PARASHÁ DE LA SEMANA: SHOFTÍM
LECTURA DE LA TORÁ PARA ESTA SEMANA: DETEURONOMIO 16:18 – 21:9
HAFTORAH: ISAÍAS 51:12 – 52:12

Gente singular

Purim se trata de ser diferente

Purim se trata de ser diferente

Hamán se quejó al rey Ajashverosh: “Existe una nación singular, están dispersos y divididos en todas las provincias de tu reino cuyas leyes son diferentes de las de todas las otras naciones…”.

Y Ajashverosh dijo: “Una ‘nación singular’ , diferente y única a pesar de su dispersión, no puede ser tolerada”. Y acordó con Hamán que “no vale la pena que el rey lo permita… debe ser decretada su destrucción”.

La respuesta judía al decreto de Hamán fue intensificar su singularidad. En lugar de seguir las tendencias asimilacionistas que comenzaron con el exilio de Tierra Santa tres generaciones atrás, se reunieron bajo la dirección de Mordejai con un compromiso renovado: intensificar su singularidad como pueblo de Di-s.

Después de relatar la historia de la caída de Hamán y la victoria de Israel, el Libro de Ester resume el milagro de Purim en una frase: “Para los judíos había luz, felicidad, alegría y prestigio”. El Talmud interpreta estas palabras como una referencia a las cuatro características principales que distinguen al pueblo judío: “Luz” es la Torá, “Felicidad” son las fiestas, “Alegría” es la circuncisión, y “Prestigio” son los tefilín. Hay, por supuesto, 613 mitzvot (mandamientos divinos) y numerosos principios, leyes y costumbres que conforman la fe judía, pero estos cuatro son señalados como las matrices de la singularidad judía.

Semejanzas distintivas

A simple vista, parecería totalmente lo contrario; parecería que estos cuatro preceptos reflejan la similitud de Israel con las otras naciones, ya que en realidad el estudio no es exclusivo de los judíos. Prácticamente, todas las comunidades y culturas tienen un credo y una filosofía, un conjunto de escritos en los que se basan y un ejército de académicos que los estudian, interpretan y aplican. Además, la Torá no se limita al pueblo de Israel, varias religiones se basan en ella, incluidas las dos que abarcan más de la mitad de la raza humana. Incluso, algunos de los planteamientos específicamente judíos de la Torá (como el Talmud, los escritos de Maimónides o de las enseñanzas de la Cábala) son universalmente conocidos y estudiados.

Las festividades son también una característica común de todas las sociedades. Es cierto que solo los Judíos comen matzá en Pesaj y tocan el shofar en Rosh Hashaná, pero el concepto de una festividad o de una fecha señalada para su celebración y observancia es universal. Cada nación, cada cultura y cada religión tienen un calendario que marca las fechas de los acontecimientos históricos que se conmemoran con ancestrales rituales y costumbres.

Lo mismo puede decirse de los tefilín: solo el judío une estas cajas de cuero y correas a su brazo y a su cabeza como símbolo de su compromiso con Di-s, pero este es un concepto es universal. El anillo de la mujer casada, el uniforme del soldado, todos estos, son signos que se usan como una demostración de nuestra lealtad a un determinado grupo o causa. En cuanto a la circuncisión, es un procedimiento bastante común, practicado por muchos por razones de salud y otros motivos.

Sin embargo, la Torá, las festividades, la circuncisión y los tefilín, o como el Libro de Ester se refiere a ellos, “luz”, “felicidad”, “alegría” y “prestigio”, son las piedras angulares de la distinción judía. Es cierto que las naciones y las sociedades tienen elementos similares o prácticamente idénticos en su doctrina y en su estilo de vida, pero la experiencia judía alrededor de estos elementos es diferente, hasta es, incluso, la antítesis a sus homólogos universales.

La marca definitiva de la distinción es aquella que semeja ser similar en lo exterior, pero que internamente representa un mundo aparte.

Sabiduría femenina

¿Cómo la Torá judía difiere de la concepción universal del aprendizaje? La clave está en el Libro de Ester en la palabra hebrea ora, que es la forma femenina de “luz”, que aparece en referencia a la Torá.

Toda sabiduría cuya función es iluminar y aclarar es la “luz”, pero hay luz masculina y luz femenina. La luz masculina es autogenerada, original y agresiva, en cambio, la luz femenina es receptiva. La inteligencia masculina es la mente que explora lo desconocido originando nuevas ideas, eliminando conceptos erróneos. El intelecto femenino es la mente que se abre para recibir el conocimiento de una fuente superior desarrollando una gran cantidad de detalles y aplicaciones inherentes a ella.

El estudio de la Torá emplea tanto las funciones masculinas como las femeninas de la mente, pero el mayor énfasis está en lo femenino. A pesar de sus sutilezas talmúdicas, la Torá no se trata de un conocimiento intelecutal en absoluto, este no es más que una “prenda”, un medio para transmitir la esencia supraracional que lo inviste. El estudio de la Torá es, en primer lugar, para entregarse a una revelación de Divinidad verdadera, para transformar la mente en un receptáculo de la sabiduría y la voluntad de Di-s. La mente del sabio de la Torá no es un generador de ideas, sino una matriz que recibe la Divinidad verdadera y luego la desarrolla como un principio racionalmente estructurado o ley.

El pasado presente

La función universal de una fiesta o festividad es la de celebrar y conmemorar el pasado. La función de las fiestas judías es revivir el pasado o, más bien, descubrir la esencia atemporal de un suceso del pasado que lo hace real para su existencia presente.

El judío no recuerda exactamente el Éxodo en Pesaj. A través de la observancia de las mitzvot de Pesaj divinamente ordenadas, se accede al regalo divino de la libertad de lo que es el Éxodo, logrando con ello un “éxodo” personal, una liberación de las restricciones que esclavizan la propia vida. Lo mismo puede decirse de la entrega de la Torá en Shavuot, la consecución del perdón en Iom Kipur y así, sucesivamente: las fiestas judías son una ventana atemporal en el tiempo y logran convertir los eventos pasados en eventos cercanos y realizables.

Una festividad es una ocasión feliz. Pero, nuevamente, la felicidad experimentada por el judío, a pesar de que superficialmente es similar a la felicidad de un no-judío, es radicalmente diferente. Para el celebrante no-judío, una festividad es una vía de escape, en la que se sumerge en un pasado alegre y optimista y, seguramente así, es capaz de ignorar sus problemas presentes.

El judío también trasciende el presente en sus fiestas y también para él, esta es una fuente de alegría. Pero la suya no es una alegría para escaparse. Por el contrario, es la alegría de penetrar en la esencia de su día actual para descubrir que no hay tiempo pasado en él. Es por esto que es una alegría disciplinada, una alegría que rompe las barreras externas mientras amplía su enfoque interno; es una alegría que lo hace más responsable y solidario.

La festividad en la que la distinción de la celebración judía sale más vívidamente a la luz es Purim. En Purim, se le ordena al judío “beber hasta que no se pueda distinguir entre el “maldito Hamán” y el “bendito Mordejai”. Beber, sobre todo hasta llegar a la irracionalidad, es generalmente un anatema para el judío. Es en Purim donde podemos ver un estado poco común para un judío, su ebriedad.

La Alegría del Sacrificio

La circuncisión es una práctica bastante común. Muchos lo hacen por razones de salud; otros, por razones religiosas. En cualquier caso, la decisión de realizar la circuncisión es una cuestión de pasar por el dolor para ganar algo. El procedimiento es doloroso, existen riesgos (como ocurre con todos los procedimientos quirúrgicos), y se dice que disminuye el placer sexual. El estadounidense que decide circuncidar a su hijo podría decir: “Ciertamente, hay desventajas, pero los beneficios de la salud hacen que valga la pena”. El niño musulmán podría decir: “Claro que duele, pero me gano la entrada al cielo”.

La diferencia es que para el judío, la propia circuncisión es percibida como algo positivo y deseable. Cualquiera que haya asistido a un Brit Milá entiende por qué el Libro de Ester hace referencia a ella como una “alegría”, no se percibe que estamos “pagando un precio” por obtener algún tipo de recompensa en el futuro. El judío desea entregarse alegremente a Di-s no por los resultados o recompensas que recibirá.

De hecho, se puede decir que la circuncisión representa todos los “sacrificios”, se trata de la entrega de uno mismo en el sentido más físico y más literal. El concepto de sacrificio es, por supuesto, universal. El ser humano está siempre haciendo sacrificios por el bien de su futuro, sus seres queridos, su país, por sus convicciones. Pero estos sacrificios son siempre para recibir algo a cambio en un futuro (en la propia vida o en el más allá) o por un deber ineludible. En cambio, para el judío, el sacrificio por orden de Di-s es una alegría

De ahí, el sorprendente fenómeno racionalmente inexplicable: prácticamente todos los judíos, independientemente de su compromiso religioso, practican la circuncisión. Judíos que se definen como “ateos” o como “progresistas”, circuncidan a sus hijos. Judíos que emergieron de siete décadas de dominio soviético desprovistos de cualquier conocimiento o apreciación por el Judaísmo, inmediatamente, organizan circuncisiones para ello mismos, sus hijos y sus nietos. La circuncisión es para el judío acerca de lo que es y no de lo que hace por él.

Cajas Negras

El cuarto elemento de la singularidad judía son las cajas de cuero negro, los tefilín, que contienen pergaminos, en los cuales están inscriptos capítulos seleccionados de la Torá, que se ponen en el brazo y la cabeza como símbolo de nuestra relación con Di-s.

Cada comunidad y cada cultura tienen sus propias prendas y adornos que usan como símbolos de su identidad. En relación con lo que representan, estos reflejan naturalmente las concepciones de belleza y prestigio: el oro brillante de anillo de la novia, el impecable uniforme del general, etcétera, todos encarnan a una persona o a un grupo orgullosos de ser quienes son.

El tefilín se destaca por su sencillez. Dos simples cajas, que la Torá ordena que no tengan adornos y que estén pintadas de negro. Los tefilín no transmiten el orgullo, sino la subyugación de la mente, corazón y acciones del judío al Todopoderoso.

Sí, los tefilín son el prestigio del judío, pero no por su aspecto estético, sino por indicar su servidumbre a Di-s a través de la unión de su intelecto, emociones y talentos con la voluntad suprema.

En Purim, celebramos la salvación de un pueblo singular, un pueblo cuyo aprendizaje, festividades, sacrificios e insignia de honor son tan comunes, pero sin embargo, muy únicas.

Basado en un discurso del Rebe en Purim 5719 (1959)

BASADO EN LAS ENSEÑANZAS DEL REBE DE LUBAVITCH, CORTESÍA DE MEANINGFULLIFE.COM

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