Mientras me sentaba en la sala velatoria tenuemente iluminada, vi que mis nietos estaban sentados en fila a ambos lados del pasillo. Amigos y familiares que me habían saludado estaban ahora sentados en los asientos del fondo. Una menorá completamente encendida brillaba frente a un letrero con el salmo 23 escrito en hebreo y en inglés. En el medio del pasillo, un ataúd de pino cubierto con un talit. Hoy fue el funeral de mi amado marido, Adam ben Itzjak Leib HaLevi, bendita sea su memoria.

El rabino caminaba hacia el atril para hablar. Mi hijo, David, y mi hija, Debra, estaban sentados a mi lado, mientras el rabino recordaba sus años con Adam, que era contador, y había intentado enseñarle cómo recaudar fondos. Pero el rabino, en cambio, aprendió sobre relaciones.

Luego David habló sobre su papá, un padre que a los 30 estaba paralizado con el síndrome Guillain-Barré pero que, una vez que se recuperó, visitó a otras personas enfermas, mostrándoles que la recuperación era posible para ellos también. David recordó cuando su papá, durante las fiestas, subió a su bisabuelo por las escaleras para llegar a la sinagoga; también cuando brindó consejos contables a las familias que lo necesitaban.

El discurso de David me hizo recordar la respuesta que di cuando me preguntaron por qué me había casado con Adam: “él corre hacia los problemas, no se aleja”, dije.

El siguiente en hablar fue el primero de mis nietos. Tuvya habló sobre los buenos momentos que pasó con su zeide en shabat y en las fiestas, y de aquel momento, sólo un par de semanas atrás, en el que me operé del ojo y Adam se quedó con la familia de Debra. Qué agradecida me sentí en ese momento por su ayuda: Adam no podía estar solo.

Cuando terminó el servicio, el director de la funeraria quitó el talit y preguntó: “¿Hay voluntarios para llevar el ataúd?”. Mientras me incorporaba, tomé mi pañuelo y lloré. Mi nieto Yoni, que tiene necesidades especiales, se paró al frente, junto con Zion, el sobrino de Adam, y otras personas.

Cuando Zion dijo, “Levantémoslo”, yo resollé.

“No te preocupes, va a estar bien”, dijo Zion.

David se acercó rápidamente y dijo: “Yoni, párate en el medio”.

Yoni se cambió de lugar y levantaron el ataúd antes de caminar por el pasillo.

Mientras me preparaba para el viaje hacia el cementerio, abotoné mi suéter rasgado y luego me puse un abrigo negro. Hurgué en el bolsillo pero sólo pude encontrar uno de mis guantes negros. ¿Dónde estaba el otro? ¿Cómo podría pasar el resto del día sin el guante derecho? Era como ir por la vida sin la mano derecha.

David, Debra y yo fuimos en el auto que seguía a la carroza fúnebre. Mientras me ponía las zapatillas, busqué mi guante perdido en el piso del auto.

Ya en el cementerio, el director funerario les pidió a los voluntarios que llevaran a Adam a la tumba. Yoni, su kipá azul brillante que tapaba todo el pelo rubio, respondió al llamado. David llamó a su primo Eric para que reemplazara a Yoni.

El sol brillaba sobre la nieve recién caída, haciéndome sentir el calor, hasta que giré hacia la sombra que se proyectaba detrás del edificio de la Sociedad del Cementerio. Era un edificio con los nombres de mis abuelos y mis bisabuelos. Me tambaleé a lo largo de la nieve y el pasto, por lo que me aferré a David y Debra.

Una vez en la tumba, Yoni tomó una de las cuerdas para bajar a Adam. Yoni, mi nieto, el que había aprendido a cantar un poco de la Torá en hebreo para su bar mitzvá, estaba ahí para su zeide. Una vez más, Eric reemplazó a Yoni.

Justo del otro lado de una valla que estaba cerca, había un árbol. Me encantó verlo: daría sombra y flores en verano, sus hojas se harían rojas, anaranjadas y amarillas antes de caer al suelo, antes de la blanca nieve.

David y yo escuchamos cómo caía la tierra sobre el ataúd, echada por los dolientes, palada tras palada. Debra lloraba. Había estado llorando las últimas dos semanas. Todos nos turnábamos para quedarnos con Adam en el hospital. Después de un derrame cerebral masivo, que lo dejó parcialmente paralizado e imposibilitado de hablar o incluso tragar, no quería que estuviera solo.

De regreso en mi casa, la familia y los amigos me rodearon mientras me sentaba y miraba a mi alrededor, a los espacios vacíos en los que solían estar los espejos, a las velas de iartzeit sobre la mesa de la sala del comedor, ahora cubierta con kúguels, ensaladas y postres, a la silla con los apoyabrazos que le permitieron a Adam levantarse solo luego de su derrame, un año atrás. Un largo año atrás.

Finalmente accedí a comer un huevo y a tomar un café. Me sentí un poco mejor, aunque no podía creer que esto nos estuviera pasando a mi familia y a mí. Después comí algo un poco más sustancioso.

Más tarde, el rabino volvió para el minian y dijo: “Necesitamos dos hombres más”.

David les pidió a los chicos que volvieran a mi casa.

Cuando los chicos llegaron, el rabino dijo: “Necesitamos más kipot”.

Yoni sabía dónde estaban y se las alcanzó a los hombres que las necesitaban.

Las lágrimas de agradecimiento a Di-s rodaron por mis mejillas mientras Yoni estuvo presente como el décimo hombre. Necesitábamos a Yoni y él era especial.

“El zeide estaría muy orgulloso”, le dije a Yoni mientras lo abrazaba.

Cuando se lo necesita, Yoni no se aleja, sino que viene. Igual que su abuelo.

POR LINDA GOLDBERG
Linda Goldberg vive en Natick, Mass., donde ella es miembro del Beit Jabad local. Es fundadora del The Metro West Writers’ Workshop y es su directora desde hace 17 años. Ha sido bendecida con 4 nietos.


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