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La otra Roca

“Y será que cuando vengas a la tierra que Yo te doy… una tierra que fluye leche y miel” (Deuteronomio 27:3)

¿Es peligroso ir a Israel? Quizás no tan peligroso como no ir.

¿Qué peligro hay en ir? Algo puede ocurrir. ¿Probable? No. ¿Posible? Como cualquier otra cosa en la vida.

¿Qué peligro hay en no ir? Nada. Nada sucederá. Nada notable, nada destacado, nada tangible. Solo un sutil, casi imperceptible cambio ocurrirá. Sutil puede ser profundo.

Abraham Twerski cuenta de un individuo que terminó una noche de fiesta y vuelve a casa a su departamento del piso veinte en Manhattan. Se desploma en la cama y arroja un zapato. Cuando está por arrojar el otro recuerda que alguien está durmiendo en la cama en el piso diecinueve; cuidadosamente se saca su otro zapato y lo pone en el piso. Diez minutos después golpean furiosamente a su puerta. Es el hombre de abajo “¡Puede arrojar de una vez el otro zapato!” Grita.

Esperar que caiga el otro zapato destroza los nervios. Una vez que las fichas caen, usted sabe donde están; ellas caen, golpean, rompen y luego se quedan quietas.

Mucho se ha dicho del judío de ghetto, la mayoría es peyorativo e inmerecido. Los ghettos tenían murallas, fuera de las cuales los judíos no podían vivir ni encontrarse después del anochecer. Los edictos excluían a los judíos de la mayoría de las profesiones, los cargaban con los impuestos judíos y los marcaban con estrellas amarillas y sombreros. La muerte no era la excepción.

Los judíos del ghetto sabían el precio que el exterior les cobraba por ser judíos. Los judíos del ghetto pagaban el precio y continuaban siendo judíos. Para ellos ser judíos significaba grandeza espiritual, profundidad intelectual, legado eterno, futuro optimista: cuan afortunado ser judío. Como dice Jonathan Sacks, mientras muchas cosas para el judío del ghetto eran problemáticas, la identidad judía no lo era.

No era así para el judío marrano, el lado del que menos se habla de la moneda medieval. Él, temeroso de ser convertido en un pobre vagabundo en un barco que hace agua, permitió que el sacerdote de la aldea lo salpicara con agua. Asistía a la iglesia; adoptaba lo mejor que podía las costumbres que el exterior demandaba de su conversión sin fe.

Pero ahora el exterior estaba en él, y el judío marrano vivía su vida mirando por encima del hombro. ¿Cuándo lo atraparán? ¿Cuándo caerá el zapato? ¿Cuál va a ser el precio final de ser judío? Mientras que muchas cosas para el judío marrano no eran problemáticas (sobre todo la seguridad financiera y física), la identidad judía lo era.

Finalmente el marrano no pudo seguir siendo judío. Mientras unos pocos y recordados murieron la muerte de los mártires, la mayoría se disolvieron en el catolicismo. Ese fue su precio. No ser judío. El judío que eligió el ghetto, pagó su precio. Sus nietos judíos cuentan su historia.

Si uno va o no va a Israel en esta época tiene un componente personal, posiblemente lo que es apropiado para uno no lo es para otro. Pero hay un componente que debe ser señalado. Ir tiene un precio. No ir tiene un precio.

Cuando estaba en Marruecos con diez amigos de la ieshivá, aprendimos como caminar por las calles. No caminar por las veredas donde pueden estar demasiado cerca de alguien en busca de problemas. Caminar por el medio de la calle: como si fuera suya. Caminar cerca de autos estacionados, los autos son un símbolo de status y ellos vacilarían en arrojar una piedra si pueden golpear el auto. No caminar por la calle cuando salen de los bares; un cobarde borracho es un peligro estúpido. Y si son golpeados, devuelvan doble tan fuerte y rápido, y debido a que en minutos pueden ser superados por 300 a 1, escapen rápido. Pero nunca corran.

Con todas las precauciones, uno de nosotros fue herido por una piedra en el ojo. Un bien intencionado americano, un visitante que representaba a una organización judía de recolección de fondos había venido a Casablanca en esa época. Había oído acerca de nuestro compañero que había sido herido. “¿Por qué no cubren sus iarmulkes con sombreros?” Sugirió. Le respondimos con educados y no comprometidos ruidos. Vayan a explicarle.

Pero si está escuchando, esto es lo mejor que puedo ofrecer —unos dieciocho años después:

Si quiere correr, puede —pero no puede correr sólo un kilómetro. Tiene que correr cien kilómetros. Si oculta quien es, entonces nunca es usted mismo. Sus hijos nunca sabrán quién fue usted antes —o quienes son ellos ahora. Si oculta su iarmulkes, entonces ocultará la caja de su mezuzá, y hasta ocultará su nombre. Si oculta puede estar seguro. Si está seguro, estará asustado de no estar seguro. Estará asustado de ser usted.

Si usted no se oculta, usted puede ser golpeado; si es golpeado puede ser herido. Puede morir: muchos judíos han muerto por la única razón de ser lo que son. ¿Vale la pena morir por lo que usted es? Esa no es siquiera la cuestión. La verdadera cuestión es: es adecuado vivir por quien es usted, si vivir por lo que usted es vale la pena, entonces no hay nada que temer.

Ese viaje a Israel que usted ha estado posponiendo. Es seguro ir, peligroso no ir. El otro zapato ha caído. ¡Disfrute el viaje!

POR SHIMON POSNER

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