¿Cuántos somos?

Está nuestro yo animal, que siente apetitos y lujuria y descubre sus colmillos cuando su territorio es invadido; nuestro yo emocional, que ama y teme, está exultante y agoniza; nuestro yo intelectual, que percibe y analiza y contempla los otros yo con presuntuosa indiferencia; nuestro yo espiritual, que se esfuerza y anhela, adora y venera. Está el yo que usted era a los 8 años, y el yo que será a los 80. Está el yo que fui el martes pasado, cuando me desperté de mal humor, hablé con brusquedad a mis hijos, me acobardé ante mi jefe, golpee en la espalda a mis compañeros de trabajo y le colgué el teléfono a mi suegra; está el yo que seré mañana, cuando seré amoroso con mi familia, respetuoso pero firme ante mi jefe, y bueno, amable y considerado con los demás.

¿Cómo podemos, posiblemente, imaginar que en el conglomerado de células, órganos y miembros que llamamos nuestro “cuerpo”, extendiéndose a través de las subidas y los descensos del terreno que llamamos “tiempo”, reside un solo y singular “yo”?

Pero de alguna manera estamos convencidos de eso. No podemos identificarlo o describirlo, ni nuestra vida diaria lo refleja. Pero sabemos que está ahí. Lo que significa que él está; de otra manera, ¿de dónde surge este conocimiento?

Un solo “yo” significa que nuestros seres animales, emocionales, intelectuales y espirituales son una fuente y una meta común. Esto significa que todos los momentos de nuestras vidas están interconectados: lo que somos hoy y lo que haremos mañana es la suma y el resultado de lo que fuimos e hicimos ayer y el día anterior. Un solo “yo” significa que el pasado es redimible. Un solo “yo” significa que podemos lograr la armonía en nuestras vidas.

La Torá se refiere al día de Iom Kipur como ajat bashana, “una vez al año”. Pero las palabras en hebreo ajat bashana también se pueden traducir como “el único del año”. Iom Kipur, explican los maestros jasídicos, es el día en que nuestra intrínseca unicidad sube a la superficie.

Durante 364 días al año, los fragmentos de nuestras vidas y personalidad yacen dispersos a través de las cámaras de nuestra alma y esparcidos a través de la expansión del tiempo y el espacio. En Iom Kipur tenemos el poder de unirlos con su fuente y encaminarlos hacia su meta.


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