FestividadesPesaj

La Copa del Profeta Eliahu

En una pequeña aldea de la Europa Oriental vivía un pobre leñador...

En una pequeña aldea de la Europa Oriental vivía un pobre leñador llamado Jaím. A pesar de su pobreza era muy respetado por ser un judío bueno y honesto. Ganaba su modesto sustento yendo a los bosques vecinos, donde cortaba o juntaba ramas secas que traía a la aldea en su carreta. Luego hacía atados con las ramas, y ya estaban listas para ser vendidas. Su mejor temporada, por supuesto, era el invierno, cuando sus clientes precisaban la leña tanto para calentar sus hogares como para cocinar. Para sus viajes invernales a los bosques empleaba un trineo que él mismo había fabricado, y que por lo general cumplía muy bien su función. Pero en ese invierno en particular se había desatado una violenta tormenta de nieve que continuaba día tras día sin parar, de modo que los caminos estaban cubiertos por enormes montañas de nieve y Jaím estaba obligado a permanecer en su casa. Le era imposible aventurarse a salir con su pequeño trineo.

Así que Jaím se quedó en casa, tratando de no preocuparse, en tanto su preocupada esposa Breina lo acosaba sin cesar, haciendo crecer con ello su miseria. “¿No sabes que tus competidores, los campesinos, se aprovecharán ahora de tu ausencia y vendrán a la aldea con sus grandes trineos, y traerán bastante leña como para proveer a tus clientes de todas sus necesidades del invierno?” “.Y qué puedo hacer?”, protestó el pobre Jaím. “Tú conoces la situación tan bien como yo. Es sólo nuestra mala suerte. Lo único que podemos hacer es no perder las esperanzas”.”¿Y qué hay de Pesaj, que pronto lo tendrás encima?”, continuó Breina. “No tenemos dinero siquiera para la matzá y el vino, ni qué hablar de pescado o carne”.”Seguro que el Todopoderoso nos ayudará a celebrar la maravillosa festividad de Pesaj de una manera adecuada. El no nos abandonará”, dijo Jaím con voz confiada, y se volvió a su libro de Tehilfm -Salmos-.

Jaím no era un talmid jajám -sabio-, pero amaba dedicar todo su tiempo libre al recitado del preciado libro de Tehilfm. En tanto Breina continuaba acuciándolo, Jaím suspiró. “¡Los suspiros no nos proveerán de matzot y vino; ni siquiera de papas!”, le echó en cara. “¿Por qué no haces como los demás judíos pobres antes de Pesaj? Estoy segura de que el Gabai no se negará a darte maot jitim, dinero del fondo para los pobres al que tú, todos los años, has contribuido”. “Lo sé”, respondió Jaím cansado, sacudiendo su cabeza. Le pesaba el corazón al pensar en el vuelco que había dado su fortuna. Es cierto que la suma con la que cada año contribuía a maot jitim no era muy grande, pero era importante si se tomaba en consideración sus modestos recursos. Y el hecho de haber contribuido siempre le creaba una hermosa sensación, sabiendo qué gran mitzvá era.

¿Y ahora? ¿Ahora qué? “¿Bien, Jaím?”, interrumpió Breina sus pensamientos. “¿Por qué tanto silencio? ¿Qué hay de mi sugerencia?” “No aceptaré caridad”, respondió Jaím con determinación. “¿En serio? Pues dime, ¿de qué manera nos proveerá tu obstinado orgullo de lo necesario para Pesaj? ¡Piensa en nuestros niños, si no prefieres pensar en ti mismo o en mí!” Jaím no espondió de inmediato.Luego, muy lentamente, dijo: “¿Sabes si en casa hay algo que podamos vender o empeñar?” Breina se echó a reír con humillantes carcajadas. “¡Bien sabes que hemos empeñado mis candelabros de plata hace mucho tiempo, y hemos vendido nuestras almohadas y colchas. Lo único que nos queda es nuestra Pobreza, y no creo que encuentres para ella clientes dispuestos!”, terminó sus palabras con amargura, estallando en lágrimas. Jaím se sentía tan abatido… Se volvió a sus Tehilfm en procura de consuelo.
De repente sintió que su mujer tiraba de su manga. Había dejado de llorar y le hablaba en un tono más bien dócil.”Sabes, Jaím? Todavía queda una cosa de valor que nos pertenece. Todavía tenemos la copa de plata del Profeta Eliahu -Elías-. ¿No crees que deberíamos empeñarla para que al menos podamos comprar matzot, vino y papas?” “Sabes lo que estás diciendo?”, exclamó Jaím. “¿Qué clase de seder, que merezca llamarse así, podremos hacer sin la copa del Profeta Eliahu?””Mira, Jaím, no te pongas así. Seguro que Eliahu nos comprenderá, y ello no le impedirá venir a nuestra casa como siempre en el momento del seder”.”¡Breina! ¡No puedo hacerlo! ¡Imagina cuando Eliahu venga y su copa no esté! ¿Qué parecerá? No, no le haré eso a Eliahu. Di-s nos mostrará una salida de nuestro problema. Podemos confiar en El”.

De repente, un pensamiento golpeó a Jaím. “¡La cabra!”, exclamó en voz baja, como si temiera que la cabra lo oyera. “Breina, oye. Probablemente podamos vender la cabra”. “¿Te has vuelto loco?”, gritó Breina, histérica. “iLa cabra es nuestro único medio de sustento! ¿De dónde, si no, obtendremos leche para nuestros pequeños? Mira, la copa de Eliahu no nos da leche, ¡eso es lo que debes vender!” “Di-s libre”, respondió Jaím, “eso está fuera de discusión”.

La noche anterior a Pesaj encontró a Jaím muy atareado con bedikat jametz -la “Búsqueda del Jametz”-. Jaím repasó su pequeña vivienda buscando cuidadosamente el jametz, a pesar de que habían pocas probabilidades de que le quedara algo. Luego fue a la casa del Rabino a “vender” su jametz.”¿Te sobró algo de harina?”, le preguntó el Rabino. “No, Rabino”, respondió Jaím. “¿Algún cereal?””No, Rabino”, respondió una vez más Jaím. “Alguna vajilla jametz?’ “sí, Rabino. Tenemos algunas ollas”.

Entonces el Rabino anotó el nombre de Jaím en su lista y concluyó la “venta” de la manera apropiada. Dado que Jaím aún permanecía de pie, el Rabino le preguntó: “Reb Jaím, ¿hay algo que quisieras preguntarme?” “Sí, Rabino”, dijo Jaím, golpeando su pie nerviosamente. “Me preguntaba… ¿Puede decirme si la Torá permite utilizar leche en lugar de vino para los arbá kosot -las “Cuatro Copas”- en la mesa del seder?” El Rabino pareció pensativo, en tanto acariciaba lentamente su plateada barba. De modo que Jaím no sólo no tiene vino para la mesa de su seder, sino que parecería que tampoco cuenta con carne, pues de otra manera no me estaría preguntando si puede usar leche en el seder. ¿Quién sabe? ¿Quizás ni siquiera tenga pescado o matzá? Y ni una palabra de queja… ¿Por qué no se había dirigido al fondo de maot jitim, si sufría tanta necesidad?

La respuesta era obvia: tenía vergüenza de pedir caridad. “Mira, Reb Jaím”, le dijo el Rabino, a la par de que abría su cajón buscando algo. “Me has propuesto una difícil pregunta, y en este momento no dispongo de tiempo como para analizar la cuestión; estamos muy próximos al Iom Tov. Hazme un favor y espera hasta después de Pesaj, cuando ya habré tenido tiempo para estudiar el problema. Mientras tanto, acá tienes algún dinero que te doy en préstamo. Ve y compra vino, y todo lo que precises para la festividad; de todas formas el dinero está aquí sin ningún beneficio durante el Iom Tov. Me lo devolverás cuando te resulte cómodo. No estés preocupado, yo no lo estoy. Te conozco como un hombre honesto. Ve en paz. ¡A ti, tu mujer y tu familia, un Iom Tov kasher y feliz!”

Jaím agradeció al Rabino y se apresuró hasta la Matzería que aún permanecía abierta. Compró una buena cantidad de matzot, e incluso logró comprar un poco de vino.Con corazón contento apuró el paso a su casa, y al entrar a ella gritó jubiloso: “¡Bréinale! ¡Un buen Iom Tov! ¡Mira lo que he traído!””¿Qué es eso de `Buen Iom Tov’?”, preguntó su esposa medio dormida, refregando sus ojos mientras se le aproximaba. “Iom Tov es recién mañana”. “Para mí ya es Iom Tov, querida esposa. Mira, ¡tenemos matzot, vino, y dinero para las verduras y todo lo que precisemos para hacer hermosos sedartm y un alegre Iom Tov!” Breina pensó que su marido se había vuelto loco, o estaba alucinando. Pero abrió un enorme par de ojos, y terminó de despertarse del todo, cuando vio las matzot, el vino y el dinero.

¡No era ningún sueño sino una hermosa realidad! “Te dije que el Todopoderoso se ocuparía de nosotros y de nuestras necesidades”, dijo Jaím mientras le contaba lo sucedido en la casa del Rabino. “Ves, Breina, aún tenemos la copa de plata de Eliahu, no tuvimos que vender la cabra, ¡y tendremos un seder digno de reyes! ¡No cabe duda de que tenemos un Di-s misericordioso en el cielo!”

Jaím, Breina y los niños tuvieron realmente un seder como nunca habían gozado en sus vidas. Cuando Breina fue con una vela en mano a abrir la puerta para el Profeta Eliahu – vio a un judío anciano parado allí. “Un buen Iom Tov”, dijo. Al principio quedó un poco sorprendida, pero su voz amable y sus suaves modales le devolvieron la serenidad y Breina lo invitó a pasar.

Jaím lo reconoció como alguien a quien había visto esa noche en la Sinagoga; debía tratarse de algún forastero sin recursos que pasaba por la ciudad y había decidido quedarse para Pesaj. Jaím lo invitó a unirse a ellos en el seder, pero el extraño dijo que sólo podía quedarse un rato pues estaba invitado ya en otro lugar. Cuando se hubo sentado junto a la mesa, su mirada se posó con admiración sobre la copa del Profeta Eliahu, que Breina había pulido hasta hacerla refulgir. “¡Qué hermosa copa!”, dijo. “¡Que vuestro mazal, vuestra suerte, brille como esta copa!” Luego de cantar un rato junto a Jaím se puso de pie, se disculpó, y partió.

Al día siguiente Jaím buscó al forastero en la Sinagoga. Quería invitarlo a que compartiera con ellos el segundo seder. Cuando no pudo hallarlo, comenzó a preguntar si alguno había visto al venerable forastero, pero todos miraban a Jaím extrañados. “¿Qué forastero? ¡Aquí no hubo ningún forastero!””¿Qué pretenden decir? Yo tuve a este hombre, con el rostro de un ángel, sentado a la mesa de mi seder”. Jaím se dirigió al Rabino. “Dígame Rabino, ¿usted sí vio al forastero?””Por supuesto”, respondió el Rabino. “También a mí me ha visitado. De hecho, visita cada hogar judío durante el seder, pero no todos tienen el mérito de poder verlo. Tú, obviamente, eres merecedor”.

Después de Pesaj, cuando la nieve ya había sido olvidada, Jaím tomó nuevamente su carreta y salió al bosque a recoger ramas y leña. Llenó la carreta y se dispuso a regresar. Pero parecería que la carga era demasiado pesada, porque las ruedas se atascaron en el suelo blando y se rehusaban a moverse. Jaím arrastró y empujó; era en vano. Vacilando, comenzó a desprenderse de algunos de los atados de leña que había juntado, para aliviar la carga. Dio un empujón, y las ruedas salieron. Pero… ¿qué era eso que estaba brillando allí? Se inclinó, y… ¡su atónita mirada se topó con una reluciente moneda de oro!

Rápidamente comenzó a cavar en el mismo lugar y extrajo de la tierra una bolsa que derramaba su contenido – ¡un montón de hermosas y brillantes monedas de oro! ¡Una verdadera fortuna! Desde ese momento Jaím dejó de ser “el pobre Jaím”, y su mazal brilló para él y para los suyos, tal como la copa del Profeta Eliahu en la mesa de su seder

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