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Crear Lazos en el De Gaulle

Crear Lazos en el De Gaulle

Mis manos, acostumbradas por años de entrenamiento, envolvieron las negras correas de cuero de mis tefilín cuando me los saqué después de completar las plegarias matutinas. Sin embargo mi mente no estaba sumergida en el antiguo lazo que ligaba a mi alma con su Creador, sino en la multitud que me rodeaba.

Tenía diecinueve años y era mi primer viaje al exterior, ¿y qué mejor lugar para pasar un verano que Venecia, Italia?

Mi vuelo había dejado New York la tarde anterior y, salvo por las molestas canciones de un grupo de estudiantes franceses que usaban remeras que decían “I love NYC” en la fila de atrás, había sido un viaje tranquilo al aeropuerto Charles De Gaulle de París, donde ahora pasaba una hora de espera.

“Esta es la última llamada para abordar el vuelo 832 a Bangladesh”, brotó una voz de los altoparlantes… gente dando vueltas… una familia con cinco niños con valijas y un bebé que gritaba corría para tomar su vuelo… Un hombre de negocios vestido con un traje caro leía detenidamente un diario… Una muestra de humanidad vibrante y variada podía encontrarse aquí.

Avi, mi amigo y compañero de viaje rió.

“Es divertido como reacciona la gente cuando oras en el aeropuerto. Algunos parecen no darse cuenta, otros no entienden. Pero a veces una persona mira, camina un poco más, y luego se da vuelta para una segunda mirada —ese es ciertamente un judío. El vernos de alguna forma conmovió a esa persona”.

Una voz detrás de nosotros se metió en la conversación.

“Piensen que hay muchas personas que no comprenden que ustedes se están poniendo tefilín”.

Avi y yo nos dimos vuelta simultáneamente. En la fila de sillas de atrás se sentaba la fuente de la voz —un hombre de edad mediana usando una camiseta hawaiana azul, shorts y lentes oscuros colgando sobre su frente, y ahora sonriéndonos amablemente. Un momento de silencio pasó mientras nos mirábamos.

Tres judíos topándose en un aeropuerto internacional europeo; debía haber algún significado interior tras esto.

“¿Quiere ponerse tefilín?” Pregunté finalmente con voz ligeramente temblorosa.

Me miró a los ojos un momento, y luego sacudió la cabeza.

“No…”.

Tenía una historia, sin embargo.

“Vivo en una pequeña isla a poca distancia de Florida, Poca gente vive ahí, y aun menos judíos. Pero hay un rabino que vive en frente. Es el mejor vecino que uno puede pedir. Sus niños tienen tzitzit; se portan tan bien… Los miro orgulloso. Pero a esta altura de mi vida no estoy para ponerme tefilín. Cuando yo me crié, mi abuelo era ortodoxo; se ponía tefilín todos los días y luego iba a su almacén kosher. Pero donde yo estoy ahora…”.

Nuevamente sacudió la cabeza, y luego, con un profundo suspiro se puso de pie, poniendo su bolso de viaje sobre el hombro y estirándose ligeramente. Mirándonos a Avi y a mi, se acercó y puso sus grandes manos sobre nuestros hombros.

“Miren, estamos conectados no importa como. Puede no ser lo que ustedes quieren —pero cuando vine en el avión desde Miami, mi esposa me preguntó dónde me quería sentar. Los vi y dije ‘Me voy a sentar con mis muchachos'”

Sacó sus manos y se encaminó hacia una dama que estaba parada a la distancia, los dos se volvieron hacia nosotros, sonrieron y se sumergieron en la multitud, aparentemente perdidos para siempre en las arenas del tiempo.

Las cosas se sentían raras, como si no debieran terminar así. Después de todo, tenía muchas preguntas que habían quedado sin respuesta: ¿Quién era él? ¿Cómo se ganaba la vida? ¿Su abuelo trabajaba en el almacén o sólo comía ahí?… ¡Ni siquiera le había preguntado su nombre!

En un mundo perfecto, me dije, nos habríamos puesto tefilín, llorado un poco, reído un poco, y permaneciendo en contacto. La realidad parecía haberme dejado solo, con mis tefilín aun en mis manos, en el centro de l remolino de viajeros.

Sus últimas palabras resonaban en mi mente: “Miren, estamos conectados no importa como”.

Es verdad que el hacer una mitzvá juntos nos habría unido como uno, pero quizás tenía razón, estamos conectados, no importa como. Ahí estaba el vínculo de un judío con su hermano, y, lo que era más, estaba el efecto que nuestra presencia misma en el aeropuerto parecía tener sobre él — ¿Si no se hubiera acercado e iniciado la conversación con nosotros? Si los tzitzit de los niños de su vecino lo influenciaron para que nos hablara, ¡entonces quizás nuestra conversación con él lo acercará más la próxima vez!

Es verdad que no pregunté su nombre. Sin embargo, de algún modo, aun sin nombres, lo conozco. Tiene razón, estamos conectados.

POR MORDEJAI LIGHTSTONE

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