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La idea más importante del Séder de Pésaj

Pésaj celebra el concepto de un Dios personal que se preocupa por nosotros y es el gran director de la historia.

¿Cuál es la idea más importante del Séder de Pésaj?

Para mí, siempre fue el hecho de quedarme cautivado por la palabra misma que le da su nombre. El ritual de esta noche que conmemora el nacimiento del pueblo judío en la víspera de nuestro éxodo de Egipto, es llamado Séder, porque resume nuestro entendimiento único de la historia y el rol que juega Dios en el curso de los eventos humanos.

Déjenme explicarlo.

Hay una pregunta profunda que ha intrigado a innumerables comentaristas judíos. En una de las obras filosóficas más famosas del periodo medieval, el Kuzari, Rav Iehudá HaLevi coloca esta pregunta en boca del rey pagano de Kahzar, en un diálogo imaginario entre él y el Rav que fue convocado para asistirlo en su búsqueda de la verdad religiosa. El rey se pregunta por qué Dios elegiría un evento relativamente menor para dar a conocer Su poder, siendo que Él es el creador de todo el universo.

La respuesta se encuentra enraizada en la realidad de que la mayoría de las personas en verdad no son ateas. Es difícil negar la existencia de un poder divino superior que dio la existencia a todo este mundo. Cada parte de la maravillosa estructura y el diseño de nuestros cuerpos, cada mirada a los cielos y cada observación de la forma maravillosa en que funcionan las fuerzas de la naturaleza, nos obligan a estar de acuerdo con el salmista respecto a que “los cielos declaran la gloria de Dios y el firmamento muestra la obra de Su mano”.

La verdadera dificultad no es convencer a la gente de la falacia del ateísmo. Tanto intelectual como intuitivamente, la humanidad sabe que debe haber un Dios. El primer mandamiento no viene a proclamar lo que ya es autoevidente. Sin embargo, lo que es difícil de entender para los millones de personas de esta tierra que se sienten alejadas de Dios, es que al Creador realmente le importan aquellos que ha creado. La herejía a la cual más hay que atacar es el deísmo. El deísmo reconoce que el brillante diseño del mundo nos obliga a aceptar la existencia de un Diseñador, tal como la existencia de un reloj señala la existencia de un relojero. Pero de la misma manera que el relojero dejó de tener una relación constante con el reloj que creó, así también Dios es indiferente a las vidas de los habitantes de la tierra o a su destino final.

Ser un deísta es creer en Dios, pero en un Dios que en verdad no importa. Un deísta no tiene ninguna razón para rezar, porque al fin y al cabo no hay nadie que vaya a escucharlo. Un deísta se negará a seguir cualquier mandamiento Divino, porque está seguro de que aquél que lo ordenó no tiene el mínimo interés en prestar atención a su cumplimiento o desobediencia. Un deísta no puede aceptar un concepto como la redención mesiánica y el fin de los días, porque el Creador para él hace mucho ha perdido cualquier interés en los actos insignificantes de sus creaciones.

Dios es un Dios de historia que mantiene una relación personal con cada uno de nosotros y nos creó a Su imagen.

Los comentaristas nos dicen que debemos prestar atención al hecho de que la frase en hebreo para Yo soy el Eterno tú Dios, gramaticalmente se encuentra formulada en singular. Es como si Dios estuviera hablando directamente con cada uno de nosotros, prometiéndonos una continua relación personal.

Debido a que Dios es un Dios personal que sigue preocupándose por nosotros, por la suerte del pueblo judío y el destino final de la humanidad, la historia se vuelve significativa. Es algo orquestado desde Arriba. Tiene un destino pre-ordenado.

El Talmud (Shabat 31 a) nos revela que una de las primeras preguntas que nos formularán al enfrentar la Corte Celestial luego de morir es: “¿Tzipita leishuá? – Durante tu vida, ¿esperaste que llegara la salvación?”. En el curso de nuestras dificultades en la tierra se espera que siempre nos mantengamos optimistas esperando la intervención Divina. Debemos vivir nuestras vidas con una esperanza constante o de lo contrario seremos considerados culpables en el momento de nuestro juicio final. Los sabios se preguntan: si esta es una obligación tan seria que debemos cumplir, ¿cuál es su fuente en la Torá? ¿De dónde aprendemos que nuestra creencia en Dios debe estar ligada con la creencia en Su constante cuidado providencial? Rav Itzjak ben Rav Iosef (Baal HaJotem) de Corbeil, Francia, un importante comentarista del siglo XIII conocido como el SEMAK, responde que está implícito en el primer mandamiento y es una derivación obvia de sus palabras. Yo soy el Eterno, tú Dios, quien te sacó de la tierra de Egipto – esto no debe entenderse como una simple afirmación de la relevancia de nuestro pasado. Esta es la base que debe servir como la fuente de nuestra aceptación y relación con Dios. El mandamiento exige que comprendamos que tal como Dios nos salvó mucho tiempo atrás, Él continúa estando a nuestro lado como nuestro Salvador y Redentor, siempre presente.

La pregunta a la cual deberemos responder afirmativamente después de morir respecto a si siempre confiamos en la presencia de Dios y Su promesa de ayudarnos, no es nada menos que preguntarnos si realmente creímos en el Dios de nuestros antepasados, el Dios que fue, es e hizo un pacto con nosotros para el futuro.

El Talmud nos enseña que hay dos formas posibles de observar los eventos que nos acontecen. La primera es la filosofía de “let din velet daián” (no hay justicia ni hay juez). Esta es una herejía que adopta palabras como coincidencia, azar, suerte o circunstancias para explicar la historia humana. Es un sacrilegio cuyo pecado llega al eje mismo de nuestra relación de amor mutuo con Dios, negando cualquier conexión entre el Creador y Sus creaciones.

La historia tiene significado y propósito. No es al azar. Tiene un plan. Tiene un Séder.

En la sección bíblica conocida como la Tojejá, la advertencia final del libro de Levítico con sus amenazas de maldiciones por las futuras desobediencias nacionales, hay una frase que se repite y que explica qué es lo que más enojará a Dios y será el responsable de repetidas aflicciones: “Si a pesar de esto no me escuchan y se comportan de forma contraria a Mi” (Levítico 26:27). En hebreo dice: vehalajtem imi bekeri. En una fascinante interpretación filosófica, Maimónides conecta la raíz hebrea de bekeri con la palabra mikré, que significa al azar o por accidente. De esta manera, el versículo da expresión a esta idea: si el pueblo judío continúa atribuyendo los eventos que les ocurren simplemente al azar, al mikré, en vez de reconocer que forman parte de un plan maestro Divino que guía la historia humana, Dios continuará afligiéndolos hasta que lo entiendan. El crimen que Dios no puede tolerar es la negación a reconocer Su rol continuo en la historia, la idea misma aludida en el Primer Mandamiento a través del énfasis en el rol de Dios como el redentor de los judíos de la esclavitud de Egipto.

La antítesis a la herejía de que “no hay justicia y no hay juez”, es que la historia tiene significado. No es al azar. Tiene un plan. Sigue una orden Divina, decretada por Dios que sigue involucrado en cada aspecto de la historia de la humanidad.

¿Y cómo se dice en hebreo orden?

¡Séder, por supuesto!

El Séder de Pésaj se conoce con este nombre no tanto porque la comida sigue un orden predeterminado sino porque viene a afirmar la gran enseñanza respecto a Dios que aparece en el primero de los Diez Mandamientos. Mucho después de haber creado el mundo, Dios demostró su amor constante al intervenir en la historia, castigando a los malvados y brindando la libertad a aquellos que sufrieron la crueldad de sus opresores.

El Talmud (Brajot 12a) nos enseña que cada bendición requiere dos elementos. “Kol brajá she ein bo shem umaljut eino brajá – toda bendición que no incluye el nombre de Dios así como una referencia a Su reinado, no es una bendición”. Hablar de Él simplemente con Su nombre de cuatro letras, Hashem, sin aclarar que Él es también Elokenu Melej HaOlam – nuestro Dios quien continúa gobernando el mundo como un rey, involucrado, preocupado y conectado de forma personal, es ser ciegos al verdadero significado de nuestra fe monoteísta y el significado de “el Dios de Abraham, Itzjak y Iaakov”.

En ese primer Pésaj los judíos fueron testigos de la intervención de Dios en los asuntos humanos. Celebrar Pésaj es reconocer la idea de Séder, el concepto de la historia que acepta a Dios como el máximo director de los eventos que se desarrollan de acuerdo con un orden dictaminado por la Divinidad.


Extraído de la Hagadá de Rav Blech, Redemption, Then and Now.

 

POR RAV BENJAMIN BLECH

 

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