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¿Brit o no Brit? Esa es la Pregunta

Durante los últimos meses de mi embarazo, pasé más tiempo angustiada por el brit milá de mi hijo que por el trabajo de parto.

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Desde el principio, yo sabía que estaba esperando un niño. No puedo explicar cómo, si fue el instinto maternal, la intuición femenina o sólo una suposición. Pero cuando la ecografía confirmó este hecho durante mi semana número veinte, sonreí con una de esas sonrisas que envuelven toda la cara, una sonrisa con su propio código postal, el aspecto – que más tarde llegaría a conocer – de una madre que tiene la razón.

Mi marido y yo celebramos durante la visita al médico, escudriñando cada milímetro de las fotos granulosas en blanco y negro que te dan hoy en día después de una ecografía, buscando pistas entre los pixeles borrosos sobre la capacidad atlética de nuestro hijo que aún no había nacido, sobre su intelecto, su belleza y su encanto.

Todo fue muy especial y cálido, incluso encantador. Y se mantuvo así durante unas cuantas horas, hasta que regresé a mi oficina (soy editora de una revista) y compartí la noticia con la primera colega que vi. “¿Acaso ustedes van a hacer aquel ritual de la circuncisión?”, preguntó ella, con los ojos abiertos de par en par.

La pregunta me descolocó; no sabía qué decir. No porque no estuviese segura. Yo había crecido en una familia ortodoxa y me había casado con un hombre secular israelí. Somos lo que me gusta llamar “judíos de cosas importantes”, observantes de los pactos que consideramos fundamentales, pactos que definen a un judío. Y si bien no somos parangones de virtud religiosa, el brit milá era una resolución incuestionable, al igual que por ejemplo, el ayunar en Iom Kipur.

Sin embargo, el tono de la pregunta de mi compañera de trabajo me puso nerviosa; era como si entre líneas hubiera sugerido que mi marido y yo entregaríamos a nuestro arrugado y pequeño recién nacido a un chamán con plumas en la cabeza, armado con un cuchillo afilado. No podría decir si ella realmente pensaba que todo era extraño y sectario, pero instantáneamente deseé haber mantenido mi boca cerrada. Sin embargo, allí estaba ella, exigiendo una respuesta. “Sí, eso es lo que haremos”, le dije con los labios fruncidos. Me sentí avergonzada y a la defensiva, y más tarde, preocupada. ¿Y que hay si ella espera una invitación?

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Los restantes cinco meses de embarazo pasé más tiempo angustiada por el brit milá de mi hijo que por el trabajo de parto. Sé que suena terriblemente superficial, y en cierta medida lo es. Pero el tema es que para una mujer profesional como yo, las oficinas son calderos de juicio, donde los jefes y compañeros de trabajo examinan todo lo que uno hace, desde la vestimenta hasta lo que pides para el almuerzo. (¿Una hamburguesa y papas fritas? ¿En serio?). No es de extrañar, entonces, que yo estuviera preocupada y ansiosa por cómo ellos percibirían el brit milá de mi hijo, una fiesta en donde al invitado de honor, apenas de una semana de edad, se le corta parte de su miembro, sólo para ser seguido por un almuerzo festivo. En lenguaje político, los pronósticos no eran muy buenos.

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Había otras preocupaciones también. Yo sabía de amigos que habían contratado a cirujanos para que realizaran las circuncisiones de sus hijos en la privacidad – y en la esterilidad con aroma a peróxido – de una sala de operaciones. Ellos apreciaban no sólo la limpieza del hospital, sino también la tranquilidad mental que sólo es posible, decían ellos, al tener a un médico certificado llevando a cabo el procedimiento. Durante años yo había descartado el concepto de un brit milá en un hospital ya que lo consideraba una herejía, comparable a comer un sandwich de pastrami y tocino sobre pan de centeno. Pero ahora que era mi propio hijo, cuyo cuerpecito rosado tenía que someterse al cuchillo, la idea no parecía tan loca después de todo.

Pensé en esta idea durante unos cuantos días, visualizándome a mí misma presenciando el brit milá vestida en una bata azul de hospital y una máscara atada alrededor de mi rostro. Imaginaba al cirujano agarrando el bisturí, y a mi marido sosteniendo en alto a nuestro bebé en sus manos con guantes de goma. Pero incluso en mi imaginación, donde podía jugar con todas las variables, el escenario entero parecía extrañamente desprovisto de carácter judío, parecía un procedimiento ambulatorio como punzar un furúnculo. No tenía alma. Así que deseché la idea.

Yo quería un mohel que pudiera unir los diferentes mundos en los que yo habitaba y aún así, que pudiera agregar una medida de gracia y santidad al día.

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Una vez un editor, en un arrebato de frustración, me dijo: “¡Maldita sea, eres una mujer demasiado exigente!”. Él se habría tirado los pelos a más no poder si hubiera visto la lista de criterios que ideé para encontrar al mohel adecuado. Necesitaba a alguien que entendiera mis circunstancias especialmente singulares: una familia ortodoxa por un lado, un marido poco familiar con un Sidur, y una lista de invitados que podría incluir a unas cuantas personas cuyo único punto de referencia para un brit milá era un episodio de Seinfeld. Él también necesitaba ser un experto, idealmente debería haber estudiado en Harvard antes de tener una epifanía acerca de convertirse en mohel (hey, una chica puede soñar). Yo quería un mohel sensible y capaz, que pudiera unir los diferentes mundos en los que yo habitaba y aún así, que pudiera agregar una medida de gracia y santidad al día. No hace falta decir que ninguna de estas calificaciones apareció en una búsqueda en Google.

Así que empecé a preguntar a mis amigas y a solicitar recomendaciones. La caza comenzó a adquirir tintes de “Ricitos de Oro” – este mohel era demasiado religioso, este mohel no era suficientemente religioso. Por último, una periodista amiga me recomendó al rabino Moshé Jaim Friedman. “Él es el mohel de los medios de comunicación. Todos lo utilizamos”, dijo ella con una eficiencia enérgica. Después de algunas investigaciones, me enteré que el rabino Friedman había obtenido las recomendaciones del presidente del Departamento de Cirugía de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York, y del director del departamento de Urología Mínimamente Invasiva de la Universidad de Columbia. “Popular por su presencia tranquilizadora y optimista”, había escrito el New York Magazine un par de años atrás en su lista corta de mohels recomendados. Impresionante, pensé.

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En retrospectiva, creo que hay otra razón por la que la gente de mi ámbito tiende a gravitar hacia el rabino Friedman. Somos escépticos profesionales, entrenados para descubrir a los farsantes. Y él no entra dentro de esa categoría. Mi primera conversación con el rabino fue – ¿Cómo puedo decirlo sin sonar como una loca de remate? – encantadora. Genuinamente curioso acerca de mis antecedentes, me acribilló con preguntas sobre mis abuelos y mi educación, y parecía totalmente fascinado por el linaje de mi marido – hijo de comerciantes búlgaros por un lado y descendiente de sabras de novena generación por el otro. Luego, metódicamente habló de su experiencia, su reverencia y amor por su trabajo. Quizás fueron las hormonas del embarazo, o tal vez sólo la sensación de que este rabino me entendía, pero en la mitad de nuestra conversación telefónica, descargué todas mis ansiedades reprimidas acerca de “el día”, especialmente en lo que concernía a la forma en que se vería ante mis colegas. Yo divagaba, gemía y probablemente incluso lloré. El rabino Friedman escuchó atentamente, sin interrumpir, hasta que terminé. “Sra. Goldman”, dijo suavemente. “Se lo prometo, nada de eso importará”.

Me gustaría poder recordar exactamente lo que dijo para convencerme, pero la mayoría de mis recuerdos de esas últimas semanas de embarazo son borrosos y nublados. Todo lo que recuerdo fue colgar el teléfono y sentirme aliviada, como si finalmente me hubiera despojado de la pesada carga que había estado llevando desde hace meses. Realmente nada importaba, excepto estar emocional y espiritualmente disponible para mi hijo. El resto era, como el rabino Friedman dijo, narishkeit.

El brit milá de mi hijo se llevó a cabo en un inusualmente cálido domingo de abril. El rabino Friedman llegó antes que nosotros. Él fue paciente, a pesar de que varios de mis familiares llegaron tarde, poniendo un obstáculo en un día en el cual él tenía que realizar tres circuncisiones. La ceremonia fue dignificante e incluyente – el rabino Friedman le dio a mis invitados (muchos de ellos compañeros de trabajo y amigos no judíos) explicaciones claras y atractivas para las diferentes fases de un brit milá. Él incluso calmó a mi padre, que a pesar de ser su sexto nieto, era un manojo de nervios mientras sostenía a mi bebé sobre una almohada de seda blanca. Cuando el rabino Friedman terminó, mi esposo me miró con asombro y pronunció la palabra “gracias”.

“Ese fue uno de los servicios más conmovedores a los que he asistido”, me dijo un amigo no judío productor de un programa de noticias.

Llámame ingenua, pero creo que muchas dudas acerca de la tradición (muchas de ellas, francamente, mis dudas) se resolvieron ese día. Después del servicio, nuestros seres queridos nos rodearon, algunos de ellos con los ojos rojos y llorosos. “Ese fue uno de los servicios más conmovedores a los que he asistido”, me dijo un amigo no judío productor de un programa de noticias (lo que era un gran elogio viniendo de un hombre que cubrió la coronación del Papa). Mi colega que meses antes me había preguntado acerca de “aquel ritual de la circuncisión” agarró mis manos y las apretó con fuerza. “Me siento muy honrada de haber sido parte de esto”, me dijo sonriendo.

Durante el desayuno-almuerzo, mi esposo anunció el nombre de nuestro hermoso pequeño, Oz Amijai, que en hebreo significa “el coraje de mi pueblo vive”. Yo miré alrededor de la habitación, la atención absorta que nuestros huéspedes le brindaron, un mar de sonrisas. Un suave brillo nos envolvió a todos, e incluso después se sentía como si nadie quisiera irse de ahí.

POR LEA GOLDMAN

 

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