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Humilde de Verdad

Humilde de Verdad

Una vez, Rabí Janoj Henij de Alexander, habló del tema de la humildad. “Si quieren saber qué es real humildad” dijo, “les contaré un incidente que sucedió con el Rabino Principal de Frankfurt”.

Su nombre era Abraham Abish y aparte de las muchas horas que estaba ocupado con los deberes rabínicos, se dedicaba al precepto de proporcionar comida y vestimenta a los pobres. Era su costumbre hacer rondas entre los ciudadanos adinerados y comerciantes de la ciudad para solicitar caridad que distribuía después a los indigentes, las viudas y los huérfanos.

Una vez, se detuvo en una de las posadas locales y se acercó a un comerciante que visitaba la ciudad por negocios. “Discúlpeme”, empezó el Rabino. “Por favor ¿podría hacer una contribución para ayudar a los pobres con comida y vestimenta?”

Parecía como si el comerciante no había oído, porque no hizo más que levantar sus ojos para mirar fijamente al solicitante parado ante él.

Rabí Abraham, por su parte, era demasiado modesto para anunciar su nombre, y se mantuvo de pie ante él, esperando pacientemente. Volvió a repetir su pedido. El comerciante no estaba de humor. Miró fijamente al necesitado que tuvo el descaro para interrumpirlo. “Márchese. Salga de aquí y deje de molestar a la gente ocupada”. Rabi Abraham se volvió y dejó la posada, sin insistir y nunca imaginando usar su identidad para coercer al donante involuntario.

Unos minutos después, cuando el comerciante terminó de estudiar sus cuentas, se preparó para salir y buscó su bastón, pero para su sorpresa no podía encontrarlo. Era una posesión apreciada y estaba muy disgustado.

No le tomó mucho tiempo asumir que el pobre lo había robado en venganza. El comerciante persiguió al ‘ladrón’. Unos metros más adelante se encontró con el sospechoso.

“¡Déme mi bastón, ladrón!” gritó.

“Lo siento, pero no he visto su bastón, buen hombre” Rabí Abraham contestó serenamente.

Pero el enojo del comerciante, en lugar de suavizarse, creció con ferocidad y virulencia hasta que incluso golpeó a Rabí Abraham. Sin embargo, el Rabino Principal de Frankfurt no respondió con enojo; se retiró continuado en su misión.

La Providencia Divina hizo que el comerciante permaneciera más tiempo en Frankfurt. Shabat se encontraba aun en la ciudad. En la tarde del día santo todos los judíos se reunían para oír palabras de Torá, y él decidió unírseles, porque supo que el Tzadik, Rabí Abraham Abish se dirigiría a la comunidad y deseaba oír al gran hombre personalmente.

El comerciante entró en el vestíbulo y levantó sus ojos al podio para echar un vistazo al Rabino. Para su gran susto, reconoció al hombre y la terrible escena de unos días antes vino a él.

Incapaz de soportar la vergüenza, se desmayó. Cuando recobró la conciencia, estaba rodeado por feligreses que intentaban reanimarlo.

“¿Que ha pasado?” todos preguntaban ansiosamente. Con gran vergüenza, relató el terrible suceso.

“¡Debe ir al Rabino y pedirle perdón!” fue el consejo de todos. El comerciante comprendió que debía hacerlo.

Cuando el Rabino terminó de hablar, atravesó a la muchedumbre, saludando a todos cortésmente. El comerciante estaba temblando, mudo por la turbación, cuando el Rabino se acercó. Rabí Abraham lo miró, pero no dijo nada; sólo sus ojos tenían un brillo de reconocimiento.

Antes de que el comerciante pudiera tartamudear una disculpa, Rabí Abraham habló con voz conciliatoria, queriendo calmar al hombre.

“¡Por favor, créame, yo no tomé su bastón! Le doy mi palabra de honor.”

Al Rabino ni siquiera se le ocurrió que el hombre deseaba disculparse. Era tan humilde que nunca consideró su propio honor. El Rabino Principal de Frankfurt estaba disculpándose de nuevo ante el comerciante irreflexivo, incluso ante los ojos de sus admirados feligreses.

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