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Mi tío de Argentina

Me enfrenté a un hombre de mediana estatura, ojos alegres, anteojos redondos, que vestía un traje liviano.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, yo era un chico de 14 años.

Perdí a toda mi familia en los campos de exterminio nazis. Deambulé por Alemania sin saber hacia dónde ir. Sólo tenía una esperanza: viajar a la Tierra de Israel. Lo logré después de un año. Cuando arribé, mis sufrimientos continuaron. Aunque poseía conocidos de Europa, ellos estaban ocupados con su propia adaptación al nuevo lugar. En el año 1952, un año después que el Rebe inició su liderazgo, comencé a estudiar en la Ieshivá Torat Emet en Jerusalem. Después de unos años, quería casarme, y por eso, consulté al Rebe.

Le escribí que deseaba formar un hogar, pero que para ello necesitaría dinero para los gastos del casamiento, y para los primeros meses después de la boda, hasta conseguir un trabajo fijo. Le solicité permiso para estudiar algunas horas menos y así trabajar. Después de un tiempo, recibí la respuesta del Rebe. Me indicaba que continuara estudiando en la Ieshivá y me aseguraba que cuando llegara el momento de casarme, Di-s me enviaría lo necesario. Continué mis estudios. Después de un año, conocí a mi esposa y recibimos la bendición del Rebe para casarnos. Recordaba la carta del Rebe y confiaba en su palabra. Pero no tenía la más mínima idea de dónde obtendría la ayuda económica.

Pusimos fecha de casamiento y comenzaron los preparativos. Un día, uno de mis compañeros me trajo un telegrama. Me sorprendí. El texto decía: “Soy Abraham, el hermano de tu padre, deseo encontrarme contigo mañana a las 15hs. en el Hotel Najmani de Tel Aviv”

Recordé que mi padre siempre me contaba acerca de un hermano llamado Abraham que vivía en la Argentina. No sabía cómo mi tío me había ubicado en Israel.

Llegué al hotel indicado. Entré al lobby y traté de reconocer una cara conocida. De pronto, sentí que alguien ponía una mano en mi hombro.

“¿Eres Leibl?” Me enfrenté a un hombre de mediana estatura, ojos alegres, anteojos redondos, que vestía un traje liviano.

“Si” respondí y enseguida nos sentamos. Le relaté todos los tristes sucesos. Mi tío no hablaba. Sólo me interrumpía para formularme preguntas. Estaba afectado por la tragedia. Luego comenzó a relatarme acerca de la vida de mi padre en la infancia. Historias que jamás había escuchado. Ya era de noche cuando nos despedimos, no dimos las manos prometiendo volver a encontrarnos antes de su regreso a la Argentina.

Cuando me iba, mi tío Abraham sacó un sobre de su bolsillo y me lo colocó en la mano. Distraídamente lo guardé en mi abrigo, y salí del hotel. Llegué tarde a la Ieshivá, y al rezar antes de acostarme recordé el sobre. Lo abrí y encontré 10 billetes de 50 dólares. Dicha suma hoy equivaldría a 20.000 dólares. Era importante para un muchacho de la Ieshivá. Esa noche no pude dormir. Entendí que a esto se refería el Rebe cuando me dijo que no me preocupara. Decidí que al día siguiente viajaría a Tel Aviv para agradecer a mi tío. Me acerqué al conserje y le pregunté si el pasajero Abraham de Argentina estaba en el hotel. El hombre revisó la lista de pasajeros y me dijo: “No hay nadie con ese nombre” No podía creer lo que oía. “¡He estado sentado con mi tío en esos sillones!” dije. El empleado nuevamente revisó los visitantes de las últimas semanas. “Lo siento” dijo “No hemos tenido pasajeros de la Argentina en los últimos meses”. Tuve que aceptar la realidad. Quizás me confundí de hotel, o quizás mi tío se alojaba en otro lugar y nos encontramos aquí. Comencé a prepararme para la boda.

Habían pasado 15 años desde mi casamiento. Ya teníamos varios hijos. Y casi me había olvidado de la historia de mi tío.

Un día recibí un llamado telefónico. Desde un hotel en Jerusalem, me llamaba mi tío Abraham, de Argentina. Me contó que se encontraba de visita y deseaba verme. A la hora indicada viajé hasta allí. Lo encontré y noté que había envejecido desde nuestro primer encuentro.

Nos alegramos al vernos, y al igual que la vez anterior, hablamos de mi padre y de lo sucedido en la guerra. Él volvió a relatarme las historias de la niñez de mi padre y yo le relaté lo que sucedió con la familia antes de la Shoá. Después de un rato, aproveché para agradecerle los 500 dólares que me había dejado 15 años atrás. El tío Abraham me miró sin entender. Le expliqué que regresé al hotel pero ya no lo pude encontrar. “Quería saber en qué hotel te habías alojado” le dije.

Mi tío me miró extrañado y con mucha sorpresa me dijo: “Esta es mi primera visita a Israel. Nunca antes estuve en Tel Aviv…”

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