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Confesiones de una visitante de Mikve

Una mujer nos cuenta sobre su primera experiencia en la Mikve

“¿Te llego la menopausia?” Me preguntó Débora Lea, la joven y atractiva Rebbetzin de Jabad en Santa Fe.

“Sí. ¿Por qué me lo preguntas?”

“Porque pensé que te podría interesar ir a la mikve. El baño ritual judío”.

“Débora Lea, sabes muy bien que no soy observante. La única vez que sumerjo algo es la manzana con miel en Rosh HaShana”

“Bueno, déjame que te explique. Después de la menopausia, puesto que ya no menstruas más, con una sola visita a la mikve alcanza para el resto de tu vida”.

Estaba a punto de decir que no, pero se me ocurrió que como periodista de viajes, busco y asisto con frecuencia a ceremonias de otras culturas. ¿Por qué no intentarlo con la mía?

“Acepto” dije. “¿Qué tengo que hacer?”

Algunos días más tarde, Débora Lea vino a mi casa con una gran sonrisa y un bonito kit de mikve que parecía del mejor spa. Adentro había algunos artículos de tocador necesarios para los preparativos.

“¿Eso es todo?” Pregunté, aliviada de que los preparativos fueran tan fáciles.

“No” contestó ella. “No puedes tener contacto físico con tu marido —ni tocarse, nada —por siete días. ”

“¿No tocarse? ¿Ni un abrazo? ¿Ni un apretón de manos?”

“Nada” insistió la encargada de la mikve.

“¿Quién se compromete a una mitzvá tan difícil?” Pregunté. La respuesta era que lo hacen muchas mujeres casadas (debes estar casada para ir a la mikve), y muchas de ellas no son religiosas. Ellas solo quieren cumplir con la mitzvá que determina que deben ir a la mikve siete días después del fin del período (y si su período es muy corto, tienen que esperar por lo menos cinco días antes de comenzar la cuenta descendente de siete días para la purificación).

A decir verdad, no estaba muy convencida. No me atraía la idea de la abstinencia, no entendía la relación entre la menstruación y la impureza. Me interesé en la experiencia como un antropólogo, y consideraba a Débora Lea como la vocera de una secta exótica.

Ella era muy paciente con mis preguntas. Me explicó que la bendición de la mikve no es sólo para la mujer, sino que también es para su marido, y es invitar a Di-s a tu hogar y matrimonio. La preparación y la mikve en sí mismos son actos físicos, pero la razón detrás de ellos es espiritual.

Débora Lea me explicó que “Cada mes, cuando menstrúas –hay un óvulo que no fue fertilizado —es un potencial de vida que no se llegó a concretar. Una mujer se sumerge en el agua, que es la fuente de la vida.

Cuando ella emerge, es como si renaciera, y la energía Divina de la creación puede fluir otra vez. Es una renovación, una limpieza espiritual. ”

Escuché mientras ella me hablaba entusiastamente sobre cómo la relación matrimonial se renueva cada mes gracias a la mikve. El marido y la esposa se separan y este alejamiento puede ser muy duro. Pero también mantiene vivo el deseo. Cuando la pareja se reúne otra vez, aprecian al otro mucho más. Y el sacrificio para la ejecución de la mitzvá, lleva la relación física a un nivel espiritual.

Débora Lea hablaba abiertamente sobre la “Mikve”, pero, en el pasado, estaba cubierto de secreto y discreción. Las madres no les decían a sus hijos cuando iban a la Mikve. Era algo muy privado —entre una mujer, su marido, Di-s y la señora que supervisa la mikve. Muchos judíos no hablaban (y muchos tampoco lo hacen hoy en día) de este ritual. Pero hoy, la mikve salio a la luz. Se construyen muchas que parecen spas, figuran en las páginas amarillas y son tema de conversación.

Muchas mujeres hacen mikve porque les da la sensación de estar conectadas con las matriarcas. Sara iba a la mikve; de hecho, ella tenía una tienda especial para cuando ella y Abraham debían estar separados. El pozo de Miriam era una mikve. En épocas más recientes, cuando las mikvaot fueron proscritas en Rusia, y la KGB las cerró, las mujeres iban valientemente a alguna parte y abrían nuevas. La mikve es tan importante en el judaísmo que si una congregación tiene dinero para una Torá o una mikve, debe construir la mikve primero.

“Débora Lea” le pregunté “¿Si es tan importante, por qué no puede mi marido, Paúl, hacerlo también?”

“Él puede,” me contestó Débora Lea. Y cuando le pregunté a Paúl, me dijo que lo haría.

Él también es antropólogo aficionado.

Leí un poco sobre la mikve y descubrí un montón de reglas antiguas y complejas referentes a la construcción del baño ritual. La capa inferior es de agua pura, natural de lluvia. Se llama “agua viva” y es un símbolo del renacimiento y del flujo Divino de la creación. Encima del agua de lluvia fría hay otra piscina de agua caliente, donde ocurre el baño real. Las dos aguas no deben mezclarse así el agua de lluvia puede mantener su calidad prístina. Solo se “tocan” en una abertura entre las dos aguas, pero no se mezclan. El agua en la cual una se baña se cambia con frecuencia, así es higiénica. El agua de lluvia, que nunca se ha contaminado, sigue inalterada e intacta.

Comencé el ritual de siete días sin mucho entusiasmo. Era más un ejercicio intelectual de curiosidad que un compromiso real con el ritual. Hice la mayor parte de la preparación, pero hice trampa cuando tuve que tocar a Paúl. Supongo que usted podría decir que estaba siendo hipócrita con la mikve – determinada a experimentar el baño ritual sin totalmente abrazar la experiencia. Débora Lea refunfuño, pero me permitió continuar con los planes de la mikve. Supongo que a sus ojos yo era un bárbaro bañándose.

La noche de la mikve llegó. Paúl y yo nos sentamos en el asiento trasero del coche del rabino, y el rabino, Berel, resumió a Paúl cómo los hombres van a la mikve. Sonaba como una parada rápida para tomar un café. Una zambullida antes de los rezos, antes de Shabat, antes de las fiestas.

Cuando llegamos a la mikve de Albuquerque, que estaba perfectamente limpia y ambientada, las mujeres entramos a un cuarto separado para la preparación. Débora Lea me mostró un arsenal de productos de belleza para prepararme —los cepillos para uñas, peines, champúes, hisopos, quitaesmalte, hilo dental. Ella frunció el ceño cuando vio un colorido tatuaje temporal en mi brazo, y comenzó a fregarlo con el quitaesmalte, una piedra pómez, y su uña. Me dijo que no pasara hilo dental entre los dientes que tenían borde dentado porque un pedacito podía quedar enganchado allí. Tuve que cortar mis uñas, limpiar en cada orificio, y quedar impecable. Entonces ella me dijo que podía llevar los productos de limpieza a la tina del baño conmigo, y permanecer allí por cerca de media hora.

Me sentía abrumada. Me considero una persona limpia, pero habían tantas áreas que nunca pensé que existían. ¿Qué si dejé un pedazo de hilo dental en mis dientes? ¿Qué si había una basurita debajo de una uña del pie o en el borde de mi ojo? Caminé cautelosamente a la tina que ella había llenado para mí, haciendo malabares con todos los productos de limpieza. Plop. El champú se cayó al agua. Me agache para tomarlo y el cortaúñas cayó. Finalmente, organicé todos los productos y me metí al agua. Respire profundamente y comencé el acto de limpieza en si mismo. Al principio me resistí, pero después me fui entusiasmando. Me lave con esponja y jabón y prestaba atención a cada pulgada de mi piel. Nunca me había limpiado tan a fondo en mi vida.

Después de veinticinco minutos en el proceso, me inundaron repentinamente memorias de la niñez de la limpieza del Jametz antes de Pesaj. Recorríamos la casa con una pluma, recolectando cualquier miga que permaneciera en un estante, un bolsillo, o en cualquier lado. Ahora estaba sacando el Jametz de mi cuerpo. Purificándome física y espiritualmente de la misma manera que purificábamos la casa antes de Pesaj. Sentí que iba a llorar. Mi experimento antropológico se había transformado en algo muy personal. Froté y fregué como si mi alma dependiera de ello.

Cuando Débora Lea volvió al cuarto, me examinó suavemente, buscando pelos sueltos en mi espalda o cualquier cosa que se me hubiera pasado por alto. Me consideró limpia y me condujo a la mikve. Era como un jacuzzi, y caminé fácilmente hacia el agua.

“Ahora zambúllete tres veces. Como un pez o una ballena” me dijo Débora Lea.

Más fácil decir que hacer. No lograba quedar bajo el agua. Me llevó muchos intentos hasta que logre sumergirme completamente. Débora Lea miraba pacientemente, aprobaba con la cabeza, y entonces se dio vuelta.

“Ya has hecho la mitzvá,” me dijo, “y ahora éste es un momento privado para ti. Tómate el tiempo que desees. ”

Primero no sabía qué hacer, pero luego ocurrió naturalmente. Me sumergí en el agua, agradeciendo al universo por mi marido Paúl, mi salud, mi rica experiencia de la vida. Rogué para que mi familia y amigos estén bien. Y me pareció oír un pequeño suspiro en los cielos mientras que mis plegarias fueron oídas.

Después de la mikve, me consideraron kosher, y fui a encontrarme con Paúl en la sala de espera. Me sentía vibrante, viva, rozagante y calma.

“Estas increíble” me susurro Paúl. Me sonroje.

“Y ¿cómo estuvo contigo?” le pregunte

Paúl me dijo que fue breve, pero significativo. Le recordó su niñez, y revivieron memorias enterradas hace tiempo. Memorias de una excursión familiar a Atlantic City, cuando visitaba a parientes. Se alojaron en un hotel, y Paúl estaba fascinado con los ortodoxos que rezaban en el lobby, comían kosher y hablaban Idish. Era como visitar un país extranjero. Su madre estaba horrorizada, y los hizo cambiar de hotel. Ésa fue la última vez que él se había relacionado con los judíos ortodoxos.

En el camino de vuelta a casa, Débora Lea me dijo que la mikve es el momento de mayor conexión entre la mujer y Di-s —aun más que el encendiendo de las velas, ya que en la mikve, todo el cuerpo participa. Algunas mujeres van a la mikve cuando están en crisis, o alguien esta enfermo, o antes de una boda o un Bar Mitzvá. El resto de la familia participa en la experiencia de la mikve porque el marido tiene que cooperar y los niños sienten la infusión de espiritualidad que su madre trae de los baños. Y cuando un bebé nace después de la mikve, se considera que ha sido concebido en santidad y sale al mundo con esa ventaja.

Estoy un poco apesadumbrada que no observé la mitzvá a fondo durante la preparación. Quizás hubiera sido incluso más profundo y significativo. Pero era demasiado tarde para hacerlo de nuevo; Tuve una oportunidad única de purificación en mi vida. Y para una persona no religiosa que ha buscado arduamente conectarse espiritualmente con el judaísmo, era un gran comienzo.

POR JUDIE FEIN
Judie Fein y su marido colaboran con más de 75 semanarios y periódicos, incluyendo L.A. Times, National Geographic Traveler, Boston Globe, Robb Report, Art & Antiques, Dallas Morning News, Hemispheres, Continental, ha conseguido muchos reconocimientos por su trabajo. Judie además es una aclamada guionista, y tuvo apariciones en programas de magnitud nacional como The Today Show. Junto a su marido, también escritor, viaja y enseña alrededor del mundo.
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