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La Alegría de Esforzarse

¿Quién es rico?

El que está contento con lo que tiene. Pirkei Avot, 4:1

El día había empezado como un día de ‘aquellos’. No escuché el despertador y me dormí y, por supuesto, este retraso había convertido toda la rutina de la mañana en una escena del hundimiento del Titanic. Volaban viandas de almuerzos, sacos y paraguas, sin mencionar las fruncidas y grises expresiones en las caritas de los ‘bajitos’ que salían a sus aventuras en la escuela. Durante el resto del día no me fue mucho mejor; atendí a un cliente desconforme, lidié con una malhumorada secretaria y tuve un intercambio cruzado con mi arquitecto, quien en ningún momento pareció entender los bocetos. Todo esto habría sido tolerable si hubiera sido solo un día de ‘aquellos’. Pero meditando, empecé a darme cuenta que lentamente todos estaban pasando a ser solo días de ‘aquellos’.

Mi vida era una gran rutina. Mientras me hundía en el asiento del conductor para ir a mi segundo hogar, la oficina, empecé mi diaria oración personal a D-os. Y fui desagradecida al iniciarla con mi lista de quejas sobre cómo había sobrevivido otro estresante día de infructuosos intentos por equilibrar mi pesado volumen de trabajo, las responsabilidades de la maternidad y el perfeccionamiento de los rasgos de mi carácter: Después de varios estallidos emocionales, no cabía duda que estaba pronta para una ‘reparación de emergencia’. Sentí cómo iba aumentando mi frustración a medida que pensaba que, una vez más, era el día el que parecía aprovecharse de mí y no al revés. No había logrado crear un ambiente hogareño más apacible en el cual no tuviera que actuar como moderadora sin sueldo, de guardia las veinticuatro horas; no había logrado progresar en el trabajo y tampoco había podido lograr concretar siquiera una de esas resoluciones de Rosh Hashaná que me había propuesto apenas cuatro meses atrás.

Mi vida, le murmuré al Sustentador del Universo, se había convertido en una gran rutina y, cuanto más consideraba este pensamiento, más se tensaba mi mandíbula. Era consciente que tenía que hacer algo al respecto. Pero, ¿qué? Durante mucho tiempo había buscado una solución, cómo escapar de esas barreras invisibles que parecían bloquear todos mis intentos por cambiar mi vida, encaminándola en la dirección que yo quería que llevara. Hasta ahora no había logrado encontrar un trabajo menos agotador que me permitiera tener más tiempo para mis hijos, mis intereses y, simplemente, más tiempo para mí. Para plantearlo sin rodeos, estaba atascada. Se habían evaporado mis sueños de ser una madre tranquila que serenamente educa a la próxima generación de dignos miembros de la sociedad a la vez que ejerce una floreciente carrera profesional. ¿Qué debía hacer para transformar mi vida, para sacarla de ese estancamiento y desacelerar su ritmo? Ya había hecho todos los intentos por ser más organizada, más asertiva y tolerante. Indagué en la sabiduría de nuestros Sabios y me desahogué en las oraciones, pero nada parecía avanzar. Por el contrario, mi resentimiento aumentaba, la vida parecía moverse hacia atrás.

De pronto, como si llegara de otro mundo, en mi mente se formó un pensamiento diferente: “sé feliz y crecerás”. ¿Qué quería decir esto? Al principio lo ignoré porque me parecía una respuesta muy tonta. Pero, mientras estacionaba el auto para enfrentar, exhausta y frustrada, la rutina de la Batalla de la Hora de Acostarse este pensamiento volvía una y otra vez a mi mente.

“Sé feliz y crecerás,” me repetía interiormente mientras luchaba por bañar a mi escurridiza hija de cuatro años y notaba, con irritación, que ella había logrado empapar me a mí también. “Sé feliz y crecerás,” me dije en voz alta, recogiendo una vez más la ropa sucia del piso. “Sé feliz y crecerás,” fue mi quejoso comentario al día siguiente cuando me comprometí a completar otro trabajo irrealizable, con una fecha de entrega ridícula.

Y fue ahí que se me iluminó la mente. El obstáculo era el remedio. Las “aparentes” piedras con las que tropezaba y que me impedían crecer, la situación estática en el trabajo, el interminable trabajo lleno de dificultades, la monótona y diaria tarea de pacificación en mi casa; todo eso estaba ahí para enseñarme que lo único que debía hacer era buscar la felicidad, punto. No apoyándome en algún indicador artificial del éxito, sino por el bien de la felicidad misma, porque la felicidad en sí misma es sinónimo con crecimiento. Podía ser feliz en mi rutina actual, siempre que pudiera ver el lado bueno. Entonces crecería como persona. Quizás no llegaría a estar en la portada de la revista “La Madre del Año” pero, al encontrar alegría en el esfuerzo, iba a crecer.

La alegría es la llave para estar más cerca de nuestro Creador. Es a través de la alegría que las bendiciones espirituales y la abundancia fluyen hacia la persona. La depresión y la tristeza tienen el efecto opuesto: constriñen el flujo de bendiciones y, más aún, hacen además disminuir las bendiciones que una persona ya ha recibido; al igual que una espiral descendente, llevan a más tristeza y depresión que conducen a una mayor disminución de las bendiciones espirituales.

Muy bien. Ahora había llegado a entender el mensaje, pero ¿cómo se suponía que iba a encontrar este tesoro? Y nuevamente, recordé la sabiduría de nuestros Sabios, la alegría viene del agradecimiento. En otras palabras, debería empezar a contar mis bendiciones. De hecho, nuestros sabios nos enseñan que la llave para encontrar la alegría es pensar positivamente siempre y solamente usar una hora prefijada para centrarnos en aquello que consideramos que nos falta, tanto material como espiritualmente.

Y fue así que empecé. Por las mañanas le agradecía a D-os realmente por devolverme mi alma, por darme calor en una mañana fría, por el hecho que mi esposo ya se había despertado para sus oraciones matinales atestiguando así, a pesar del frío, su sensacional personalidad, que mis hijos estuvieran durmiendo apaciblemente (y mientras dormían lograban dejar de pelear entre sí), que podía empezar el día con un tazón de café caliente, y que mi heladera pudiera estar repleta de comida. Cuando los chicos empezaban a discutir para ver a quién le tocaba hacer las camas, agradecía a D-os que tenía hijos que podían pelearse para darme así la oportunidad de enseñarles a ser ordenados y a cooperar entre sí.

De camino al trabajo, agradecía a D-os por el empleo que me estaba esperando, por el hecho de tener clientes y por disponer de un transporte práctico. Cuando quedaba atascada en un embotellamiento de tránsito, agradecía a D-os por darme más tiempo para reflexionar a través de una oración personal durante mi viaje diario al trabajo.

A medida que iba transcurriendo el día, se produjo una asombrosa transformación. En efecto, empecé a sentir alegría y ese sentimiento hizo que se transformara también mi físico. Por las tardes ya no tenía mis habituales dolores de cabeza; en realidad, tenía más energía que de costumbre.

A medida que pasaban los días pude notar que mis hijos se peleaban menos y mi carga de trabajo parecía ser más manejable. Y, cuanto más agradecía a D-os, –incluso por lo que parecía “estar mal”- tanto más podía ver con mis propios ojos cómo las situaciones iban cambiando “para bien”. Por supuesto que me quedaba claro que siempre debería esforzarme por mejorar, pero mientras luchaba con esos esfuerzos, tenía que poder disfrutar de lo que me había tocado en suerte, o nunca podría realmente sentir satisfacción por haber alcanzado un logro o bendiciones.

Me dí cuenta que en todos los años de búsqueda espiritual, la respuesta había estado presente todo el tiempo. Simplemente la había pasado por alto pero, tampoco me sentí arrepentida por esto, porque de alguna manera fui afortunada que me llevara tanto tiempo sentir agradecimiento, ya que ahora realmente podía apreciar que todos esos días no habían sido más que un regalo.

 

BY SARAH AZULAY
Sara Azulay es una ocupada madre de hijos pequeños, y trabaja en negocios internacionales e inversiones.
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