El verdadero poder del habla

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Es prácticamente imposible apreciar la visión de mundo del judaísmo sin tener algún grado de familiaridad con el concepto de lashón hará, que significa literalmente “habla maliciosa”.

Lashón hará puede ser traducido vagamente al español como “chismes”, pero pierde todo el sentido. No hay duda que los chismes son un mal hábito que uno incluso podría catalogar de repulsivo; pero nadie lo llamaría malicioso. Pero de acuerdo a la Torá, decir algo derogatorio sobre alguien, independientemente de si la información es verdadera o no, está prohibido por ser lashón hará —habla maliciosa— excepto en circunstancias muy especiales.

Y no sólo eso, sino que el pensamiento judío considera que esta común práctica social es uno de los mayores males morales que existen. El pecado de hablar lashón hará es considerado equivalente en su grado de maldad a los pecados de idolatría, relaciones sexuales prohibidas y asesinato combinados (Talmud, Arajin 15b). Nuestra tradición nos enseña que el pecado de lashón hará fue el responsable de la destrucción del Segundo Templo (Ioma 9b). Es un pecado que Dios se rehúsa a dejar pasar; y acarrea consecuencias, tanto en este mundo como en el siguiente.

Lashón Hará es también la causa principal por la cual se contrae tzaraat, una enfermedad a la piel particularmente vil, similar a la lepra, sobre la cual se habla en la parashá de esta semana (ver Maimonides, Yad Jazaká, Ética 7:2-3; Talmud Ioma 9b y Arajin 16a; Yerushalmi, Peá 1).

¿Cómo podemos relacionarnos con la severidad que le asigna la Torá a esta difundida y aparentemente “inofensiva” costumbre social?

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¿Habla o hálito de Dios?

“Y Hashem Elo-him formó al hombre del polvo de la tierra e insufló en sus fosas nasales el alma de vida; y el hombre se transformó en un ser viviente” (Génesis 2:7) .

Onkelos, el traductor de la Torá del hebreo original al arameo, traduce la palabra ‘viviente’ como ‘hablante’; su versión dice por lo tanto: “Y el hombre se transformo en un ser hablante”.

El hálito de Dios en el hombre —que es la fuente de la fuerza vital del ser humano— se manifiesta en él como el poder del habla. La habilidad de expresar sus pensamientos más internos y comunicarlos a otros es el fenómeno que conecta al hombre con lo Divino.

Pese a que toda la creación —que de hecho se materializó por medio de una serie de declaraciones Divinas— testifica sobre la gloria de Dios, dicho testimonio sería mudo si no fuera por el hombre. Sólo el hombre es capaz de comprender y verbalizar la idea de que su misma existencia es una expresión de la gloria de Dios. Sólo él puede dar voz al testimonio sobre aquello por lo cual fue creado todo el universo. Su poder del habla lo pone en la posición de ser el portavoz universal; como veremos, este rol tan especial es la razón de su existencia.

El Rey Shlomó expresó este pensamiento de forma más elocuente:

“La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos” (Proverbios 18:21).

El Midrash explica el significado del versículo anterior con la ayuda de una metáfora:

El rey de Persia se enfermó y sus doctores le aconsejaron que debía tomar leche de una leona para curarse. Alguien se ofreció para traerle al rey leche fresca de leona, para lo cual pidió que le diesen tan sólo 10 cabras. Él tomó las 10 cabras y viajo hasta donde se encontraban los leones. En el primer día, cuando estaba seguro que una leona podía verlo claramente, le lanzó una cabra desde lo lejos. Al día siguiente se acercó un poco más… al décimo día ya había ganado su confianza y logró obtener una jarra llena de leche de la leona.

En su camino de vuelta a casa tuvo una visión; las partes de su cuerpo estaban teniendo una gran discusión. Las piernas decían: “Ninguna de las otras partes del cuerpo pueden compararse con nosotras. Si nosotras no hubiéramos transportado al cuerpo, entonces hubiera sido imposible obtener esta leche”. Las manos por su parte afirmaban que ellas no tenían paralelo; si ellas no hubieran realizado las varias acciones que fueron necesarias, entonces habría sido imposible obtener esa leche. El corazón argumentaba que si no hubiera tenido la idea de las cabras, entonces la misión habría sido imposible. La lengua por su parte decía que si ella no hubiera hablado, entonces todo habría sido en vano.

Todas las otras partes del cuerpo estaban enfurecidas con la lengua. “¿Cómo puedes atreverte a decir algo semejante? Tú estás en un lugar oscuro y escondido, ¡tú no puedes hacer nada ni pensar en nada!”. La lengua les respondió: “Ya verán; este mismo día ustedes estarán de acuerdo que yo soy la que los gobierna”.

Después de que el hombre escuchó todo esto, fue donde el Rey y le dijo: “Su majestad, aquí está la leche de perra que ordenaron para usted”. El Rey se puso furioso y exigió que él hombre fuese ahorcado. En el camino a la ejecución todas las partes del cuerpo comenzaron a llorar. La lengua les dijo: “¿No les dije acaso que ustedes eran inferiores? Si los salvo, ¿reconocerán mi superioridad?”. Todos estuvieron de acuerdo.

El hombre entonces le pidió al verdugo que lo dejara hablar con el Rey una vez más, y su deseo le fue concedido. Él le dijo al Rey que probara la leche, ya que de seguro lo curaría, y que de todas formas mucha gente llama a las leonas por el nombre de perras. El Rey probó la leche y se curó, y el hombre fue perdonado. Por lo que efectivamente, “¡la vida y la muerte están en manos de la lengua!” (Midrash Tehilim capítulo 39).

El Midrash enfatiza un concepto que solemos pasar por alto: el impacto de los eventos nunca puede ser medido en términos de los eventos mismos; el impacto es en función de la forma en que son percibidos y comunicados. Esta regla aplica tanto al universo como a las cosas que ocurren en él.

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Sujeto a interpretación

El mundo que creó Dios no está completamente definido. No habla por sí mismo y está sujeto a interpretación. Todo lo que ocurre en el mundo puede ser interpretado en más de una forma. Hasta que la lengua hace oír su voz, nadie sabe cómo dimensionar la importancia de las cosas.

Imagina a Juan Gonzales, un hombre que comenzó desde abajo y que poco a poco se abrió camino hasta alcanzar el éxito. Hay quienes lo mirarán con desprecio y dirán que Juan proviene de una familia de baja clase social. Pero otros se relacionarán con la misma información con admiración y dirán que Juan logró mucho sin tener el apoyo económico de la familia. O imagina a Susana Fernández, quien salió airosa de una reunión importante y se las arregló para sobreponerse a una fuerte oposición. Algunos dirán que Susana fue tan ruda y despótica que al final todos decidieron simplemente dejar que se saliera con la suya. Pero otros dirán que Susana sabe cómo defender sus principios y que peleó para defender sus creencias.

Los eventos y las acciones proveen el contexto sobre el cual la lengua ejerce su poderío. Todos conocemos este fenómeno. Los publicistas y los asesores políticos tienen mucha demanda en nuestro mundo, y los más talentosos de ellos tienen salarios sumamente elevados.

Es imposible exagerar sobre la importancia de este fenómeno, como muestra la historia judía.

Rava dijo: “Nadie puede hablar lashón hará como Hamán. Él le dijo a Ajashverosh: ‘¡Destruyamos a los judíos!’. El Rey le respondió: ‘Tengo miedo de su Dios, no vaya a ser que Él haga conmigo como hizo con los reyes anteriores [Nebujadnezar, Belshezar y Sanherub, quienes fueron destruidos por su maltrato al pueblo judío]’. Hamán le dijo: ‘Ellos [los judíos] han dejado de lado el cumplimiento de los mandamientos’. El Rey replicó: ‘¿Y qué hay de sus rabinos?’. Hamán le respondió: ‘Ellos son un solo pueblo [sus rabinos son como el resto de ellos]… están dispersos y separados [han perdido su cohesión interna]” (Meguilá 13b).

El Midrash revela las enormes implicancias de lo que parecería haber sido una conversación terrenal; el ‘chisme’ de Hamán tuvo repercusiones en todo el universo y su impacto llegó hasta la corte celestial; su comentario fue tan poderoso que fue el responsable de que se decretara en el cielo un edicto de destrucción en contra del pueblo judío.

Él podría haber observado el mismo fenómeno —el bajo nivel de observancia de los mandamientos que había entre los judíos— y haberlo atribuido a una gran depresión y desánimo en lugar de atribuirlo a una debilidad en su fe. De acuerdo a los cálculos de todos, los setenta años del exilio babilonio ya deberían haber terminado en ese entonces, y sin embargo el redentor prometido aún no había llegado. La presunción era que nunca llegaría. Pero Hamán eligió ver que la falta de observancia no era meramente por desmotivación, sino que era una manifestación de un malestar más profundo: una pérdida de dirección y un abandono de la fe.

La corte celestial se vio obligada a aceptar esta interpretación como legítima; era una interpretación razonable de los hechos, un juicio racional al que había llegado un ser humano inteligente. Una interpretación negativa que calza con los hechos no puede ser simplemente ignorada; el Atributo de la Justicia no lo permitiría; debe ser refutada. El edicto de destrucción sólo podría anularse si los judíos refutaban la interpretación de Hamán mediante un arrepentimiento sincero.

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Como es arriba, asimismo es abajo

El enorme poder del lashón hará no radica en las repercusiones que tienen los comentarios negativos aquí en la tierra, sino en el impacto que tienen en el cielo. El hombre es el portavoz del universo. Él fue la única criatura que fue seleccionada por Dios para ser un “espíritu hablante”. Él fue elegido para interpretar la creación y comunicar su significado. Y como tal, sus definiciones se sobreponen a la realidad. Cuando el hombre define un aspecto de la creación, entonces incluso Dios se relaciona con Su propia creación en base a la definición del hombre.

La palabra en hebreo para ‘lengua’ es lashón, una palabra que también hace referencia a la barra de equilibro que esta sobre la balanza, que es la parte del mecanismo que equilibra la balanza. La lengua es la que sopesa las ambiguas acciones del hombre e inclina la balanza en la dirección de inocente o culpable. La “balanza de la justicia” está bajo la jurisdicción de la lengua.

La corte celestial suele ser clemente y paciente. Si hay dos posibles interpretaciones para las motivaciones y acciones de una persona, entonces, la corte celestial siempre adoptará la visión más favorable. Dios nunca está en un apuro. Siempre quiere otorgar el beneficio de la duda. Sin embargo, si acá en la tierra un judío interpreta las acciones de su prójimo de forma desfavorable, entonces la corte celestial se ve forzada a aceptar ese juicio terrenal. Tendrá que aceptar la desfavorable interpretación y deberá proceder acorde a ella. Es el lashón hará el que causa el juicio, y no la acción misma que éste intenta describir.

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La medida de una persona

Pero la lengua no sólo está a cargo de la balanza del juicio. Mediante el habla ‘positiva’ y ‘negativa’ la lengua mide el balance entre la fisicalidad y la espiritualidad que podemos encontrar en cada persona. Nosotros, los seres humanos, somos una mezcla entre lo físico y lo espiritual; cuerpo y alma.

Como cuerpos, habitamos en un mundo de limitaciones. Competimos unos con otros por una limitada cantidad de bienes y honores. Teóricamente, las posesiones de nuestros colegas podrían haber sido o podrían ser nuestras. En este tipo de situación tendemos a rebajarnos unos a otros, dado que la posición de una persona en una competencia se calcula en relación al primer lugar. Si elimino a alguien que está frente a mí, entonces eso me acerca al primer lugar; o al menos me da la tranquilidad de saber que no soy el único perdedor. Este tipo de visión de mundo lleva directamente al lashón hará.

Como almas vivimos en un mundo ilimitado. Cada uno de nosotros fue enviado al mundo para cumplir una misión única y nos dieron los medios y el equipamiento necesario para hacerlo. Nuestros cuerpos son el traje que vestimos para funcionar en este mundo físico. Las ropas nunca definen a la persona. Ninguno de nosotros está compitiendo con el otro; es imposible que alguien se apropie de algo que está destinado a otra persona. No hay nada de beneficioso en que el otro falle. Por el contrario, uno de los elementos de mi propia misión es asistir a todos los que pueda a cumplir sus propias misiones. No hay ninguna ganancia en que el otro falle. No hay ningún incentivo para hablar lashón hará.

La cantidad de lashón hará que habla una persona es una medida precisa sobre cuánto se ve a sí mismo y a los demás como seres espirituales y cuánto como seres físicos. El nivel espiritual de una persona no se puede medir en base al dogma que hay en su cabeza. Un persona puede andar por ahí creyendo que es principalmente un alma pero refutar al mismo tiempo su creencia al hablar lashón hará, comportamiento que sólo es apropiado para alguien que se identifica principalmente con su cuerpo.

El judaísmo no es una religión dogmática. La lengua es la vara de medición apropiada para conocer el verdadero nivel espiritual de una persona y no las sofisticadas ideas que hay en su cabeza.

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El poder de la unicidad

Hay un balance más que está en manos de la lengua, y es el balance del poder. Para demostrar esta tesis debemos establecer primero la correspondencia que hay entre el poder y la unicidad. Los integrantes del pueblo judío son entidades separadas sólo desde el punto de vista físico. Espiritualmente, mientras más alto, más uniformidad encontraremos. Podemos entender el sentido de esto fácilmente: Cada persona está envuelta en un envoltorio físico separado que es claramente distinguible; nuestra altura es distinta, nuestras narices tienen distintos anchos, algunos somos hombres y otros mujeres, etc. Es fácil distinguirnos unos de otros.

Si existiéramos como seres no corporales, todavía seríamos distintos unos de otros, a pesar de que las diferencias de carácter son más sutiles y menos notorias que las diferencias físicas. Algunas personas tienen más coraje, algunas son más generosas, algunas son más humildes, etc. Pero intelectualmente somos todos prácticamente iguales. La verdad es la misma para todos. El significado objetivo de la información intelectual no varía de persona a persona. Puede que no hayamos sido dotados equitativamente, pero todas las mentes funcionan igual. Si fuésemos puro intelecto, sería extremadamente difícil diferenciarnos unos de otros.

En el rezo de la Amidá de Minjá de Shabat, hacemos la siguiente declaración:

“Tú [Dios] eres Uno, Tú nombre es Uno y quién es como Tu pueblo Israel, que es una nación única en la Tierra”.

Si examinamos esta declaración a la luz de nuestra tesis sobre las diferencias individuales, entonces la unicidad de la nación judía a la que se alude claramente tiene que ser espiritual, siendo un reflejo de la unicidad de Dios. Para poder comprender a cabalidad este tipo de unicidad debemos entender primero un poco mejor la unicidad de Dios.

Cuando decimos que Dios es Uno, no nos referimos a que no hay dos Dioses. Eso es obvio. La declaración sobre que Dios es Uno es en realidad una declaración sobre su unicidad. Nadie de nosotros podría existir en un estado de unicidad. Nosotros necesitamos comida para comer, aire para respirar, otras personas con quienes hablar y un millón de otras cosas para poder existir. Si estoy consciente de la existencia de otra persona entonces quiere decir que sé que hay un mundo allá afuera, que hay un sol, y estrellas y un millón de otras cosas. En este sentido es que hablamos de la unicidad de Dios, ya que Él es capaz de existir como Uno: fuera del espacio y del tiempo, sin ninguna otra existencia fuera de Él.

Cuando decimos que Su Nombre es Uno, estamos viendo la unicidad de Dios desde nuestra propia perspectiva. Los nombres son la forma en que comprimimos nuestra percepción y conocimiento de alguien en una sola palabra que evoca toda esa información instantáneamente en nuestras mentes. Un nombre es por así decirlo la esencia espiritual de la persona que se está describiendo.

La tercera unicidad que mencionamos en el rezo, la unicidad de Israel, es un reflejo más de la unicidad de Dios. Por un lado tenemos la unicidad de Dios en relación a Sí mismo: Tú [Dios] eres Uno; por otro lado tenemos Su unicidad según como nosotros nos relacionamos con ella, por medio de Su nombre: Tú Nombre es Uno; y finalmente tenemos la unicidad de Dios en relación a cómo ésta interactúa con el pueblo judío, el cual se vuelve la personificación física de Su unicidad, tal como Su Nombre es su personificación espiritual.

De más está decir que si nos transformamos en la personificación física de la unicidad de Dios, entonces, obtendremos acceso a una fuente ilimitada de energía. Tal como esta unicidad es totalmente independiente y no requiere de ninguna ayuda externa para mantenerse, asimismo el pueblo judío que se conecta con esta unicidad al transformarse en su personificación física, comparte estas cualidades: es completamente autosuficiente e independiente, y en cierto sentido incluso es omnipotente. Pero este tipo de unicidad también requiere que haya una armonía interna entre los judíos mismos. No puedes ser la personificación de una unicidad cuando estás dividido internamente.

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La compuerta de entrada

La compuerta de entrada al mundo espiritual es el poder del habla, y el puente levadizo que provee o niega el acceso es controlado por la lengua. Es precisamente en el habla dónde el hombre combina lo físico con lo espiritual. La facultad del habla involucra al cuerpo: la exhalación, las cuerdas vocales, la lengua, etc. Sin embargo, el habla misma es una expresión del espíritu humano.

El ‘buen habla’, o lashón hatov, expresa la unidad que hay entre la parte física y la parte espiritual del hombre. Cuando las partes del hombre se encuentran unificadas, forman una entidad que puede conectarse con la tercera expresión de la unicidad de Dios, la Nación de Israel, y pueden recibir energía de la fuente de toda la vida, la unicidad de Dios.

El ‘habla maliciosa’, o lashón hará, cierra esta entrada al mundo espiritual. El hombre queda atrapado en el mundo de lo físico, donde sólo tiene sus propios recursos individuales a los cuales puede recurrir.

La centralidad de la idea de la unicidad en el judaísmo se ve claramente reflejada en la declaración básica de la ética judía:

“Todos los judíos son responsables unos de otros” (Talmud, Shavuot 39a).

La implicaciones son claras: todos nos beneficiamos de los éxitos de otros y sufrimos por las faltas de los demás. Si todos los judíos nos sintiéramos realmente de esta forma, entonces sentiríamos el mismo impulso compulsivo de disimular los defectos de cualquier otro judío que sentimos de disimular nuestros propios defectos. Es más, estaríamos tan sesgados, que tendríamos la misma dificultad para percibir defectos en los otros que tenemos para reconocer nuestros propios defectos.

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Unicidad y santidad

Unicidad y santidad son conceptos prácticamente idénticos en el pensamiento judío. La Presencia Divina, la Shejiná, se manifestaba abiertamente en el Primer Templo. La existencia de un Templo en Jerusalem testificaba sobre el estado de armonía y coexistencia pacífica entre los mundos físico y espiritual. Y el Primer Templo —dado que la Shejiná se manifestaba en él— indicaba claramente esto.

Pero en el Segundo Templo no se manifestaba la Presencia Divina. La Shejiná nunca posó su Presencia sobre él. Si es así, entonces es legítimo preguntarse sobre la lógica de su existencia. ¿Qué representaba?

Si pensamos en ello con profundidad, nos encontraremos nuevamente en el área de las tres unicidades que son mencionadas en el rezó de la Amidá de Minjá de Shabat. Dios es Uno y Su Nombre es Uno es la lógica del Primer Templo, en el cual la marca del Nombre Divino era claramente visible. Pero aún falta la tercera unicidad que expresa la unicidad de Dios; la unicidad de la Nación de Israel es el contenedor de las primeras dos unicidades. Esta tercera unicidad, la unicidad de Israel, es el secreto del Segundo Templo. Éste se mantenía por la unidad de Israel con Dios.

Un Israel unificado siempre está conectado con la fuente por medio del principio de “Tú [Dios] eres uno, Tú nombre es Uno y quién es como Tu pueblo Israel, que es una nación única en la Tierra”. Todo el tiempo que se mantenga esta unión, será posible traer energía de lo espiritual a lo físico. La unicidad de Israel transforma automáticamente al mundo en un lugar que puede ser inundado de santidad.

El Primer Templo fue destruido por los pecados cardinales de la idolatría, el libertinaje sexual y el asesinato. Pero durante el Segundo Templo estos pecados no aparecen en ninguna parte. El Talmud nos dice que los judíos eran diligentes en el estudio de Torá y eran generosos unos con otros (Talmud, Ioma 9b). El Segundo Templo fue destruido por lashón hará. Dado que la unicidad judía era la base sobre la cual había sido construido el Templo, la disolución de la unicidad judía causó su destrucción.

Cuando los judíos están en un nivel espiritual suficientemente alto, el mal uso de la lengua puede manifestarse de forma física. La muerte es la desconexión entre el alma y el cuerpo. La desconexión entre lo espiritual y lo físico también es un tipo de muerte. Lashón hará —la fuerza que corta la conexión entre lo físico y lo espiritual—, causa un tipo de muerte que tiene una apariencia física de una enfermedad a la piel similar a la lepra.

El Metzorá —aquel que carga con esta enfermedad—, es como un hombre muerto. Al hablar lashón hará él cortó la conexión entre su alma y su cuerpo y se definió a sí mismo como un ser físico. Él declaró estar compitiendo con el resto e intentó separar a las personas.

Cuando hay un Templo que testifica sobre el estado de unidad con Dios, esta persona es forzada a vivir en la práctica su estilo de vida interno. Se ve afectado por una terrible enfermedad a la piel que lo aísla del resto de la humanidad. La gente lo evita y él se vuelve un apartado social; se ve obligado a vivir en la atmósfera espiritual que creó por medio de su lashón hará. Él experimenta el mundo según como lo definió su propia lengua, y se mantiene apartado hasta que encuentra una cura espiritual para el mal uso de su atributo Divino de la comunicación. Cuando eso ocurre, la compuerta de su alma se abre nuevamente y el poder de la santidad que entra lo sana.

Si tan sólo aprendiéramos a hablar correctamente podríamos abrir los canales que nos unen y acceder a la espiritualidad que hay en el universo.


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