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Judaísmo en Español

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Amando al Converso

Ekev (Deuteronomio 7:12-11:25)

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…[Dios] ama al converso, y le da comida y vestimenta. Ustedes también deben amar al converso, pues extranjeros fueron en la tierra de Egipto” (Deuteronomio 10:18-19).

La Torá nos informa sobre el gran amor que tiene Dios por el guer(converso). Dado que se nos exige emular a Dios, nosotros también debemos amarlo. ¿Por qué, entonces, es necesario agregar: “pues guerim (extranjeros) fueron en la tierra de Egipto”?

Maimónides (Responsa 369) señala que la Torá nos ordena respetar y honrar a nuestros padres y obedecer a los profetas, pero no nos ordena que los amemos. Sin embargo, estamos obligados a amar al converso tanto como se nos obliga amar a Dios. Para entender esto debemos entender el concepto de amor según la Torá.

El valor numérico en hebreo de “amor” (ahavá) es el mismo que “uno” (ejad). Amor es el producto de la unión entre los individuos, el reconocimiento de una similitud y una afinidad. En nuestra relación con Dios, esta similitud es intrínseca, ya que fuimos creados a Su imagen y semejanza. De la misma manera, compartimos responsabilidades y objetivos con los demás judíos que respetan la Torá; ellos son nuestros pares en Torá y mitzvot. Con los padres y cónyuges sin embargo, más allá de la similitud intrínseca que compartimos como judíos, podemos no tener nada más en común.

Ahora bien, por supuesto que debemos trabajar para desarrollar y nutrir una afinidad y similitud en estas relaciones. Amar a un padre es un aumento en el honor que le brindamos, y amar a la pareja es una directiva rabínica (Maimónides, Ishut 15:19). Y, con toda seguridad, amar y honrar a los justos es un ideal a seguir. Sin embargo, la Torá no nos ordenó que creemos una afinidad en donde ésta no existe de forma intrínseca; sino, que, donde esa afinidad ya existe de manera natural, la Torá nos ordenó que la desarrollemos.

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Estudiante de Abraham

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Maimónides, en la responsa mencionada anteriormente, le escribe a un converso que había sido insultado por su mentor, el cual lo llamó tonto por hacer una pregunta legítima:

…Que te haya llamado tonto me deja perplejo. Alguien que ha dejado a su padre y a su madre, su lugar de nacimiento y su nación, la cual actualmente está al mando; cuyo corazón y mente lo dirigieron a aferrarse a una nación que es hoy por hoy detestada por las demás naciones del mundo y es regida por esclavos, y sin embargo reconoció y entendió que su religión es la verdadera y correcta, entendió los caminos de Israel y buscó a Dios, entró al camino de la santidad, ingresó bajo las alas de la presencia Divina y se sentó en el polvo bajo los pies de Moisés, el maestro de todos los profetas. Alguien que desea las mitzvot de Dios, cuyo corazón lo inspira a acercarse y deleitarse con la luz de la vida, a ascender al nivel de los ángeles, a regocijarse y obtener placer en el éxtasis de los sabios. Alguien que sacó a este mundo vano de su corazón y no persiguió cosas mundanas y ociosas – ¿es acaso una persona que alcanzó tales elevadas alturas digna de ser llamada tonta?

Dios no te considera una persona tonta, sino una persona inteligente, sabia y comprensiva que procede por los caminos correctos, un estudiante de Abraham, quien también dejó a su padre y su lugar de nacimiento para seguir a Dios. Aquel que bendijo a Abraham y lo recompensó en este mundo y en el venidero, te bendiga y te recompense adecuadamente a ti en este mundo y en el venidero. Que Él extienda tus días, para que puedas enseñarle las leyes de Dios a Su congregación, que amerites ver todas las consolaciones guardadas para Israel en el futuro y que el bien que Dios hará por nosotros también recaiga sobre ti, porque Dios ha hablado bien refiriéndose a Israel.

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Chispa Sagrada

El converso ha descubierto por su cuenta algo con lo que el judío nace. Sin embargo, los Sabios nos dicen (Yevamot 48b) que un converso a veces experimenta dificultades después de la conversión debido a que demoró en convertirse. El gran sabio conocido como el Jidá explica que todo converso tiene una chispa de santidad innata, la cual está reprimida y yace durmiente hasta que él se concientiza de ella y se convierte. Por tanto, la demora que mencionamos sería el no actuar antes de acuerdo a esa chispa.

El famoso converso y mártir, Abraham ben Abraham, postuló que si bien todas las naciones rechazaron la Torá cuando Dios se las ofreció, habían algunos individuos dentro de esas naciones que sí estuvieron dispuestos a aceptarla. Son los descendientes de aquellos individuos quienes eventualmente se convierten.

Por medio de una conversión halájicamente correcta, el converso se transforma en un nuevo individuo. Esa chispa de santidad es transformada en un alma judía y reemplaza su identidad previa de no judío. Es una persona nueva, sin conexión halájica con su pasado.

Dios muestra un amor y una preocupación especial por el converso, alimentándolo y vistiéndolo. La comida es una necesidad básica del hombre. Al reconocer la elevada esencia del converso, Dios provee sus necesidades esenciales. La ropa representa el honor. Al proveer ropa, Dios está honrando al converso.

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Extranjeros en Egipto

Por un lado, compartimos una afinidad intrínseca con aquello que el converso eligió y aceptó sobre sí mismo. Sin embargo, es difícil relacionarse con él con completa afinidad, dado que su aceptación de la Torá y las mitzvot fue voluntaria, mientras que la nuestra vino de nacimiento. Por lo tanto, la Torá no podría simplemente exhortarnos a emular a Dios en amar al converso, ya que hay un impedimento para poder realmente cumplir con ese mandamiento. Por lo tanto, la Torá agrega: “pues guerim fueron en la tierra de Egipto”.

Podemos apreciar e identificarnos con el converso porque en nuestra experiencia nacional también fuimos cuasi guerim, cuando dejamos Egipto y aceptamos la Torá. A pesar de haber sido potencialmente judíos desde los tiempos de Abraham, y de que todo lo que tuvo que ser hecho en Sinaí fue solamente materializar el potencial que ya existía (ver Gur Arié en Génesis 46:10), vivimos allí una conversión, una aceptación de la Torá y las mitzvot que no teníamos cuando nacimos. Debido a que compartimos esa experiencia con el converso, se nos puede ordenar que reconozcamos y apreciemos dicha similitud.

Los Sabios comentan (Yevamot 47a) que los conversos son tan dificultosos para el pueblo judío como spajas (una aflicción de la piel). Por un lado, los no judíos que se convierten por motivos ulteriores (básicamente quienes se disfrazan de judíos), son una plaga y una enfermedad para el pueblo judío.

Pero por otro lado, quienes se convierten por las razones que describe Maimónides y que atraviesan una conversión halájicamente correcta, son una afección placentera para el pueblo judío. Al igual que el tzaraat (aflicción cutánea) es una lección para motivar el arrepentimiento y la mejora personal, la devoción y la observancia meticulosa de las mitzvot que realiza un converso son una acusación para aquellos que nacen judíos y no son tan devotos, meticulosos o apreciativos de su legado.

 

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