Cómo prevenir otro infarto

Una teoría que se aplica a muchas de las situaciones amenazantes o no deseadas de la vida.

Un amigo cercano tuvo un infarto. Gracias a Dios, está bien. Los que están nerviosos son todos los que lo rodean. “¿Sabía que tenía un problema en el corazón?” “¿Hacia ejercicio?” “¿Qué clase de ejercicio?” “¿Cuidaba su colesterol?” “¿Comía mucha azúcar? ¿Sal?” Las preguntas son interminables. ¿Y qué sentido tienen? ¿Qué diferencia hay en saber si él comía mucho bistec y papas fritas con sal o ninguna de las dos cosas? ¿Por qué todas las preguntas?

Tengo una teoría que se aplica a muchas de las situaciones amenazantes o no deseadas de la vida: tratamos de protegernos. Intentamos evitar el mismo resultado. En cierto nivel, por supuesto, esto tiene sentido. Si queremos tener un corazón saludable, debemos mantener conductas saludables, cuidar lo que comemos y hacer ejercicio regularmente.

Preguntamos porque queremos tranquilizarnos. Preguntamos porque queremos asegurarnos que no nos ocurrirá a nosotros y pensamos que si podemos ir pasando por la lista marcando casillas entonces estamos a salvo.

La ciencia médica alienta esta creencia. “¿Hay un historial de cáncer en la familia?” “¿Tiene el gen brca?” Por supuesto que debemos formular estas preguntas. Por supuesto que debemos responder en formas apropiadas para nuestra situación. Pero, ¿qué pasa si la respuesta a ambas preguntas es “no”? ¿Estamos fuera de peligro? ¿Podemos relajarnos? ¿Quedamos por completo fuera de la población en riesgo? Por supuesto que no.

Porque la vida tiene muchos riesgos. Y, por más que lo intentemos, no podemos protegernos por completo de ellos (y tampoco a nuestros hijos, pero eso requiere otro artículo). Hay personas que no fuman y lo mismo mueren de cáncer al pulmón. Personas delgadas que hacen ejercicio y aun así tienen infartos. Familias afectuosas y maravillosas que tienen un hijo drogadicto. Personas inteligentes y talentosas con una excelente educación y currículo y están desempleadas. No hay garantías. No importa cuántas cosas de la lista marquemos.

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Esta es la ilusión en la que algunos vivimos. Si comemos “bien” y actuamos “bien”, no nos ocurrirá ningún daño a nosotros ni a nuestros hijos. Lo opuesto es todavía más preocupante. Esto significa que aquellos que sufren deben haberse comportado “mal” en alguna de estas áreas. Claramente no es verdad. No sabemos cómo Dios maneja el mundo y aunque por cierto vale la pena intentar “aprovechar las oportunidades”, no hay garantías y no deberíamos esperar nada. No debemos confiar que estamos protegidos ni tener miedo de no estarlo.

Sí, tenemos que esforzarnos y actuar de forma responsable, pero igualmente importante es confiar en Dios para que todo resulte de la forma que debe hacerlo, sin importar cuántas casillas de la lista hayamos marcado. Si creemos que podemos garantizar nuestro futuro, entonces pensamos que todo depende de nosotros. Una vez que reconocemos que no podemos, entonces simultáneamente entendemos que todo depende de Dios.

Todos ansiamos una vida con garantías y protecciones, pero este es un mundo de incertidumbre. La única cosa segura es nuestra relación con Dios. Leí hace poco algo que escribió Rav Shimshon Pincus zt”l (y parafraseo). Él dice que algunos pensamos que confiar en Dios lleva a una existencia sin preocupaciones, relajada y libre de ansiedad. No es verdad. Confiar en Dios no significa que nunca estaremos asustados y preocupados. Confiar en Él significa que cuando estamos asustados o preocupados, acudimos a Dios.

Nadie tuvo una vida más turbulenta que el Rey David. Rodeado de enemigos por todos lados, sus Salmos reflejan mucho miedo y el simultáneo reconocimiento de que su único consuelo y salvación están en Dios. En ninguna parte sugiere que si él hubiese sido un mejor padre, su hijo no se habría vuelto contra él (si tan sólo hubiera jugado baseball en el patio); o que si hubiera sido un mejor yerno, entonces la locura de Saúl no lo habría convertido en su blanco.

Dios tiene un plan y nuestro trabajo es aceptarlo, no culparnos y no recriminarnos. No sé por qué nuestro amigo tuvo un ataque al corazón. Puede ser que eso nos motive a todos a cuidar más nuestra salud y a ser más amables con nuestra familia, lo cual es excelente. Pero no olvidemos nuestra tarea principal: confiar en Dios y trabajar para sentirnos seguros porque Él está al volante.

 

POR EMUNA BRAVERMAN

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