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Kidush Hashem

El Midrash dice

La Mitzvá para Santificar el Nombre Divino.

Hashem ordenó, “Y Yo seré santificado en el medio de los Bnei Israel”(Vaikrá 22:32).

La Mitzvá de santificar el Nombre Divino nos obliga a sacrificar cualquier cosa que poseemos, aún nuestras vidas, antes que ceder y negar la creencia en la existencia de Hashem y la unidad y la verdad de Su santa Torá. Aún si sólo accedemos a ese pedido externamente y seguimos siendo creyentes en el corazón, faltamos al cumplimiento de esta mitzvá.

Las condiciones bajo las cuales estamos obligados a sacrificar nuestras vidas son idénticas a aquellas enumeradas en el capítulo anterior de no profanar el Nombre de Hashem. Las repetimos para que quede claro:

□ Si le pidieran que cometa uno de los tres pecados capitales, matanza, adoración de ídolos, o inmoralidad, un judío debe entregar su vida antes que pecar de esa manera, ya sea en público o en privado.

Si se le solicitara que transgreda alguna mitzuá con excepción de las tres antes mencionadas, debería cometer el pecado antes que perder su vida salvo en dos casos:

□ Si diez judíos se encuentran presentes debe sacrificar su vida antes que violar alguna mitzvá de la Torá.

□ Durante un período de persecución religiosa, uno debe sacrificar su vida para evitar violar la Torá, aún una transgresión menor, inclusive si fuera desafiada en privado.

En los casos en los que un judío debe sacrificar su vida, él debería hacerlo sólo si se le pidiera que violase una orden negativa de la Torá (mitzuát lo taasé). Si fuera presionado para que no realice una orden positiva (mitzuá asé), tiene que ceder y no tendrá que sacrificar su vida.

Si elegimos mártires particulares para ilustrar esta mitzuá sería injusto para un sinnúmero de judíos que a través de los años y en nuestros días, también, renunciaron a sus vidas para santificar Su Santo Nombre. Hombres, mujeres, aún niños de nuestra nación, que son inigualables en santidad, sin duda se sometieron a torturas horribles, la muerte inmediata, con espada, y por medio de todo tipo de métodos barbáricos e indescriptibles antes que negar sus creencias en Hashem. Ellos eran (según las palabras de la plegaria Av Harajamim) “más livianos que las águilas y más fuertes que los leones para llevar a cabo el deseo del Creador”

Cuando Rabí losé estuvo enfermo, los Sabios Rabí Aba, Rabí Iehudá y Rabí Itzjak vinieron a visitarlo. Lo encontraron con la cabeza caída durmiendo. Se sentaron y esperaron a que se despertara. Cuando lo miraron se dieron cuenta de que su cara estaba radiante, y que él era todo sonrisas. Cuando se despertó. Rabí Aba le remarcó, “Debes haber percibido una visión maravillosa que estás tan alegre”.

“Verdad”, respondió Rabí losé. “Cuando estaba durmiendo, mi alma ascendió al Cielo y vio el honor con que premiaban a aquellos que sacrificaban sus vidas por kidush Hashem. Ascienden los trece naharé aparsamón tahor (un concepto espiritual místico que describe los deleites del Gan Edén), y el Todopoderoso personalmente los entretiene. Yo vi cosas maravillosas que no voy a contar.

“Además del honor que se les confiere a aquellos quienes consagran el Gran Nombre, percibí la gloria prodigada sobre aquellos que aman a Hashem en presencia del mundo (llevando una vida en que ellos sirven a Hashem por amor). Su grandeza en el olam haba también me hizo regocijar”.

El emperador Nevujadnetzar ordenó a todos que se postraran delante de una estatua que éste había erigido en su honor. Los judíos temieron por sus vidas y se postraron como todos los demás.

Sin embargo, Jananiá, Mishael, y Azariá se levantaron y públicamente santificaron el Gran Nombre al negarse a hacer una reverencia. (Si bien la imagen no tenía la intención de ser un ídolo sino de representar al emperador, de todos modos, el hacer una reverencia disminuía el honor del Todopoderoso.)

Estos tres hombres jóvenes razonaron, “¡Tomemos el ejemplo de las criaturas inanimadas – los sapos de Egipto durante la Segunda Plaga. Saltaron adentro de los hornos encendidos para molestar a los egipcios. Sacrificaron sus propias vidas, aunque no estaban obligados a santificar el Nombre de Hashem, mientras que nosotros sí lo estamos. Sin duda, deberíamos sacrificar nuestras vidas por Eli”

Hashem retribuyó su disposición a renunciar a sus vidas, y ellos milagrosamente salieron ilesos de los hornos encendidos.

El Sabio Iosef, el hijo de Rabí Iehoshua estaba gravemente enfermo, y su alma se separó de su cuerpo. Sin embargo, recobró la conciencia, y los Sabios le preguntaron qué es lo que su alma había visto.

Entre otras cosas, Rabí Iosef relató, “Escuché que ellos proclamaron en Aquel Mundo, “¡Afortunado es el hombre que tiene aquí con conocimiento de la Torá!” También escuché una proclamación, “¡Aquellos que murieron por la Santificación del Gran Nombre les corresponderá una división en el Gan Edén que es tan magnífico que nadie más puede entrar!”

Se refirió a los mártires, tales como Lulyanus y Papus, y otros como ellos.

Lulyanus y Papus eran dos hermanos perfectamente correctos que vivieron en los tiempos de Rabí Akivá. La hija del emperador romano Turianus fue asesinada y se culpó a los judíos por el crimen. Turianus amenazó con exterminar a todos los judíos debido a que él no sabía cuál de todos era el culpable.

Con el objeto de salvar a su inocente descendencia de ese cruel destino, los dos tzadikim Lulyanus y Papus se adelantaron y confesaron el asesinato, y así se sometieron ellos mismos a la ejecución por las manos del tribunal romano.

El malvado Turianus sabía muy bien que ellos eran inocentes del crimen alegado.

“¿Ustedes pertenecen al mismo grupo de gente que Jananiá, Mishael, y Azariá, no es verdad?” se burló. “No teman por el verdugo – vuestro D-s los salvará, tal como El salvó a vuestros ancestros!”

“Está equivocado”, contestaron los dos nobles hermanos. “Nosotros no nos entregamos con la esperanza de ser rescatados. Jananiá, Mishael, y Azariá eran perfectamente correctos y se merecían un milagro, pero no nosotros. Asimismo, Nevujadnetzar era un emperador meritorio, por consiguiente, luego del milagro, reconoció el poder de D-s. Como consecuencia, el Nombre del Cielo fue santificado. Sin embargo, tú no abandonarás tus manías malvadas aún si nos salváramos, y por lo tanto, no ocurrirá ningún milagro.

“Asimismo, no piense que su orden nos hará morir. De hecho, somos culpables de un pecado por el que merecemos la muerte. El Todopoderoso tiene muchos mandatarios para hacer cumplir su sentencia – Tiene a Su servicio osos, leones, y panteras que pueden matar gente. Sin embargo, El te eligió a tí como su mandatario y así El puede castigarte, a su debido momento, por matar a dos hombres que son inocentes del delito por el que los acusas.”

Turianus estaba inmóvil. Ordenó que los dos hermanos sean ejecutados de inmediato. No pasó mucho tiempo para que él encontrara su fin en las manos de los asesinos. Dos hombres de la nobleza romana lo asesinaron aplastándolo con dos listones de madera.

Hay dos aspectos de la mitzvá del kidush Hashem que podemos cumplir en nuestra vida diaria:

□ Cualquiera puede santificar el Nombre del Todopoderoso cuando se enfrenta con la posibilidad de transgredir el mandamiento de la Torá o no hacerlo (o si cumplir o no una mitzvá positiva). Si se abstiene del pecado (o si realiza una mitzvá) no porque siente presión de su ambiente o con el objeto de ser premiado, pero simplemente por una razón – por el mandamiento del Todopoderoso, su acción santifica el Nombre de Hashem. En todo momento, si un judío actúa con esta motivación en mente (aún en privado), glorifica el Gran Nombre y cumple la mitzvá del kidush Hashem.

□ Otra oportunidad para cumplir la mitzvá es comportarse une mismo de tal manera que todos los que lo observen se impresionen por la grandeza y dignidad de un judío que tiene una educación conforme a la Torá. Las actividades diarias de uno se convierten así en una demostración de la grandeza del Todopoderoso y Su Torá.

□ Rambam retrata a un judío cuya apariencia y conducta representan un verdadero kidush Hashem de acuerdo a lo siguiente:

“Si un judío que conoce la Torá se dirige a otros de una manera gentil y amistosa, los recibe con una expresión alegre, no los ofende aún sí lo insultan, honra aún a aquellos que se burlan de él, actúa honestamente en los negocios, no permanece sentado por mucho tiempo en las fiestas y reuniones de aquellos que ignoran la Torá sino que está constantemente ocupado con le Torá, usa un talit (con tzitzit) y tefilín, y si además siempre se comporta con sus compañeros mejor que los requerimientos estrictos de la ley, entonces este judío realmente santifica el Nombre Divino. Se dice de él (Ieshaiahu 49:3), “Eres Mi servidor, Israel, a través de quien Yo seré glorificado.”

Nuestros Sabios aprenden de la mitzvá de santificar a Hashem que para todos los asuntos sagrados, se requiere un quorum de diez nombres judíos adultos (minian). Sólo si un minian se encuentra presente es que leemos la Torá, recitamos kedushá, kadish, barjú, cirkat kohanim, etc.

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