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El Juego de la Culpa

Es difícil aceptar la responsabilidad por habernos comportado de manera detestable

Asumir la responsabilidad no siempre es mi punto fuerte. Es cierto que hay veces en que puedo llegar a ser muy “adulta” y hacer muestra de una impresionante dosis de compromiso y responsabilidad, pero también es cierto que un montón de veces me doy por vencida, como si fuera una niña pequeña y caprichosa que está dispuesta a echarle la culpa a algún otro de lo que sucede.

Ayer a la mañana, por ejemplo, ocurrió algo que sirve como ejemplo perfecto de esto que acabo de decir, y la víctima fue mi marido. ¡Pobre! Yo tenía que estar en lo del médico a las 8.30, pero apretamos el snooze (para dormir 5 minutos más) del despertador demasiadas veces y todos nos levantamos tarde. Entonces, empezamos a dar vueltas como locos mientras había que darles de comer algo a los chicos, servir café a los adultos, preparar los sándwiches, peinar a las nenas, asegurarse que se cepillaran los dientes, encontrar las sandalias y preparar las mochilas del colegio… La locura habitual de todas las mañanas, pero encima de todo con apuro…

Ya todos tenían ajustado el cinturón de seguridad, dejamos a los chicos en el colegio, eran cerca de las 8.20 y yo todavía tenía que dejar a mi marido en la oficina y llegar al médico. Después de que el último de los chicos entró en el colegio, el estrés de esa mañana llegó a su pico y sin poder controlarme ni controlar el “juego de culpa” con mi marido, en un arrebato emocional, le grité: “¿Por qué no pusiste el despertador más temprano?… ¡Sabes perfectamente que si hay algo que odio es llegar tarde!”, y continué, “¿Y por qué soy yo la que siempre tiene que preparar los sándwiches? ¡Apenas si me ayudas! ¡Siempre tengo que hacer todo sola!”. Para cuando paré bruscamente junto al edificio donde está su oficina, mi pobre marido había estado expuesto a una cantidad suficiente de toxinas verbales como para destruir la capa entera de ozono, pero yo me alejé a toda velocidad hecha un manojo de nervios y justificándome por mi ataque.

Recién después de mi cita (a la que llegué con tiempo de sobra), empecé a pensar que tal vez había exagerado un poco con el tema de “mi-marido-tiene-la-culpa-de-todo” y a sentirme realmente mal por comportarme en forma tan infantil y ridícula. Lo llamé a su oficina y le dejé un mensaje urgente a su secretaria. Le pedí a ella que le dijera “Ein hadavar talui ela bi (El asunto depende absolutamente de mí, la responsabilidad es toda mía)”. Yo sabía que él iba a entender lo que quería decirle. Habíamos estudiado esa lección cuando leímos juntos la siguiente historia:

El Talmud cuenta la historia de un hombre llamado Elazar ben Durdaiá. Elazar era un hombre que vivía sumido en el pecado y, en especial, se sentía atraído por los placeres de la carne. Un día, mientras se encontraba de visita en un prostíbulo, una famosa prostituta le dijo: “Elazar, tú estás más allá de toda salvación, para ti no hay Mundo Venidero”. Algo de lo que ella le dijo lo hizo estremecer.

Se fue del lugar lleno de vergüenza y huyó a las montañas impulsado por un abrumador deseo de retornar a Di-s. Si tan solo Él lo perdonara… Rabí Elazar clamó ante las montañas y las colinas: “¡Por favor, defiéndanme, ruéguenle a Di-s que tenga compasión de mí!”. Pero ellas respondieron: “Nosotras debemos rogar por nosotras mismas”. Entonces, se dirigió al cielo e imploró con lágrimas: “Por favor, los cielos y la tierra ¡intercedan por mí!”. Pero ellos también respondieron: “Nosotros debemos pedir por nosotros mismos”. “El Sol y la Luna”, clamó él, “por favor, supliquen compasión por mi alma”. Ellos también respondieron: “Nosotros debemos pedir por nosotros mismos”. Finalmente, contempló el cielo y rogó: “Por favor, estrellas y constelaciones, rueguen en mi defensa”. Pero Elazar recibió otra vez la misma respuesta.

Elazar cayó al suelo con la cabeza en las manos y lloró desde lo más profundo de su alma. Después de un rato, se puso de pie y pronunció las palabras más verdaderas que alguna vez le pasaron por los labios: “El asunto depende absolutamente de mí, la responsabilidad es toda mía” (Ein hadavar taluir ela bi). Y en ese momento, le salió el alma del cuerpo. De pronto, se oyó una voz celestial que dijo: “Elazar ben Durdaiá, tu arrepentimiento fue aceptado. Eres digno del Mundo Venidero”.

Elazar estaba tratando de reparar el daño causado, pero también estaba tratando de echarles la culpa a los demás. Nuestros Sabios explican que las montañas y las colinas en esta narración representan a los padres (en hebreo, la palabra montañas es harim, que es similar a la palabra horim, padres). Cuando les pidió a las montañas que intervinieran en su defensa, lo que en realidad estaba pensando era: “Es la culpa de mis padres que yo saliera así. No me disciplinaron lo suficiente y no tuvieron tiempo para invertir en mi educación. Ellos me malcriaron”. Pero su ruego fue rechazado.

Probó otro camino, se dirigió al cielo y a la tierra, ambos símbolos de la sociedad en la que fue educado: “Fue el medio en el que crecí, mis amigos, mi escuela… Todos lo hacían. Por eso me comporté de la forma en que me comporté. No era mi culpa”. Pero esta súplica tampoco obtuvo respuesta.

Otra vez hizo el intento y esta vez se dirigió al Sol y a la Luna, ambos símbolos de la prosperidad (Rashi): “Yo crecí con el brillo y el glamour… todos ponían tanto énfasis en el mundo material, que no pude salvarme. No soy yo el que tiene la culpa, éramos niños ricos y los niños ricos son criados con una escala de valores diferente”. Pero otra vez, nada.

En el último intento por defenderse, le echó la culpa al cosmos: “Fue mi mazal la responsable de todo; el destino de que fuese como soy. Si hubiera nacido bajo un signo astrológico distinto, habría tenido la oportunidad de salvarme”. Pero la corte celestial tampoco aceptó este argumento.

Finalmente, tras un grito de catarsis, encontró las fuerzas para mirar hacia adentro. En ese momento, se dio cuenta de que no podía echarle la culpa a nadie más que a sí mismo. “Es todo culpa mía”, admitió. “Yo soy el verdadero y el único responsable de mi comportamiento”. Y en ese momento, se hizo merecedor de la vida eterna.

Cuando me calmé y logré reflexionar sobre lo desmedido de mi reacción por el estrés que tuve a la mañana, entendí perfectamente la necesidad que tenía Elazar de evadir la responsabilidad. Es muy difícil aceptar las cosas cuando no salen de la forma en que esperábamos. Y es aún más difícil aceptar la responsabilidad por habernos comportado de manera detestable. Esto es algo embarazoso que exige una enorme energía mental y espiritual. Y a menudo, implica pedir disculpas, lo cual exige un esfuerzo titánico si uno se encuentra en el estado mental en el que yo me encontraba ayer a la mañana.

No obstante, me di cuenta de que yo tenía la culpa por actuar como una niña insoportable. De todo lo que le dije a mi marido, de todas las acusaciones que le hice, yo tenía por lo menos una parte igual de la responsabilidad. Yo amo a mi marido y lo valoro mucho y no puedo soportar estar desconectada de él. Yo sabía que la única forma de volver verdaderamente a conectarme con él era asumir mi parte de responsabilidad en la historia, así como yo espero de él que también se haga responsable de su parte.

Al fin y al cabo, de eso tratan las Altas Festividades. Reconectarnos con nuestro Creador, que nos ama infinitamente. Si de veras nos conectamos con Él, vamos a tener que hacer una seria introspección y asumir la responsabilidad por nuestra parte en la relación. Él siempre está dispuesto a aceptar nuestras disculpas y restablecer nuestra conexión, solamente tenemos que ser lo suficientemente fuertes como para asumir la responsabilidad.

 

POR SARA ZADOK
Sara Zadok es educadora y escritora freelance. Regularmente contribuye con TheJewishWoman.org. Actualmente vive en las alturas del Golan con su marido y cinco hijos.
Traducido por Sara Efrati
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