Siempre me consideré una feminista. Y si bien no soy ortodoxa, me identifico mucho con el judaísmo. Siempre he tenido un gran respeto por Jabad, a pesar de no acordar con ciertos aspectos de sus planteos. En parte, ese es uno de los motivos que me impulsó a contactarme con el Rebe, de bendita memoria.

Cuando estaba viviendo y trabajando en Nueva York a mediados de los 70 (siempre estuve involucrada en transmisiones radiales), le escribí al Rab Kastel, de la organización de jóvenes de Lubavitch, acerca de un tema que me inquietaba.

“De vez en cuando, me pregunto si existe para la mujer un rol dentro del mundo jasídico que no esté vinculado estrictamente con el de ser madres o esposas. Sé que muchas mujeres son alentadas a estudiar y a aprender también, y que incluso algunas trabajan al mismo tiempo que crían a sus hijos, pero el énfasis parece estar puesto en el rol de madre y esposa”.

El Rab Kastel me sugirió que le escribiera una carta al Rebe. “El Rebe siempre responde su correo”, me dijo.

Como la esposa del Rebe, yo tampoco podía tener descendencia. Entonces, le escribí con la intensión de remarcar el énfasis que el judaísmo ortodoxo parece que hace en el hecho de que las mujeres tengan muchos hijos. Le pregunté acerca de las mujeres que no eran madres, ya que yo creía que dichas mujeres eran estigmatizadas por la ortodoxia como consecuencia de la importancia que se le atribuye a la idea de tener familias numerosas.

No creo haber sido irrespetuosa con mi carta, pero debo admitir que no esperaba una respuesta debido a que en mi trabajo estoy constantemente rodeada de celebridades.

Para mi sorpresa, la respuesta sí llegó.

Yo creía que esa carta se había perdido con los años, ya que en el barrio donde vivo hubo muchos problemas con las tuberías de agua, lo que hizo que perdiera muchos recuerdos. Sin embargo, nunca pude olvidar la compasión que me había transmitido.

Poco tiempo atrás, en un intercambio de mails con un miembro del staff de Jabad.org, resultó ser que la carta que yo había enviado en 1977 todavía existía. El Rab Kastel había guardado una copia en sus archivos y Jabad.org me envió una copia de mi propia carta. En verdad, debo sacarme el sombrero ante el staff por haber encontrado algo de tanto valor para mí y que creí que nunca iba a volver a ver.

El Rebe decía que las mujeres sin hijos no deben ser marginadas, que ellas tienen mitzvotque deben cumplir, y que a los ojos de Di‑s, dichas mitzvot tiene la misma importancia que tener hijos. Le dije que yo era una mentora, una maestra, una “hermana mayor”, etcétera.

Y recuerdo que el Rebe fue muy sensible y cordial conmigo, aunque sabía que yo no era miembro de Jabad, y que ni siquiera era una judía ortodoxa. El hecho de que se hubiera tomado el tiempo para responder mi carta con tanta dedicación (su carta tenía dos hojas y media) me conmovió profundamente.

Haga click aquí para leer la carta.

Hacía tiempo que yo ya había hecho las paces con el hecho de no poder tener hijos. Pero en una cultura en la cual se define a la mujer principalmente por si es madre o no, me intrigaba saber cuáles eran los planes de Di‑s para mí. Eso fue lo que me impulsó a debatir mi situación con el Rebe.

Su consejo fue completamente reconfortante. Hoy en día, cuando miro las partes de la carta que Jabad.org me envió, lo que me sigue impresionando es cuán interesado estaba el Rebe en mí, a pesar de que yo no fuera de Jabad, y aunque ni siquiera perteneciese al mundo ortodoxo. Él entendió que yo estaba buscando algún tipo de guía acerca de las mitzvot que debe realizar una mujer que no tiene hijos, y su respuesta fue tan hermosa como sensible.

En lo personal, nunca me desalentó el hecho de no poder tener hijos. Siempre estuve feliz de estar viva. Estadísticamente, yo no debería estar aquí, ya que tanto mi mamá como mi abuela, ambas de bendita memoria, fallecieron de cáncer. Sin embargo, aquí estoy; y debo agradecerle a Di‑s por eso. Sé que muchas mujeres ansían ser madres, pero a su vez, también hay otras muchas que no. Y aunque yo estaba conforme con mi situación, el hecho de que una persona de la envergadura del Rebe me dijera que existe un rol para cada mujer dentro del judaísmo fue muy reconfortante.

Espero que las mujeres que están profundamente deprimidas por no tener hijos tomen el consejo del Rebe y lo hagan propio, así como lo hice yo. Sus realidades pueden ser diferentes a la mía, pero en todos los casos, las palabras de él resultan prácticas y alentadoras. Las aprecié en su momento y las aprecio hoy todavía, sinceramente. Con sus palabras, fortaleció en mí la idea de que Di‑s sabe exactamente qué hay en nuestro corazón y qué mitzvot desearíamos haber podido cumplir.


Aunque vivo y trabajo en Nueva York, he tenido en reiteradas ocasiones la oportunidad de ir a la casa central de Jabad en Crown Heights, Brooklyn, para presenciar las charlas del Rebe.

Su recuerdo siempre estará en mi memoria. Era una persona que verdaderamente irradiaba lo que algunos llaman “espiritualidad”.

Si existe un santo en el judaísmo, ciertamente, él era el epítome de un tzadik, un hombre justo. Incluso, luego de algunos años, aún no he olvidado lo que se sentía al compartir una habitación con un ser humano tan maravilloso como el Rebe.

En cierta ocasión, le hablaba a un grupo numerosos de niños que parecían estar tan fascinados como yo. Ninguno de ellos hacía el más mínimo movimiento, ya que todos sabían que estaban en presencia de un gran sabio. Yo también lo sabía.

Aún me sonrío cando recuerdo a esos niños y la forma en la que lo miraban embelesados. Recuerdo la ternura y calidez que irradiaba el Rebe mientras les enseñaba los principios de la Torá; incluso, un escéptico podía ver que él genuinamente amaba ser judío y transmitir sus enseñanzas acerca de Di‑s.

Al finalizar la charla, le entregó un dólar a cada uno de los presentes para que pudiera hacer tzedaká, y yo me sentí privilegiada de ser una de las personas presentes.