

El Dr. Cohen, con rostro solemne, me dijo que iban a tener que realizar una biopsia. Él nunca utilizó la palabra “cáncer”, “tumor”, o “maligno”.

Después de la biopsia, el Dr. Cohen me dijo que al tratarse de un lugar tan cerca del tórax, tendría que realizarme una radiografía inmediatamente. Yo me empecé a preguntar por qué tanta urgencia. Ruth, la enfermera de mirada sombría (de personalidad melancólica supuse), me dijo que aguardara en la sala de espera mientras ellos llamaban a la clínica de rayos x. En vez de esperar, camine a la entrada del edificio para tener una mejor recepción en mi celular, y así poder llamar a mi rabino para que rezara por mí. Estaba en medio de la búsqueda del teléfono, cuando Ruth vino corriendo hasta mí, agitando con la mano la orden para los rayos x.

“Cierran a las 3 de la tarde. ¡Son las 2:25!”. Su voz se escuchaba casi en pánico. “¿Puedes llegar al lugar a tiempo? ¡Tendrás que manejar rápido!”.

Cruzando Jerusalem a toda velocidad, me sentí como un transeúnte inconsciente atrapada en la escena de persecución de una película. ¿Por qué toda esa urgencia? Sólo había ido para una mamografía de rutina.

La radiografía en el pecho salió limpia. “Ruth tiene que aprender a relajarse”, me murmure a mí misma.

El diagnóstico

Ocho días después, me llamaron de la clínica y me pidieron que vaya a las cinco de la tarde para recibir los resultados de la biopsia. La semana anterior, a pesar de mis quejas, me habían dicho que nunca dan resultados por teléfono.

Cuando mi esposo Moshé y yo llegamos, la sala de espera, que la semana anterior estaba repleta, estaba casi vacía. Las únicas personas sentadas era una pareja israelí que parecía estar en sus 60. La mujer, con su pelo rojizo teñido con hena, parecía estar angustiada y preocupada. Apoyaba constantemente su cabeza en el hombro de su esposo.

Me senté ahí recitando salmos y sintiéndome triste por la mujer. Quizás, ella verdaderamente tenía cáncer de mamas. A diferencia mía, obviamente. Después de 15 minutos, entable una conversación con ella, para desviar su mente un poquito. Su nombre era Tzipora. Ella deseaba poder recitar salmos para estar tranquila. Le ofrecí mi libro. Ella sonrió y movió su cabeza. Fue ahí cuando una enfermera llamo a Tzipora y a su esposo para que entraran.

Veinte minutos más tarde ellos salieron, con sus rostros afligidos. Tzipora apenas podía caminar. Ella se apoyaba en su esposo. Con mucha simpatía me acerqué y le pregunté, “Tzipora, ¿quieres que rece por ti? ¿Cuál es el nombre de tu madre?”. Con sus ojos húmedos, asintió con la cabeza y apenas pudo decir el nombre, “Rajel”.

En eso momento, el Dr. Cohen nos llamó a mi esposo y a mí. Me había imaginado la escena una docena de veces durante esos ocho días. El nos acomodaría en su enorme oficina, y con una sonrisa, anunciaría, “El tumor es benigno”. En cambio, él nos acomodó en un pequeño cuarto con una pantalla. Delante nuestro estaba mi mamografía. Los tres nos apretamos en tres sillas que miraban hacia la pantalla.

“Ahora, este es el bulto”, el Dr. Cohen apuntó a una brillante mancha de luz que se parecía a la cabeza de un cometa, “y estas son las células irregulares que se extienden desde él, seis centímetros a través del conducto de la leche”. Él apuntó a las pequeñas manchitas de luz que se asemejaban a una delgada cola de un cometa. Entonces nos explicó el significado de la calcificación de células.

Moshé y yo estábamos confundidos. ¿Qué significaba todo esto? Finalmente Moshé le preguntó: “¿Usted quiere decir que el bulto no es benigno?”.

Suavemente el Dr. Cohen sacudió la cabeza. “Me temo que no. Es cáncer de mamas”.

Cáncer de mamas. Hay palabras que explotan como bombas.

Cáncer de mamas. Hay palabras que explotan como bombas. Moshé apretó mi mano derecha. Cáncer de mamas. Me senté ahí en silencio, con los fragmentos de mi vida truncados, como después de un ataque terrorista.

Finalmente, decidí hablar, y dije, “No puedo tener cáncer. Aún me faltan dos libros por escribir”.

El Dr. Cohen me miró y me dijo: “No te vas a morir por esto. Lo agarramos temprano. Está en la primera etapa. El tumor tiene sólo cinco milímetros. Pero vas a tener que realizarte una mastectomía”.

“¿Por qué no una lumpectomía?”, protesté. No sé como recordé esa palabra. O cualquier palabra. He visto en la sala de emergencias gente en shock, víctimas de un ataque terrorista. Ellos no tenían heridas visibles en sus cuerpos, ni quemaduras, ni nada, pero se quedaban mirando fijamente y sin hablar.

El doctor apuntó de vuelta a la cola del cometa en la mamografía. Todas esas células tendrán que ser removidas. Dejaría el pecho tan desfigurado que no habría razón para dejarlo ahí.

No recuerdo qué más dijo. Finalmente nos recomendó a dos cirujanos, y le entregó a mi esposo una nota con sus nombres y números de teléfono. Nos fuimos, tan aturdidos y afligidos como Tzipora.

Un diagnóstico de cáncer es como un agujero negro. Te absorbe rápidamente y te lleva a otro universo. Salimos de ese pequeño cuarto como habitantes de un nuevo y extraño mundo. Tenía su propio lenguaje: etapas, niveles, in situ, invasivo… Estaba poblado de personas que habían sobrevivido al cáncer o de personas que estaban en el proceso de no sobrevivir, todos caminando de incógnito entre extraños sanos, sus marcas, su letra “C” color escarlata, invisible dentro de su piel.

Un doctor más tarde me dijo: “Una de cada nueve mujeres tiene cáncer de mamas. Entre las mujeres ashkenazies, es una de cada ocho. No tienes idea de cuantas mujeres tú conoces que han tenido cáncer de mamas”.

Cuando nos fuimos de la clínica, pensé en mis cuatro amigas que habían fallecido debido al cáncer, dos por cáncer de mamas y dos por cáncer de ovarios, en los últimos ocho años. ¿Cómo el Dr. Cohen podía estar tan seguro que yo no me uniría a ellas?

Apenas llegamos al automóvil, tomé mi celular y llamé a la Rebetzin Milakovsky para hacer una cita con mi rabino. “Sara, ¿Cómo estás?”, me preguntó con su dulce acento polaco.

“Es… Es…”. Las palabras “cáncer de mamas” simplemente no salían de mi boca. Todo lo que hice fue llorar en el teléfono.

En la ciudad

Teníamos planeado parar en la carnicería de camino a casa. Mi sentido de eficiencia (después de todo, ya estamos en el automóvil) no me dejaba no hacer el mandado. Ya que encontrar un estacionamiento en el centro de Jerusalem es casi imposible, decidimos que Moshé iba a circular por el área mientras yo corría a la carnicería.

Tan pronto salí del automóvil hacia la acera llena de personas, me sentí como en un campo de tiroteo en donde las personas que estaban disparando, eran inconscientes de mi presencia. Cualquier mirada, cualquier gesto, una áspera palabra del carnicero que usualmente habla de esa forma, alguna persona empujándome para llegar a la carne congelada, era letal en mi condición. Estaba al borde de las lágrimas. Sentía ganas de gritar: “Sean amables conmigo, o los destruiré”.

Claro, ¿cómo podían ellos saber que me acababan de diagnosticar cáncer? De repente, horrorizada, me di cuenta: Así como mi aflicción es invisible para ellos, ¿Cuántas veces yo le he hablado bruscamente, o con exasperación, a algún extraño o a algún conocido que quizás también había sido diagnosticado con una temerosa enfermedad? ¿Cómo podía saber? ¿Cómo podrían ellos saber?

Avergonzada, recordé el comentario de Rashi al mandato de la Torá de no afligir verbalmente a una viuda o a un huérfano. El sabio del siglo XI, Rashi, escribió que el mandamiento se extiende a no afligir verbalmente a nadie, porque, aunque la viuda y el huérfano son los ejemplos más obvios, todas las personas sufren.

Me concentré en hacer las compras y salir de la tienda sin romper en llantos. Mis dos bolsas de pollo congelado, salmón y vegetales eran pesadas. En el momento que di vuelta a la esquina, donde esperaba que mi esposo me encontrara, no podía seguir cargándolas más tiempo. Coloqué las bolsas a un lado y esperé que el carro pasara.

Un joven de unos 20 años, que llevaba una kipá tejida, caminaba por la acera, la cual debido a su construcción, se hacía más estrecha en el punto donde yo estaba parada. Cuando él llego hasta donde yo estaba, se tropezó con mis bolsas y continúo caminando. Dos metros más adelante, giró, sonrió y me preguntó: “¿Puedo ayudarte?”.

Fue un simple acto de notar que un extraño quizás necesitaba algo. En mi estado de fragilidad, sin embargo, me sentí que era la beneficiaria de un acto magnánimo que estremecía al mundo. Estuve tan conmovida por su bondad, que casi no pude hablar. Agité mi cabeza en silencio. Y deseé poder ser el tipo de personas que su amor puede rescatar a extraños de las profundidades.

Dos días después de mi cirugía, una voluntaria de la ‘Sociedad Israelí de Lucha contra el Cáncer’, una mujer que había pasado por una mastectomía cinco años atrás, me visitó en el hospital. Mientras conversábamos, yo le dije: “Bueno, la cirugía ya pasó. Ahora lo peor ya quedo atrás”.

Ella me contestó: “Una vez que hayas pasado el diagnóstico, podrás decir que lo peor está detrás de ti”.

Asentí con la cabeza intencionadamente.

Abriendo la carta

A la mañana siguiente, me monte en un taxi y fui al Kótel. (En las semanas previas a mi mastectomía, le di a mi cuerpo ciertas gratificaciones, tratando de consolarlo por la terrible experiencia que se avecinaba; me compre jabón de jazmín hecho a mano, dos trajes, un masaje y dos sombreros. Aunque nuestro presupuesto podía difícilmente proporcionar estos lujos, y yo me sentí como un cliché al comprar un sombrero para eliminar la depresión, la verdad es que esos lujos me hicieron sentirme femenina y atractiva, una grave necesidad, no un lujo, para una mujer con cáncer de mamas).

Nuestros sabios dicen que cuando un judío es afligido con sufrimientos, no debe preguntarse, ¿Por qué? (¿ya que quién puede descifrar la mente infinita de Dios?), sino, “¿Qué?”. “¿Qué quieres que aprenda yo de esto?”. “¿Cuál es la lección que se esconde detrás de este sufrimiento?”. “¿Qué debo cambiar en mi interior?”.

El Kótel, o ‘Muro de los lamentos’, es el segundo sitio judío más sagrado después del Monte del Templo. De acuerdo al Talmud, la Presencia Divina nunca se alejará del Muro de los lamentos.

A la mañana siguiente de mi diagnóstico, fui al Kótel a preguntarle a Dios qué quería que yo aprendiera de esta repentina y traumática situación que había aparecido en mi vida. Hace catorce años, mi esposo y yo nos convertimos en judíos observantes. Moshé había dejado su lucrativa práctica de psicología, y yo mi carrera de escritora, para criar a nuestros hijos en la santa atmósfera de Jerusalem. Yo idealicé el crecimiento y estaba dispuesta a pagar un alto precio por alcanzar un cambio interno. ¿Pero cáncer de mamas? En vez del próximo paso en el camino de mi viaje espiritual, el cáncer de mamas parecía ser un enorme obstáculo obstruyendo la vía.

Dios me estaba enviando un mensaje en un sobre sellado. Yo recé para abrir el sobre y leer Su carta.

Me senté a la sombra del antiguo muro y medité. Todo, todo, absolutamente todo proviene de una sola fuente. El mismo Dios que me dio a mi esposo, cuatro hermosos hijos, mi apartamento en Jerusalem, y cada respiro, ese mismo Dios ahora me estaba dando un tumor maligno en mi seno izquierdo. Dios me estaba mandando un mensaje en un sobre sellado. Yo recé para abrir el sobre y leer Su carta.

Yo había aprendido a meditar, a “poner mi mente en neutro”. Entonces, si tenía suerte, mi mente caería en “marcha intuitiva”, en donde las ideas fluirían no de mi intelecto, sino de una facultad superior, conectada a lo Divino. Mi esposo lo llamaba: “profecía para pobres”.

¿Qué representan los senos?, me pregunté. La respuesta me llegó claramente: Son los órganos de la crianza. ¿Qué es el tumor creciendo en el conducto de leche? Es una obstrucción. ¿Qué está bloqueado en mi crianza, y por qué en mi seno izquierdo?

La respuesta casi me tumba de la silla. En la Cábala, el lado derecho significa bondad (jésed), y el lado izquierdo significa fuerza (gevurá); contención y juicio. Conocida entre mis amigas como una persona amorosa y generosa, siempre la primera en voluntarizarme a ayudar al vecino, estaba bien en mi lado derecho. Pero había una obstrucción en uno de los 36 conductos de leche en mi lado izquierdo. Algo no andaba bien con mi “gevurá“.

Ambos jésed gevurá son modos de dar. Jésed vierte constantemente sin impedimento alguno. A veces esa no es la mejor manera de dar. A veces el receptor requiere una medida para lo que va a recibir. Por ejemplo, si Albert Einstein le enseñara matemáticas a una niña de ocho años, ciertamente no la ayudaría vertiendo todo su conocimiento sobre ella. El ejercicio de gevurá, en cambio, debe ser dedicado a las necesidades del receptor, no a las limitaciones del dador.

Ahora bien, una obstrucción en el seno izquierdo… repentinamente aparecieron frente a mi todas las personas a las que me negué a “alimentar” o “nutrir”: mis oponentes políticos en la izquierda israelí; gente que no apruebo; hombres solteros de 40 o más que sufren de fobia al compromiso y no se dignan a casarse con mis amigas solteras; miembros de la academia pro-árabes; feministas militantes (de las cuales yo solía ser una); judíos estadounidenses que gastan su dinero en Europa en vez de en Israel; y otra gran cantidad de personas culpables, en mi mente, de fracasos morales.

Con esta revelación, surgió otra que me abrumó: Dios me ha enviado este mensaje, este tumor canceroso, porque Él cree en mi habilidad de crecimiento, de cambio, de convertirme en una persona más amorosa, tolerante, y empática de lo que soy en el presente. Yo creo que soy, bajo un criterio normal, una buena persona y una buena judía. Pero tengo el potencial de ser incluso mejor, no descansar en mis laureles, no crecer en mi camino espiritual a un paso cómodo, sino correr hacia adelante. El tumor canceroso es una pelota que Dios me está tirando, seguro en mi habilidad de atrapar la bola y correr con ella. Con mi diagnóstico de cáncer de mamas, he sido ascendida al carril rápido.

Tuve la sensación de una mano en mi espalda empujándome a correr más rápido de lo que pensaba que podía. Tenía que aumentar al doble mi velocidad, o caerme sobre mi rostro. Pero con Su otra mano, Él me estaba sosteniendo. No me caería. Podía convertirme en alguien verdaderamente grande espiritualmente. Me senté frente al Kótel, con las lágrimas que corrían por mi rostro, y le agradecí a Dios por el tumor que me dio como regalo.

El regreso

Luego tomé el autobús a casa. (Ya no sentía la necesidad de indulgencias insignificantes). Caminé a mi apartamento sintiéndome exaltada, privilegiada, más cerca de Dios de lo que estuve en años.

Era Lag BaOmer, una fiesta menor del calendario judío. Todos mis hijos estaban ya en casa. La noche anterior, mi esposo les había explicado que Ima (mamá) estaba enferma con algo serio, pero no mortal, y que iba a necesitar una operación. Ellos no tenían que preocuparse, pero si debían rezar fuerte.

Ahora, tan pronto como entré a la sala, todos juntos me sitiaron. Ellos estaban discutiendo por la pieza de un juego que Sheina, mi hija de 15 años, le había prestado a Mordejai y a Simón (12 y 10), y que la habían perdido de alguna manera. Incluso mi pequeña Shoshana (7) se había unido a la escena.

Me quedé viendo a mis hijos y pensé: “¿Cómo estos extraterrestres invadieron mi nuevo mundo, mi mundo de cáncer? ¿Aquí estoy, a punto de perder una parte de mi cuerpo, y ellos están llorando por perder una pieza de plástico de un juego?”.

Alcé mis manos al cielo con un gesto que 17 horas antes hubiera sido melodramático, y en una sofocante voz les dije: “¡Su madre tiene cáncer! Es una enfermedad muy seria. No puedo soportar todas sus riñas y peleas. ¿Quieren que me mude de la casa hasta mi operación?”.

Mientras los niños se quedaron ahí, boquiabiertos, yo corrí a mi cuarto, me acosté en la cama y lloré.

Y así fue durante las siguientes semanas: Era un péndulo que se balanceaba entre la alegría espiritual y la depresión momentánea.

Mi mantra

El libro de Bernie Siegel, Love, Medicine, and Miracles (Amor, Medicina, y Milagros) me convenció que la depresión es el alimento para el cáncer. Fui donde el rabino Kelemen y le pedí un consejo o método para estar feliz.

Él apuntó a una bendición que todo judío observante dice todas las mañanas: “Bendito eres Tú, Hashem, Dios nuestro, Rey del Universo, que has satisfecho todas mis necesidades”. Él me explicó que esta bendición significa que todo lo que necesito, lo tengo. Contempla esta verdad, me recomendó, y vas a ser feliz.

“Todo lo que necesito, lo tengo”. Empecé a repetir esta frase una y otra vez en mi mente. Claro está, confiar en Dios significa saber que Él maneja el mundo y le da a cada alma exactamente lo que necesita para cumplir su propósito en este mundo.

Entonces, pensé, lo contrario también debe ser verdad: Cualquier cosa que no tengo, no la necesito. Si después de mi operación, no tengo mi seno izquierdo, entonces es porque no necesito un seno izquierdo.

Si tengo un tumor maligno, necesito ese tumor para aprender la lección que vino a enseñarme.

Una segunda idea se me ocurrió: “Todo lo que tengo, lo necesito”. Esto significa que si tengo un tumor maligno, necesito ese tumor. Lo necesito para aprender la lección que vino a enseñarme. Si tengo un odioso vecino, entonces, debo necesitar a ese odioso vecino. Lo necesito para el crecimiento espiritual que resulta de lidiar con un vecino difícil de acuerdo con todos los nobles mandamientos interpersonales que la Torá impone sobre mí. Si tengo un encuentro desagradable con una amiga, entonces, debo necesitar ese encuentro. Eso también tiene una lección que enseñarme. Adonde sea que fui en el transcurso de esas semanas, mientras corría a las citas del doctor y exámenes, un ultrasonido del hígado, un examen de huesos, exámenes de sangre, chequeos previos a la operación, exámenes genéticos para determinar si era genéticamente propensa al cáncer, etc., repetía mi nueva frase: “Todo lo que necesito, lo tengo. Todo lo que tengo, lo necesito”.

A veces, después de una experiencia particularmente irritante, tenía que repetir mi mantra una docena de veces hasta calmarme y recuperar mi perspectiva. Esta frase me hizo feliz, o por lo menos me satisfizo, al saber que Dios tiene el control y que lo que sea que Él me mande, es para mi beneficio espiritual.

Mi cirujano

Dos días después del diagnóstico, mi esposo y yo fuimos a ver a uno de los cirujanos que nos habían recomendado, el Dr. Oded Olsha, un hombre nacido en Australia, educado en Israel y en Inglaterra. Después de examinarme y revisar la mamografía, me preguntó cuánto tiempo había pasado desde mi última mamografía.

“Cuatro años y medio”, admití con culpabilidad, y agregué, “yo se que debí haber ido cada dos años”.

“Con un tumor tan chico como este, incluso si hubieras ido hace dos años, es dudoso que lo hubieran podido encontrar”, dijo el Dr. Olsha.

“¿Usted quiere decir que no me tengo que sentir culpable por haber descuidado las mamografías?”.

El Dr. Olsha alzó sus cejas horrorizado y dijo, “¿Alguien está tratando de que te sientas culpable? ¡Como se atreven!”.

¿Cómo se escoge al cirujano? Mi mejor amiga insistía que yo debía buscar el cirujano con más experiencia en Jerusalem, que debía averiguar con los médicos de cabecera, y que debía revisar, volver a revisar, y comprobar los credenciales del Dr. Olsha. Sin embargo, en el momento en que el Dr. Olsha estuvo de acuerdo conmigo en ir en contra de todas mis voces internas de culpabilidad, supe que había encontrado a mi cirujano.

El Dr. Olsha corroboró lo que el Dr. Cohen había dicho. Yo necesitaría una mastectomía, pero dependiendo del resultado de mis exámenes, lo más seguro es que no necesitaría radiación ni quimioterapia.

Él me explicó que la cirugía incluiría una biopsia de los ganglios linfáticos axilares. Hasta ahora, dijo, una mastectomía incluía remover todos los ganglios linfáticos debajo del brazo adyacente, porque el tumor se podría haber expandido hacia ellos esparciendo el cáncer. Esta clase de operación, llamada “mastectomía radical”, usualmente dejaba un dolor para toda la vida y una hinchazón en ese brazo. Muchas mujeres que pasaron por una mastectomía radical tuvieron que usar una manga elástica en su brazo para controlar la hinchazón.

El procedimiento, relativamente nuevo, de la biopsia en los ganglios linfáticos axilares implica inyectar el área del tumor con una sustancia radioactiva y con un tinte azul antes de la operación. Así el cirujano puede identificar que ganglios linfáticos específicos están relacionados con esa área en particular. Mientras el paciente se encuentra en la mesa de operación, se le hace una rápida biopsia a los ganglios linfáticos azules. Si están limpios de cáncer, esos ganglios no se removerán.

“Todo lo que necesito, lo tengo”. Le agradecí a Dios que tenía cáncer de mamas ahora y no hace cinco años atrás.

Después de explicar otros puntos, el Dr. Olsha me preguntó, “¿Tienes alguna pregunta?”.

Ciertamente sí. “El Dr. Cohen dijo que no me moriría de esto. Pero tengo amigas que se han muerto por cáncer de mamas”.

Estaba pensando en Ela, cuya muerte cinco años atrás había dejado un fuerte dolor en mi corazón. Ella era la madre de ocho hijos, el más joven tenía 18 meses de edad cuando murió en el mismo hospital en donde el Dr. Olsha me realizaría la operación a mí.

En el funeral de Ela, cuando era el momento de decir kádish, advertí que todos los hombres en el funeral estaban parados en una posición inclinada. Esto era extraño, ya que kádish no es una de las bendiciones que se dice inclinado. Después de unos minutos me di cuenta que los hombres estaban inclinados hacia el hijo más grande de Ela, Yankl, que iba a recitar el kádish por su madre. En el cumpleaños 41 de Ela, algunas de nosotras la sorprendimos con una pequeña e improvisada fiesta. Hicimos un brindis tras otro con jugo de naranja, alzando nuestros vasos de plástico y diciendo “lejaim“, ¡por la vida! Seis semanas más tarde, ella murió.

“¿Cómo está seguro el Dr. Cohen que yo no moriré?”, le reclamé. “El cáncer de mamas es una enfermedad fatal”.

El Dr. Olsha me respondió en un tono amable. “El cáncer de mamas que padecen las mujeres jóvenes es mucho más agresivo. Las mujeres que han pasado la post-menopausia, tienen un cáncer de crecimiento más lento. Podemos esperar un mes, incluso tres meses para remover tu tumor, y no habrá ningún daño. Con el tamaño de tu tumor, el porcentaje de recuperación es de 95%”.

Yo sentí que el diagnóstico era una sentencia de muerte, y las palabras del Dr. Olsha eran la suspensión de la ejecución. Nunca me sentí tan bien de estar en la mitad de mi vida.

Fijamos la fecha de la operación para cinco semanas después. Eso me daría tiempo para realizar todos los exámenes y para hacer mi “investigación” sobre el cáncer de mamas y las ventajas y desventajas de la cirugía reconstructiva, y también averiguar referencias además del Dr. Olsha, sólo para satisfacer a mi amiga.

Como se siente Dios

La noche antes de mi operación, empaque una pequeña valija con una bata, pantuflas, cepillo de dientes, pasta de dientes, dos libros, y una botella de agua, y salí al hospital con mi esposo. Durante todo el camino hacia el hospital, tuve la sensación de déjà vu. Habíamos seguido el mismo procedimiento cada vez que yo tenía que ir al hospital a dar a luz a uno de nuestros cuatro hijos. En esos tiempos, lo que salía de mi cuerpo era vida, hermosos bebés que me llenaban de alegría. Esta vez, lo que iba a salir de mi cuerpo era muerte. Y saldría del hospital con menos de lo que había llegado.

De todas maneras, me dije a mí misma, esta cirugía era también un nacimiento. Espero tener nuevas comprensiones, ser una persona más compasiva. Estaba en mis manos si iba a dejar el hospital triste o con ganas de vivir.

Temprano en la mañana, el Dr. Olsha apareció a mi lado. Él tenía dos jeringas, una de ellas grotescamente grande. “Tengo que inyectarte en el seno la sustancia radioactiva ahora”, me explicó disculpándose. “El tinte azul te lo aplicaran en la sala de operaciones, pero esta sustancia necesita tiempo para actuar. Te pido disculpas. La primera inyección te va a doler”, hizo una pausa. “Y la segunda va a doler aún más. Te pido muchas disculpas al tener que hacerte esto”.

Me colocó la primera inyección en el seno. Me quemaba y me picaba. La segunda inyección parecía como los fuegos del infierno licuados en una jeringa. Mire para otro lado y repetí mi frase, “Todo lo que tengo, lo necesito”.

“Ahora sabes como se siente Dios. Las personas están constantemente culpando a Dios por todo el dolor que hay en el mundo. Pero Él sólo lo hace para nuestro bien”.

Cuando terminó, el Dr. Olsha dijo, “Me siento terrible al tener que hacerle esto a mis pacientes”.

Yo trate de consolarlo. “Tú estás haciendo esto para mi beneficio, y así no tendrás necesidad de extraer todos mis ganglios linfáticos”. Mirando a mi amable y secular cirujano, agregué: “Ahora sabes como se siente Dios. Las personas están constantemente culpando a Dios por los problemas que hay en el mundo. Pero Él sólo lo hace para nuestro bien, únicamente para nuestro bien. Y Él se siente incluso peor que tú al tener que ocasionar dolor”.

La primera ducha

Al día siguiente de mi cirugía, muchas personas vinieron a visitarme. Estuve ocupada todo el día, sin la menor oportunidad de leer los libros que había llevado. Tarde en la noche, cuando todas las visitas se fueron, el Dr. Olsha vino a revisar mi incisión. “¿Te has duchado?”, me preguntó.

“No, he estado muy ocupada”.

“Bueno, sería una buena idea que tomes una ducha”, me sugirió. “Te sentirás mejor”.

Después que se fue, pensé mucho en su amable sugerencia. Años atrás, mi amiga Etty me había comentado que su joven cuñada había pasado por una mastectomía. Cuando le pregunté por su salud, Etty respondió, “Estaba bien… hasta que tomó su primera ducha. Fue muy traumático para ella verse en el espejo”.

Pensé por unos momentos. ¿Estaba verdaderamente ocupada, o cansada para tomar una ducha, o sólo estaba evadiendo mi propia imagen en el espejo?

Eran las 11 de la noche. Mis tres compañeras de cuarto estaban dormidas. Estuve acostada pensando en mi nuevo cuerpo desfigurado. Se vería extraño, incluso monstruoso. “Estás deformada”, me dije a mí misma, después edite la oración, “Tu cuerpo está deformado”.

De repente, pensé en mi madre, que descanse en paz. Una hermosa mujer. A ella le importaba muy poco la moda, las joyas, o el maquillaje. Mientras que la madre de mi amiga Babette le solía decir, “La cosa más importante en el mundo es ser bonita y flaca”, los valores de mi madre eran: Se buena e inteligente. Se me ocurrió que si yo hubiera tenido la madre de Babette, esta mastectomía hubiera hecho pedazos mi autoestima. Gracias a Dios que tuve a mi madre, la cual desde el comienzo de mi vida me formó una autoestima que nunca dependió de mi cuerpo o de mi apariencia.

“Todo lo que necesito, lo tengo” no se refiere sólo a las cosas y a las personas en mi vida. También se refiere a mi fuente interna, mis fuerzas, talentos y capacidades. Dios me había preparado para poder lidiar con mi mastectomía hace 55 años, cuando Él asignó mi alma al vientre de esta madre en particular, la cual iba a criar a sus hijas con una autoestima que permanecería intacta incluso cuando su cuerpo no permaneciera intacto.

Con esta idea en mente, respiré profundo, me paré de la cama del hospital y fui a tomar mi primera ducha después de la operación, y mientras caminaba hacia el baño, repetí mi mantra una vez más: “Todo lo que necesito, lo tengo, y todo lo que tengo, lo necesito”.

 

por Sara Yoheved Rigler

 

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