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Lo que Hacen los Judíos

El camino que sigue cada judío que se hace observante es único. Uno de los momentos decisivos de mi viaje, tuvo lugar en una gran Universidad de Iowa que contaba con una minúscula población judía donde, durante mi primer año de estudiante de la Universidad (1963-64), yo era la única estudiante que se identificaba a sí misma como judía.

Entre mis compañeras de cuarto del primer período académico, había una estudiante del penúltimo año que estaba tomando una clase sobre el desarrollo infantil en las distintas culturas. Ella decidió participar en la comisión que estaba investigando la cultura judía, en vista que disponía de una fuente pronta para ser entrevistada: Yo. Por pertenecer a la cuarta generación norteamericana de descendientes de judíos reformistas, quienes emigraron de Alemania antes de la Guerra Civil de los EE.UU., yo no sabía mucho de judaísmo, pero me esmeré por contestar sus preguntas. Sin embargo, el alivio que sentí cuando terminó de interrogarme tuvo una corta duración. En cada período académico siguiente, el profesor de desarrollo infantil le daba mi nombre a la comisión que estudiaba judaísmo. Para enfrentar este desafío, tendría que aprender algo sobre mi herencia.

La biblioteca de la Universidad disponía de dos estantes sobre judaísmo. Empecé por un extremo del estante superior y comencé a leer. Me dieron información básica sobre la historia, tradición y creencias judías. Con la ayuda de los libros pude pasar por las preguntas durante el período académico de invierno. Luego, en la primavera de mi primer año como estudiante de la Universidad, conocí a Janet.

Janet provenía de un pequeño pueblo ubicado en Iowa. Al igual que muchos estudiantes de la Universidad, venía de una familia para la cual la iglesia era un punto principal. Sus creencias guiaban su conducta en todos los aspectos de su vida.

Yo era la primera persona judía que ella había conocido hasta ese momento. Me dijo que había elegido escribir sobre la cultura judía porque quería conocer los orígenes de su fe. ¿Podría ir conmigo a la Sinagoga?

El pueblo tenía una pequeña congregación reformista que se reunía los viernes al anochecer, en la sala de una de las iglesias. Acepté llevarla y, mientras caminábamos por las silenciosas calles, me preguntó acerca de mi vida religiosa. “¿Dónde comes?”, me preguntó de repente.

Desconcertada, le di el nombre de la sala comedor que pertenecía al dormitorio.

“¿Cómo te las arreglas?”, me preguntó.

“¿Qué me quieres decir? Simplemente como”.

Con un matiz de enojo en su voz me dijo: “¿Cómo es que puedes ‘simplemente comer’? Comemos jamón, cerdo o mariscos tres o cuatro noches por semana, y la mayoría de los demás días nos sirven carne y leche en la misma comida”. “Oh, exclamé con confianza, te refieres a ‘kasher’. Yo soy reformista, y nosotros no mantenemos el kashrut”.

“¿No mantienen el kashrut? Pero, según todo lo que he leído, el kashrut es una de las piedras angulares del judaísmo. ¿Por qué no mantienen el kashrut?”

Me encogí de hombros. “No sé, simplemente no la mantenemos”.

Janet se detuvo y giró hasta quedar enfrentándome, las manos en las caderas. Todavía puedo verla allí parada, a la luz de una lámpara de la calle, vestida como para ir a la iglesia en un traje azul, con un pequeño sombrero blanco y guantes blancos. Me miró de arriba a abajo como si yo fuera un insecto clavado en un alfiler. Luego pronunció las palabras que siguen resonando en mi mente: “Si mi iglesia me dijera que tengo que hacer algo, yo lo haría”.

En el largo silencio que siguió hice pasar sus palabras, una y otra vez, por mi mente. Y me pregunté, ¿por qué el movimiento reformista afirmaba que no era importante mantener el kashrut? Decidí averiguar.

Al día siguiente encontré, en uno de esos estantes de libros judíos, una historia del movimiento reformista. Comer con otras personas, decía el libro, es un gesto universal de amistad y buena voluntad. Mantener el kashrut le impide a judíos y a no judíos comer juntos; por lo tanto, impide una comunión informal entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. Cuando los judíos dejen de mantener el kashrut y coman no-kasher con sus vecinos, terminará el antisemitismo y los judíos serán aceptados en la tendencia prevaleciente de la sociedad.

Pensé en la historia judía que había estado leyendo, en Moisés Mendelsohn y la Emancipación; en la familia de mi madre que no había mantenido el kashrut en, por lo menos, cuatro generaciones; y pensé en la Shoá, que comenzó en la patria de Mendelsohn y de mis tatarabuelos, Alemania. Volví a la primera hoja del libro y observé que éste había sido originalmente publicado en 1928 en Berlín, en idioma alemán.

Quizás en 1928 los judíos alemanes podían decir que comer con no judíos podría terminar con el antisemitismo. Pero se iba a probar cuán desastrosamente equivocados estaban. ¿Podría seguir comiendo de una manera no judía, cuando el razonamiento que permitía a los judíos comer de una manera no kasher estaba basado en una completa falacia?

“Si mi iglesia me dijera que tengo que hacer algo, yo lo haría”. Las palabras de Janet tomaron una punta de mi Neshamá (alma judía) y la falacia manifiesta del libro tomó la otra, y me sacudieron hasta que tuve que sentarme, ahí mismo en el suelo, al lado de las estanterías de la biblioteca. Cuando dejé de temblar, sabía que hasta que no encontrara una buena razón, un motivo verdadero para no mantener el kashrut, no tenía alternativa. Yo era judía, y los judíos mantienen el kashrut. Era así de simple.

Mi transformación completa, de una judía secular a una observante de la Torá, llevó muchos años y muchas más lecciones acerca de la fe. Mi primer paso importante comenzó esa noche de Shabat, cuando una joven cristiana me desafió a alzar la cabeza y actuar como una judía.

POR HANNA B. GESHELIN

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