El Shil

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Mi bebé recién nacida finalmente se durmió. Siempre está durmiendo, pero sin embargo siempre estoy haciéndola dormir. Estoy segura que ustedes mismos lo habrán hecho cientos de veces. Le meces, le arrullas, le mimas. Tu bebé se duerme profundamente. Parece estar tan tranquila y contenta. La pones en el cochecito o en la cuna y un minuto después se despierta y comienza a llorar. El ciclo se repite una y otra vez. Ella no quiere estar en ningún otro lado que no sean tus brazos. Allí se siente cómoda, escuchando el latido de tu corazón, sintiendo el calor de tu piel.

Cuando tenía 18 años, realicé una pasantía en una casa de subastas en Génova. Viajé alrededor del mundo y por primera vez viví por mi cuenta. Era emocionante e hice amistad con muchas personas interesantes, pero sin embargo me sentía muy sola. Llamé a casa y mi madre me aconsejo: “ve al Shil (la sinagoga), ahí vas a conocer a otros judíos”. La idea no sonaba mal, pero no sabía dónde encontrar un Shil. De todas maneras, ¿qué pasaría si fuera a un Shil? ¿De qué manera por ir al Shil y conocer a otros judíos me sentiría menos sola?

Un día iba caminando por la calle cuando vi a un hombre que vestía un traje negro y llevaba puesto un sombrero. Inmediatamente me di cuenta que era una persona judía religiosa. Me acerqué a él, con el corazón latiendo muy de prisa, y le pregunté nerviosamente “¿dónde queda el Shil más cercano?” Para mi sorpresa, no quedaba para nada lejos del hostal donde me estaba alojando. Decidí que iría el próximo sábado por la mañana para ver cómo era. Fui con una amiga que conocí en el hostal, una alemana que no era judía, que también sentía curiosidad por saber cómo era el Shil.

Entramos en el Shil y en seguida fuimos recibidas por dos mujeres jóvenes encantadoras que nos dieron libros de oraciones y nos guiaron a donde podríamos sentarnos. Abrí el libro de oraciones con su escritura en hebreo un tanto familiar, cerré los ojos, agudicé mis oídos y me di cuenta que rezaban con la misma melodía que estaba acostumbrada a escuchar. Me encontraba a cientos de kilómetros de distancia de mi casa, y sin embargo estaba cerca. Cuando finalizó el servicio, la mujer nos invitó al Kidush y luego a un Brit Milá (circuncisión) que se realizaría a unas cuadras de allí. Fuimos con el resto de la gente a celebrar el Brit Milá de una familia que ni siquiera conocíamos. Mi amiga estaba impresionada por la hospitalidad y el cálido trato que habíamos recibido. Me dijo: “qué suerte tienes de tener esto, de ser parte de esto”.

Ser parte de esto, tener esto. Esta frase resonaba en mis oídos. Esto, este Shil, un hogar lejos del hogar.

¿Cómo sabía mi madre que no me sentiría sola en una sinagoga? ¿Cómo sabía que estando en un país extranjero, este sería el único lugar en donde no me sentiría una extraña? ¿Por qué nunca me contó este secreto antes? Fue necesario que una mujer alemana me lo hiciera ver a mí, nieta de sobrevivientes del Holocausto.

Al igual que un bebé en brazos de su madre, el Shil es donde me siento a salvo. El Shil al que se refería no tiene nada que ver con un edificio. Es el sentimiento de sentirse entre los tuyos, incluso cuando no conoces a nadie. Es experimentar y observar. Es practicando y realizando rituales que han sido realizados por tu familia a lo largo de miles de años. Es como probar comidas que nunca antes habías probado y sin embargo poder reconocerlas.

Cuando mi esposo y yo acabábamos de mudarnos a Israel, había grandes problemas de seguridad. Estábamos solos, habíamos dejado a nuestras familias y amigos. Todos nos preguntaban, “¿cómo pueden vivir en Israel, en Jerusalén? ¿No tienen miedo? ¿No se sienten muy solos, sin conocer a nadie?” ¿Solos? ¿Asustados? Pero, si estamos en casa…

A lo largo de los años he vivido en muchas ciudades y he viajado a varios países. Lo primero que hago cada vez que llego a algún lugar es buscar la sinagoga. Es como un imán que me atrae. Es donde me siento segura y cómoda, al igual que un bebé en brazos de su madre. Las oraciones y los demás judíos son como los latidos del corazón de la madre. No estás sólo, el corazón late. Eres parte de algo, tienes algo.

 

POR ELANA MIZRAHI
Nacida en el Norte de California y graduada en La Universidad de Stanford, Elana Mizrahi hoy vive en Jerusalem con su esposo e hijos. Ella también prepara a novias para el casamiento y es escritora.

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