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Descubriendo Rosh Hashaná

El judaísmo es misterioso. Viene del cielo, envuelto para regalo con cintas, atado con cuerdas y nudos que al desatarlos van revelando un nuevo misterio, un sorprendente universo con aún más nudos para desatar, más cuerdas que van apareciendo a lo largo de un camino desconocido. Y con cada desenredo, nos encontramos con un nuevo descubrimiento y, con cada descubrimiento, una sabiduría más profunda.

Rosh Hashaná es uno de esos grandes misterios. ¿Cómo es posible que el principio del año aparezca el primer día del séptimo mes? ¿Por qué hacemos sonar un cuerno de carnero y por qué le asignamos un rol tan central? ¿Cuál es el drama cósmico de este día y qué rol tenemos asignado nosotros?

Más enigmática es la reticencia de la Torá. Habla en forma críptica como si, a través de la discusión de un tema, se esperara que lo conociéramos, sin necesidad de decirnos nada acerca del mismo.

Nos es dicho que: “Será para vosotros un día de hacer sonar” (Números 29:1). ¿Qué es lo que se hará sonar? Eso no nos dice. El Rey David escribió en sus Salmos: “Tocad el shofar al nuevo mes, a la luna llena, al ocultarse el día de nuestra fiesta.” (Salmos 81:4). Y esa es la única referencia bíblica que tenemos para esta tradición, que no se trata de hacer sonar nuestras voces (en ese día) ni una trompeta, sino un cuerno de carnero.

Pero hay otro verso que nos indica que “…será para ustedes un día de recuerdo de sonido” (Levítico 23:24). Y con esto se nos estaría dando a entender que no deberíamos hacer sonar ningún instrumento, nada, solamente deberemos recordar. Nuestra tradición resuelve el tema que D-os está pidiendo: “Reciten ante Mí versos de reinado para coronarme como su rey, y para que su recuerdo esté presente delante de mí. Y ¿cómo? Con un shofar.” ¡Ay, qué tradición tan enigmática!

¿Cómo es que sabemos todo esto? ¿Y cómo es que sabemos que es éste el principio del año, si no está mencionado en ninguna parte de los cinco libros de Moisés?

La respuesta corta es: porque lo sabíamos desde siempre. Lo sabíamos porque, cuando Moisés recibió la Torá, todo esto le fue evidente y él trasmitió esta información, aunque no la dejó por escrito. Y todavía antes de haber oído hablar de Moisés, sabíamos acerca de Rosh Hashaná. Abraham recibió las antiguas enseñanzas de Shem, el hijo de Noé. Noé a su vez las había recibido de Matusael, quien las había recibido de Enosh. Y Enosh con seguridad estaba enterado de Rosh Hashaná, ya que había recibido su sabiduría directamente de Adán, que había sido creado en ese día.

Entonces, Rosh Hashaná no es solamente una festividad judía. Rosh Hashaná es el nacimiento de la humanidad.


Un misterio se devela y surge otro. Si le echas un vistazo a todo el libro de oraciones para Rosh Hashaná y Iom Kipur no encontrarás mención alguna al nacimiento de Adán. Lo que sí vas a poder encontrar es la afirmación “Hoy es el cumpleaños del mundo.” También podrás hallar una enigmática frase que se repite varias veces. “Este día señala el comienzo de tus acciones, es una recordación del primer día.”

Esto sugiere un pensamiento fascinante; efectivamente, un pensamiento que los científicos modernos pueden llegar a aceptar. ¿Quizás el universo haya nacido recién cuando Adán abrió sus ojos para observar y darle un nombre a cada cosa? Después de todo ¿no es cierto que los físicos cuánticos y los cosmólogos de hoy en día nos dicen que no puede haber eventos ni universo, sin un observador? Entonces, el universo comienza con la creación de la primera conciencia humana. “Y Él insufló en sus narices aliento de vida; y el hombre se convirtió en alma viviente” (Génesis 2:7).

Fascinante, sí, aunque no totalmente satisfactorio. Ya que, en realidad, el Libro del Génesis nos dice que Adán fue creado en el sexto día de la Creación. Antes de este momento ya existía un mundo. Sí, lo reconozco, era un mundo muy diferente al que conocemos, uno en el cual fueron creados la materia, la energía, el tiempo y el espacio, en el cual los eventos se fueron sucediendo rápidamente y en pocos instantes lo sencillo evolucionó a lo complejo. Pero, así y todo, era un mundo. Entonces, surge la clásica pregunta: ¿por qué conmemoramos Rosh Hashaná en el cumpleaños de Adán y no seis días antes, en el cumpleaños del mundo?

Y la clásica respuesta es: porque no estamos celebrando un aniversario. “Hoy es el cumpleaños del mundo”, significa hoy, ahora. Hoy el mundo vuelve a nacer. Este día señala “el comienzo de tus tareas”, evocando así la primerísima vez que el mundo fue creado. Sólo que la primera vez que nació el mundo, fue un regalo de gracia. Desde ese entonces, depende de nosotros, de los descendientes de Adán. Y es por eso que sucede en nuestro cumpleaños, Rosh Hashaná. Renacemos, y dentro de nosotros, todo el universo.


Todo el universo está conectado a una ‘máquina’ que lo mantiene con vida. Al igual que el fósforo fluorescente que dibuja símbolos sobre una pantalla, al igual que una imagen holográfica que parece tener vida, que si se desenchufa esta máquina todo se desvanece sin dejar rastros, así también, si D-os llegara a desenchufar su creación -D-os no lo permita-, desaparecería hasta el espacio mismo. Incluso quedaría anulado el tiempo, el mundo nunca habría existido, su historia sería borrada, y no quedaría nada, ni siquiera un archivo ‘solo de lectura’.

No existe una sola partícula del universo que se sustente a sí misma. Con cada momento, el universo y cada cosa en él contenida pulsan con la energía vital que le da vida. Nuestro planeta tierra es un reloj ajustado al ritmo por el cual late, un ciclo de momentos y días, de meses y años. A cada momento surge la vida necesaria para ese momento, es absorbida y luego vuelve a su fuente. Cada día, la energía para ese día, cada mes, para ese mes. Es éste el nombre que, en hebreo, se le da al mes: jodesh, que significa renovación.

Pero la renovación más importante de la vida es la que surge en Rosh Hashaná. Porque es cuando toda la vida del año anterior vuelve a su fuente esencial y, del vacío, surge una nueva vida como nunca antes conocida, para sostener la existencia por un año completo.

La calidad de este nuevo flujo de energía será la que determine todo; como escribe el poeta del Majzor: “quién morirá y quién vivirá”. Algunos son años de abundancia, otros traen bendiciones más sutiles, más ocultas. Algunos son años de alegría, otros de desafío.

En las cuarenta y ocho horas de Rosh Hashaná todo lo mencionado anteriormente hace su ingreso al mundo. Es por eso que cada momento de esas cuarenta y ocho horas cuenta.

Es por esto que lo llamamos Rosh Hashaná, la “cabeza” del año, y no simplemente “el día de Año Nuevo” o “el comienzo del año”: al igual que dentro suyo la cabeza contiene un interruptor neurológico para cada parte del cuerpo, la cabeza del año es una sinopsis concentrada de todo el año que se inicia. Porque todo está aquí concentrado.

Cualquier momento de Rosh Hashaná podría encerrar el día más importante de tu año por venir.

Podríamos decir que Rosh Hashaná es el canal de parto del nuevo año.


Es curioso que un shofar, con su estrecha boquilla que luego se va abriendo se parezca a un canal de parto. ¿Verdad? De hecho, la Biblia (Éxodo 1:15) hace mención a una gran mujer que lleva un nombre con la misma etimología: Shifrá. Ella era la partera de los antiguos hebreos que dejaron Egipto. Su nombre quiere decir, ’embellecer,’ y era eso lo que ella hacía: ella aseguraba que los bebés iban a nacer saludables y con posibilidades de vivir. Después del nacimiento los envolvía y masajeaba para estimular su fuerza y belleza.

El shofar es la partera del nuevo año. En su penetrante sonido comprimimos todas nuestras oraciones sinceras, todas nuestras lágrimas, nuestras propias almas. Todo aquello que existe resuena con su llamado hasta que llegue al origen mismo, el útero cósmico. Y es ahí que oprime un interruptor: la Presencia Divina hace que las modalidades se desplacen de la trascendencia a la inmanencia, del juicio severo a la misericordia. En el lenguaje del Zohar, “El shofar terrenal despierta al shofar celestial y el Santo, bendito sea Él, se levanta de Su Trono del Juicio y se sienta en Su Trono de la Misericordia.”

Una nueva vida llega a nuestro mundo y toma su primera bocanada de aire. Es, también, nuestra propia vida y está en nuestras manos.


¿No es extraño que un ser creado pueda tomar parte en su propia creación? Imaginemos unos personajes de los dibujos animados que participen con el artista en su propia creación. Imaginémoslos pidiéndole a la compañía difusora que en la programación de la siguiente temporada les den más espacio en el aire. Imagínate que el producto de tu propia imaginación te indique lo que debes imaginarte.

Ahora piensa en nosotros, los seres creados, suplicándole a nuestro Creador, “¡Danos vida! ¡Una buena vida! ¡Cosas lindas! ¡Revélate! ¡Involúcrate más profundamente con tu mundo!

¿Cómo es posible que, en el aposento interior de la Mente Cósmica, donde se determina si debemos o no existir, estemos ahí, suplicando y participando en esa decisión? Debe de haber algo de nosotros que está más allá de la creación, algo eterno. Algo Divino. Lo llamamos “el alma Divina.”

Es por eso que a D-os lo podemos denominar tanto Rey como Padre.

Un Rey, en el sentido esencial de la realeza, porque es Él quien determina si existiremos o no.

Un Padre, porque dentro nuestro hay algo de Él y -por lo tanto-, podemos participar en esa decisión.

Y nosotros somos el hijo. Tu hijo es único, no es como los demás. Tu hijo eres tú. Y aún así, tú no eres tu hijo. Tu hijo es su propia persona. Del mismo modo, cada uno de nosotros tiene un alma interior que es el hálito de D-os dentro de nosotros. Somos el punto de contacto entre D-os y su universo. Y así somos llamados Sus hijos. Y a Él podemos llamarlo nuestro Padre.


De ser así, en Rosh Hashaná, D-os se presenta ante un tribunal.

Desde las alturas observa este mundo y, como estoy seguro que te habrás dado cuenta, éste no siempre luce bien. Pero D-os no solamente está allende al mundo. Él está también dentro del mundo. Se puede encontrar en cada átomo de este mundo. Pero únicamente el alma del Hombre puede discutir en Su nombre. De manera que eso es lo que hacemos. Puede sonar extraño, pero esto es lo que sucede. Él, como D-os que es, está en las alturas y se presenta a Sí mismo, tal como está presente dentro de este mundo, ante un tribunal.

Nosotros somos los abogados para la defensa. Reconocemos que todos Sus reclamos están bien fundados y son justos. Nos declaramos culpables de todos los cargos. Pero demostramos un sincero arrepentimiento y declaramos que ahora realmente nos haremos cargo de mejorar nuestros actos y hacer que el año que se inicia sea mucho, mucho mejor que el pasado. Por encima de todo, queremos asegurarnos que solamente hablaremos bien de los demás y que les daremos nuestras bendiciones para un año bueno y dulce. Es como juzguemos a los demás que nosotros seremos juzgados.

La chispa Divina que hay en nosotros, acá en la tierra, nos conecta con la Luz Infinita de D-os en las alturas. El circuito está completo y el universo vuelve a reiniciarse con un flujo de energía que durará un año entero.

POR TZVI FREEMAN
De la sabiduría del Rebe de Lubavitch, Rabi Menajem Schneerson; palabras y condensación por Rabi Tzvi Freeman. Para pedir el libro de Tzvi, “Trayendo el cielo a la tierra”, haga clic aquí.
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