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Ideas de la Hagadá para compartir en el Séder

Algunas ideas profundas para compartir con tu familia e invitados.

El Séder es una oportunidad para que todos sean partícipes del diálogo y ofrezcan ideas sobre la Hagadá, el libro de texto con el que recordamos los orígenes de nuestro pueblo, nuestra fe y nuestra relación con Dios.

Presento algunas ideas que quizás quieras compartir con tu familia e invitados en tu mesa festiva:

Viendo lo bueno en lo malo

El Talmud explica que la estructura de la Hagadá está basada en un tema principal: Comenzamos relatando lo malo y concluimos con lo bueno. Nuestra historia comienza cuando fuimos esclavos en Egipto; desde allí pasamos a la liberación y a nuestro proféticamente prometido destino de redención final.

La secuencia tiene como objetivo transmitir una verdad fundamental de nuestra fe: el mal es un preludio para el bien. Cuando Moshé le pidió a Dios: “Muéstrame, por favor, Tu gloria” (Éxodo 33:18), el Talmud nos explica que en realidad le estaba haciendo la pregunta más básica de teología: ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena? La respuesta de Dios fue: “Verás Mi espalda, pero Mi rostro no será visto” (Éxodo 33:23). Los comentaristas explican el significado de Sus palabras: los eventos nunca pueden ser entendidos mientras ocurren, sino sólo en retrospectiva, con el beneficio de la distancia para ver hacia atrás. Kierkegaard lo expresó hermosamente cuando dijo: “La mayor tragedia de la vida es que debe ser vivida hacia adelante y sólo puede ser entendida hacia atrás”.

Esta verdad le fue enseñada al pueblo judío por primera vez en la historia de Iosef. La tragedia de su venta por parte de sus hermanos se convirtió en la posibilidad de salvar a su familia en la época de hambruna.

Al final de la historia, Iosef tranquiliza a sus hermanos diciéndoles que no les hará daño. “Si bien ustedes pensaron en hacerme daño, Dios lo pensó para bien: para que, es claro como este día, todo un pueblo pueda sobrevivir.” (Génesis 50:20).

La palabra Hagadá en guematria (valor numérico) suma 17. Esa fue la edad exacta de Iosef cuando fue vendido a Egipto, el comienzo real de la historia de nuestro exilio egipcio y posteriormente del Éxodo conmemorado por Pésaj. Mediante una alusión numérica, la Hagadá nos recuerda el terrible acto que inició todo.

Pero hay otro significado más en la guematria de 17. Ese es también el valor numérico de la palabra hebrea tov, bueno. Debemos recordar que la tragedia de la venta de Iosef, a los 17 años, llevó al milagro de nuestra redención y la revelación en Sinaí.

Sin importar cuán negra parezca la realidad en el momento, la oscuridad de la noche es siempre seguida por el amanecer. “Y fue noche, y fue mañana” es la característica de nuestra historia, y el secreto de la palabra Hagadá.

La invitación a los invitados

Antes de comenzar la recitación de las cuatro preguntas, comenzamos el Séder con una invitación a los invitados.

Aprendemos en Ética de los Padres (1:2): “Shimón el recto dijo: el mundo se erige sobre tres pilares: sobre Torá, sobre avodá (sacrificios, servicio divino) y sobre guemilut jasadim (actos de bondad)”. Estas tres cosas son necesarias para que el mundo merezca sobrevivir.

Nuestros sabios señalan que hay una sorprendente correspondencia entre estos tres fundamentales requisitos y la cantidad de patriarcas que fueron los fundadores de nuestra fe. Antes de comenzar la historia de los 12 hijos de Israel y la creación del pueblo judío, recibimos tres paradigmas de grandeza espiritual, cada uno de los cuales representa a la perfección uno de los tres rasgos señalados por la Mishná.

La grandeza de Abraham se basó en su preocupación por los demás. Lo primero que aprendemos de él, después de que entrara al pacto con Dios mediante la circuncisión, es que “se sentó a la puerta de su tienda en el calor del día” (Génesis 18:1) esperando una oportunidad para hospedar extraños que pasaran por el lugar. Su vida nos enseña el verdadero significado de la bondad.

Itzjak, quien entendió que su padre lo estaba llevando para sacrificarlo como ofrenda para Dios, aceptó felizmente su destino y estuvo listo a dar su vida para cumplir con la orden divina, independientemente de cuán incomprensible fuera. Es el paradigma de avodá, servicio divino.

Yaakov “se sentó en las tiendas” (Génesis 25:27), lo cual nuestros sabios explican que se refiere a las escuelas de Shem y Éver, donde se estudiaban tradiciones de Torá que habían sido transmitidas incluso antes de la Revelación en Sinaí. A través de sus vidas, tuvimos el privilegio de atestiguar ilustraciones magníficas de los tres ideales de la Mishná.

El día en que Abraham recibió a los tres extraños (que eran en realidad ángeles, pero que percibió como viajeros árabes), muchos años después, por una sorprendente coincidencia en el calendario, pasó a ser celebrado como Pésaj. De hecho, de acuerdo al Midrash, Abraham, con intuición divina, ¡respetó esta festividad antes de que le fuera dada al pueblo judío!

En cierto sentido Pésaj es la festividad de Abraham. Así como Abraham se vio profundamente conmovido para interceder con el objetivo de evitar el dolor y el sufrimiento de otros seres humanos, Dios intervino para redimir a los judíos de la esclavitud de Egipto. La característica predominante de la bondad, resaltada por nuestro patriarca, estuvo más que a la altura de la compasión divina demostrada por nuestro padre celestial en el momento del Éxodo.

Entonces cuán apropiado es que el Séder note este vínculo haciéndonos emular la invitación de Abraham a los extraños.

Comida para el cuerpo, comida para el alma.

El Séder comienza con una invitación. No podemos disfrutar plenamente con nuestra familia mientras les damos la espalda a quienes no son tan afortunados. “Todos los hambrientos, que entren y coman con nosotros; todos los necesitados, que vengan y observen Pésaj con nosotros”.

“Todos los hambrientos” y “todos los necesitados”. ¿Cuál es la diferencia entre ellos? ¿No son los necesitados los que no tienen alimento, que ya fueron descritos como hambrientos?

Pareciera que el texto sugiere que hay dos tipos diferentes de carencia con las que debemos tener sensibilidad. Los hambrientos son quienes carecen nutrición física. Son sus estómagos lo que necesita ser llenado. Los necesitados son quienes necesitan, con desesperación, sustento espiritual. Son sus almas lo que necesita ser sustentado para que sus vidas tengan sentido.

Hay dos —y sólo dos— bendiciones que tienen su fuente en la Torá. La primera se trata de los alimentos. Cuando completamos una comida, nos fue ordenado: “Y comerán y se saciarán y bendecirán al Eterno, su Dios” (Deuteronomio 8:10). La segunda es por el estudio de Torá: “Cuando proclame el nombre del Eterno (la Torá), atribúyanle grandeza a nuestro Dios (con una bendición)” (Deuteronomio 32:3). ¿Por qué estas dos bendiciones en particular? Porque un ser humano es una combinación de cuerpo y alma, y ambos componentes requieren de nutrición para sobrevivir. El alimento es lo que nos permite mantenernos con vida, mientras que la Torá es lo que nos da una razón para vivir. El alimento sustenta nuestro cuerpo, la Torá sustenta nuestra alma. Ambos son esenciales. Por eso es que ambos requieren una bendición.

Y por eso es que invitamos a dos clases de necesitados. Los hambrientos son quienes carecen alimento. Para ellos proveemos nutrición física. Los necesitados son quienes buscan darles sentido a sus vidas y ansían la paz mental resultante de la fe y el compromiso a la Torá. Que ambos sean parte de nuestro Séder y sean saciados.

Los cuatro hijos

Cuatro veces recitamos la palabra hebrea baruj, bendito. Inmediatamente después, enumeramos las cuatro clases de hijos. La implicancia es clara. Puede que todos nuestros niños sean diferentes, pero cada uno de ellos es una bendición. Incluso el hijo malvado no es despreciado; es apreciado como alguien que aún no ha elegido el camino correcto.

La secuencia de los cuatro hijos

La lista de los cuatro hijos no parece seguir un orden lógico. Los dos extremos, el sabio y el malvado, deberían estar en los extremos, con los otros dos en el centro. ¿Cuál es la lógica de la secuencia en que son presentados?

Quizás la razón sea que seguimos la simple regla de respetar la edad. El mayor es mencionado primero, y el menor último. Con eso en mente, la secuencia tiene todo el sentido. El último, el menor, es el que ni siquiera sabe preguntar. Ese es el niño que apenas tiene edad para hablar. Es seguido por el hijo simple, cuya limitada inteligencia sólo le permite preguntar: “¿Qué es esto?”. El mayor es quien está en la rebelde etapa de la adolescencia, atravesando un período en el que su lucha por independencia le dificulta aceptar los valores y la guía de sus padres.

Una de las bendiciones universales es que a medida que los hijos llegan a una mayor madurez, encuentran la sabiduría para reconocer que sus padres no son tan estúpidos como habían creído durante sus años de adolescencia. En las palabras de Mark Twain: “Cuando era un niño de 14, mi padre era tan ignorante que apenas toleraba tenerlo cerca. Pero cuando llegué a los 21, me sorprendí de lo mucho que había aprendido el hombre en siete años”.

Por lo tanto, los cuatro hijos puede que representen cuatro etapas en la vida de una persona, etapas que nos llevan desde la infancia con la inmadurez, pasando por la rebelión y terminando finalmente en la verdadera sabiduría.

El sabio y el malvado

La palabra sabio se relaciona con el intelecto. La palabra malvado se refiere a moralidad. ¿Cómo es posible que sean usados como opuestos? Podría hablarse del sabio y del tonto, o del recto y el malvado. El sabio y el malvado no son opuestos lógicos.

Pero quizás sí lo son, de acuerdo a una notable idea talmúdica. ¿Cuál es la causa del pecado? Nuestros sabios responden, basados en una ingeniosa deducción de un texto bíblico, que “Una persona no peca a menos que entre en ella un espíritu de estupidez”. El pecado, más que un error moral, es un acto de estupidez. Su oponente más poderoso es la sabiduría. El sabio elegirá no ser malvado. La Torá considera que la mejor herramienta para perfeccionar el carácter de la persona es el estudio. Es la mejor manera para que el hijo malvado pueda ser transformado en un hijo sabio.

Que nuestro entendimiento de estas ideas y nuestro cumplimiento de estos conceptos nos aseguren un Pésaj lleno de sentido y bendiciones divinas.

 

POR RAV BENJAMIN BLECH

 

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