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Cuando a tu Conyuge no le Interesa Vivir una Vida Judía

Ya han pasado casi seis años desde que asistí a mi primera clase de Torá. Para mí, la conexión fue inmediata. Sentí como si cada una de las preguntas sobre las que había estado meditando la mayor parte de mi vida ahora tenían respuesta, y todas estaban comprendidas en las páginas de la Torá. Estaba tan entusiasmada que casi no me podía contener. ¿Quién sería la persona más indicada con quién compartir todo esto? ¡Mi esposo, por supuesto!

Cuando empecé a contarle las historias de la Torá, su reacción no fue la que yo hubiera deseado. Me dijo que no le interesaban. Bueno, es evidente que no me debe de haber entendido. ¿Cómo puedes no estar interesado? Y le seguí contando: “Todo esto tiene que ver con nuestro origen.” Pasé por alto su protesta, sabiendo perfectamente que, más adelante, trataría de aplicar otra estrategia.

Entonces, a medida que mi estudio se intensificaba y abarcaba más, empecé a enseñarle el sentido que había detrás de las historias de la Torá, explicándole que la Torá no es un libro de historia, sino un manual de instrucciones que nos ofrece lecciones eternas, de todos los tiempos, acerca de cómo se supone que debemos aprovechar nuestras vidas al máximo. Este enfoque también fracasó estrepitosamente (puesto que, como toda mujer sabe, nunca se le debería dar instrucciones a un hombre sobre cómo dar vuelta una esquina, menos todavía cómo vivir toda su vida).

Esta pauta continuó durante meses, muchos meses. Durante todo este tiempo, recibí el consejo de rabinos y Rebetzins (desde Pensilvana hasta Israel) acerca de cómo manejar esta situación. La opinión generalizada fue la siguiente: No lo presiones. Solo sigue creciendo y avanzando para convertirte en la mejor persona y esposa que puedas llegar a ser. Cuando vea qué feliz que eres y cómo te has convertido en mejor persona, seguramente querrá hacer lo mismo.

De modo que probé este nuevo enfoque y, a nuestra vida diaria, le incluí cenas de Shabat tanto en nuestro hogar como con otras familias de la comunidad. Cociné como nunca lo había hecho antes y nuestra vida social despegó. Aún así, él no mostraba interés alguno. Hasta me las arreglé para que viajara a Israel, junto con otros matrimonios de nuestra comunidad. Hubo momentos en que tuve la impresión que se podrían lograr algunos adelantos. Sin embargo, poco tiempo después, volvía a retraerse y a repetir su afirmación de desinterés.

Pocos años más tarde nos mudamos a un nuevo hogar. Aunque por motivos prácticos este cambio fue muy positivo para nuestra familia, nuestros hijos estaban más cerca del colegio y mi esposo del trabajo, quedamos ubicados justo en medio de una comunidad religiosa. Ahora mi marido no solo tenía una esposa que quería que él creciera espiritualmente, sino que también estaba rodeado de un grupo de personas que compartían esa misma fe y sus respectivas prácticas.

A medida que la observancia dentro de nuestro hogar aumentaba, también lo hacía la tensión entre nosotros. ¿Cómo fue posible que se produjera esta situación? No podía entender cómo podía ser que mi acercamiento a algo tan positivo y lleno de significado pudiera causarle tanto estrés a mi esposo.

Pensé que estaba siguiendo el consejo de todos esos sabios rabinos y Rebetzins que prácticamente me habían asegurado que, mientras yo siguiera creciendo positivamente, seguramente en poco tiempo él me estaría acompañando en este recorrido espiritual. Bueno, no era lo que estaba pasando. En realidad, su comentario original –’No me interesa’- había pasado a tener un tono mucho más negativo y parecía estar orientado hacia el rencor.

En los últimos meses empecé a observar la situación más de cerca. Tenía que reconocer que, dado que mi esposo no participaba de este proceso espiritual, era posible que las dificultades que estaba encontrando fueran un desafío hecho a mi medida. Estaba segura que era solamente yo quien podía encontrar una solución a este problema, y estaba decidida a poder descifrar lo que había estado haciendo mal.

Al hacer un balance honesto de los últimos seis años, empecé a ver dónde estaba mi error. En primer lugar, debí haberme quedado callada la primera vez que mi esposo me dijo que no tenía interés en la Torá. En lugar de eso, cada vez que se me presentaba la oportunidad, traté de mostrarle el camino, mi camino. Hubiera tenido que agradecerle por respaldar mi decisión de empezar a estudiar y crecer a través de la Torá, y en ese punto debí haber terminado la discusión.

En segundo lugar: ¿realmente le estaba mostrando a mi esposo todos los aspectos positivos que podía ofrecer la vida de la Torá? Aunque mi proceso espiritual había cambiado e iluminado mi vida, me quedaba la duda si mi esposo se había visto beneficiado positivamente por todos estos cambios. La respuesta a esta interrogante es un estrepitoso no. Está claro que mi familia y mis amigos han sido testigos que me he convertido en una versión más paciente, más amable de mí misma pero, desde el punto de vista de mi esposo, lo más destacable han sido los cambios negativos que sufrieron nuestras vidas.

Por ejemplo, dejamos una casa que queríamos mucho para mudarnos a un vecindario más religioso. Además, ahora él tiene que usar diferentes cubiertos para la carne y los productos lácteos. Y en cuanto a las divertidas cenas de Shabat, pasaron a ser parte de una experiencia de Shabat de 25 horas, una vivencia de la que él no quería participar. Nuestras vidas sociales muy contadas veces se desarrollaban fuera de la comunidad que yo había creado para nosotros y, aunque odie tener que admitirlo, es absolutamente obvio que no le ofrecía mucha diversión.

Me llevó tiempo llegar a esta conclusión pero, solo cuando realmente pude aceptar e internalizar la realidad de nuestra situación, llegó el momento en que empecé a ver algunos cambios positivos. Recién después de haber podido reconocer las concesiones que mi esposo había hecho, pude empezar a demostrarle que apreciaba sus sacrificios. Había estado tanto tiempo concentrándome en todo lo que él no estaba haciendo, que nunca estaba conforme con lo que el sí hacía.

La Torá nos enseña: “¿Quién es un hombre rico? El que está feliz con su suerte.” Había estado estudiando Torá durante muchos años, pero aún así, era obvio que no estaba viviéndola. Y, si yo no la vivía ¿cómo podía esperar que mi esposo tuviera interés en acompañarme en mi proceso?

Si bien mirado desde afuera no han habido muchos cambios en nuestra situación, internamente los cambios han sido muy importantes. Con el tiempo me he convertido en la persona más evolucionada, más amable que creí haber sido todo este tiempo. Encaro la situación con más paciencia y reacciono mejor frente a lo que no sucede como lo deseo. Tengo una mayor comprensión por lo que necesito hacer para asegurar que haya shalom bait (armonía en el hogar) y estoy comprometida por hacer lo que sea necesario para lograrlo. Tengo más confianza en que, con estos cambios, mi esposo llegue a apreciar el recorrido que he elegido para mí y pueda sentirse más a gusto con el rol que a él le corresponde en esta travesía, cualquiera pueda ser su papel.

POR LORI AVERICK

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