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Directo hacia Di-s

Directo hacia Di-s

“No vueles hacia aquí todavía —ve a orar al Muro Occidental. Te haré saber si mamá empeora”.

Todavía no estaba segura si mi hermana tenía razón. ¿Mi lugar estaba en casa en Jerusalén, orando por mi madre o debería estar en el próximo avión a Inglaterra para estar a su lado en el hospital?

La única razón por la que vacilaba era porque mi hija estaba al final de su embarazo y sabía que sería necesaria para ayudarla con sus otros hijos cuando llegara e momento.

Pero mi madre enferma estaba primera. Se había caído en su departamento, en el que había vivido sola durante los últimos seis años. Nada pudo persuadirla de que se mudara con una de nosotras, sus cuatro hijas. “Las amo a todas pero quiero vivir en mi propio hogar, donde siempre viví, bajo mi propio techo y entre mis propias cuatro paredes”. Dijo. Ni siquiera quiso aceptar el mudarse más cerca de nosotras, en un departamento separado. Y todas vivíamos a una considerable distancia de ella, tres de nosotros en diferentes continentes.

Pero habíamos notado durante los últimos seis meses que ella cada vez podía cuidar menos de sí misma apropiadamente. Sin embargo no era nada tan específico como para que pudiéramos “insistir” que ella dejara su amado hogar.

Ahora ella se había caído y quebrado muy mal la pierna en dos partes. La fractura era tan complicada de arreglar con un simple yeso; era necesaria una operación. Pero ella tiene 84 años y tiene un historial de problemas respiratorios, los doctores se mostraban reluctantes en darle anestesia general. Ellos discutieron e uso de una epidural, pero finalmente la rechazaron y siguieron adelante con la anestesia general —pero sus peores temores se confirmaron. Tras la operación el nivel de dióxido de carbono en su sangre, que quedó de la anestesia, permaneció muy alto.

Normalmente después de una operación, un cuerpo saludable logra expeler los gases del anestésico, incluyendo el dióxido de carbono, por medio de la respiración natural. Pero el cuerpo enfermo, debilitado de nuestra madre no pudo lograrlo. Los niveles de dióxido de carbono en su sangre siguieron peligrosamente altos, amenazando con envenenar lentamente su cuerpo.

Los doctores intentaron aumentar la calidad de su respiración por medio de la fisioterapia, pero ella estaba tan débil para cooperar y el equipo médico estaba preocupándose más con el transcurrir de las horas.

Sólo había una opción más, nos dijeron, que nunca antes habían intentado —utilizar una máquina para forzar grandes cantidades de oxígeno en sus pulmones y de este modo sacar el dióxido de carbono.

Mientras yo estaba sentada en el autobús 2 a las 11 de esa noche, viajando por la Ciudad Vieja de Jerusalén, mi hermana mayor, a pocas calles de mi casa, estaba haciendo sus valijas para salir en el vuelo de la mañana.

“No te preocupes —ni bien llegue me pondré en contacto y te diré si debes venir o no” había prometido.

Repentinamente sonó mi teléfono celular.

“Mamá, estamos en camino al hospital. Las contracciones son bastante regulares y fuertes” anunció mi yerno.

Mi hija, junto a él en la línea, gritó “¿Cómo está la abuela?”

No quería preocuparla, pero tampoco podía mentir. “Estoy en camino al Kotel” respondí.

“Mamá, oraré mucho por la abuela” gritó ella.

El momento de dar a luz es conocido por la tradición judía como un momento particularmente auspicioso para la plegaria. Las puertas del Cielo están abiertas y las plegarias de una madre en trabajo de parto van derecho hacia Di-s.

El Muro Occidental tarde por la noche está usualmente lleno de mujeres que vuelcan sus temores y preocupaciones a Di-s. Los turistas y visitantes ya se han ido y las plegarias sollozadas y silenciosas reemplazan el clic de las cámaras y la babel de idiomas extranjeros.

No sé cuánto tiempo estuve sentada cerca de las piedras leyendo de mi gastado libro de Tehilim (Salmos), pidiendo a Di-s que salvara la vida de mi madre, que la ayudara a recuperar suficientes fuerzas para respirar el aliento vital y curar su cuerpo. Y también oré para que Él diera a mi hija y a mi yerno un bebé saludable.

Durante las 48 horas desde su caída y operación, sus hijos, nietos y biznietos estuvieron orando por su amada abuela. Su nombre fue agregado a las listas de plegarias y sus muchos biznietos se sentaban en los patios de sus escuelas con sus amigos, y recitaron Tehilim por su recuperación durante los recreos.

Mientras estaba sentada ahí, en el sofocantemente caluroso y bochornoso aire nocturno, con lágrimas rodando por mis mejillas, sentí repentinamente una fresca brisa fluyendo sobre mí. Alcé mis ojos y permití que el suave viento secara mis húmedas mejillas. Me sentía tan bien, como si una mano celestial hubiera borrado mis lágrimas.

Unos minutos después llamó mi yerno

“¡Mazal Tov abuela, tiene un nuevo nieto! ¡Que oigamos también buenas noticias acerca de la abuela!”

Poco después llamé a mi hermana que estaba junto a mi madre.

“El milagro por el que oramos parece que está ocurriendo. Los niveles de dióxido de carbono están disminuyendo lentamente. Si continúa descendiendo mamá va a estar bien” dijo.

Volví mi rostro hacia el cielo, cerré mis ojos y permití que la brisa acariciara mis cansados, insomnes ojos. Lágrimas de alivio y gratitud fluyeron libremente.

Gracias Di-s por responder a nuestras plegarias. Y gracias por hacer que mi nieto naciera esta noche, justo cuando tanto necesitamos que nuestras plegarias viajaran en ruta directa hacia Ti.

POR ANN GOLDBERG

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