Hace cincuenta años, el 20 de julio de 1969, más de 500 millones de personas en todo el globo observaron sorprendidas y fascinadas el momento en que el ser humano pisó por primera vez la luna. Los humanos habían logrado lo imposible.

Para el astronauta Neil Armstrong el significado histórico del momento quedó capturado en lo que se volvió su frase famosa: “Este es un pequeño paso para un hombre, pero un salto gigante para la humanidad”. El primer aterrizaje del hombre en otro astro fue considerado un triunfo de la tecnología moderna. Se consideró una confirmación de la primacía de la ciencia como la solución para todos los problemas del hombre. La celebración a continuación se convirtió casi en una nueva clase de idolatría. La antigua idolatría a la luna como dios fue reemplazada por la idolatría al hombre por su capacidad de pisar su superficie.

Cincuenta años más tarde, con el beneficio de la perspectiva y las lecciones de la historia, sería útil reconsiderar el significado del contacto directo entre el ser humano y la luna.

Aproximadamente medio año antes de que el Apollo 11 lograra alunizar exitosamente, despegó el 21 de diciembre de 1968 de lo que en la actualidad se conoce como el Cabo Cañaveral en Florida, el Apollo 8, la primera misión tripulada a la luna. El plan era que los tres astronautas a bordo pudieran llegar aproximadamente a 110 kilómetros de la luna, rodearla varias veces y regresar a casa a salvo, todo el tiempo transmitiendo sus logros al mundo. Al adquirir experiencia operacional, poner a prueba los equipos y registrar posibles sitios para el alunizaje, también esperaban pavimentar el camino para una caminata lunar al año siguiente, justo a tiempo para responder al desafío del ex presidente John F. Kennedy de lograrlo antes del fin de la década.

Los astronautas fueron los primeros que vieron la Tierra desde lejos, como un planeta completo, y tomaron “la fotografía más importante y potente de la historia humana”.

Minutos después de un despegue perfecto, el Coronel de la Fuerza Aérea Frank Borman, comandante de la misión, el Capitán Naval James A. Lovell Jr., piloto del módulo de comando, y el Mayor de la Fuerza Aérea William A. Anders, piloto del módulo lunar, se propulsaron a un territorio desconocido, viajando durante tres días por la inmensidad del espacio. Ningún vuelo previo tripulado, ni de los Estados Unidos ni de la Unión Soviética, había salido del campo gravitacional de la tierra. El 24 de diciembre los astronautas fueron los primeros seres humanos que vieron el lado oscuro de la luna y los primeros que entraron a la órbita lunar, rodeando 10 veces el cuerpo celeste.

También fueron los primeros que vieron la Tierra desde lejos, como un planeta completo. En ese momento el Mayor Anders capturó lo que hoy muchos consideran “la fotografía más importante y potente de la historia humana”. Esta foto hoy es conocida como “la Tierra naciente” o “el amanecer de la Tierra”.

Observar ese globo y reconocerlo como nuestro hogar, saber que estamos girando en su órbita y que vivimos nuestras vidas cotidianas en el contexto de un universo mucho mayor, es captar el significado completo de las palabras del Rey David en los Salmos: “Cuando veo Tus cielos, la Obra de Tus dedos… [me pregunto] qué es el hombre para que Tú lo recuerdes” (Salmos 8:4-5).

Incluso al glorificar nuestros logros y proclamar que estamos “conquistando el espacio” no podemos dejar de estremecernos por nuestra pequeñez en comparación con la inmensidad del universo, lo que es una prueba clara de la existencia de un Creador mucho más poderoso.

Maimónides, en su obra clásica Mishné Torá, describe cómo cumplir mejor nuestra obligación dual de amar y temer a Dios.

¿Cuál es el camino para llegar a amar y temer a Dios? Cuando una persona contempla Sus maravillosas y grandiosas obras y creaciones y valora Su sabiduría infinita que no tiene comparación, de inmediato llega a amar, alabar y glorificar [a Dios], ansiando con tremendo deseo conocer el gran nombre [de Dios], como dijo David: “Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo” (Salmos 42:3).

Cuando la persona reflexiona sobre estos mismos asuntos, de inmediato siente asombro y temor al entender que ella es una criatura pequeña, baja y oscura con su sabiduría frágil y limitada ante Aquél que entiende perfectamente, como dijo David: “Cuando veo Tus Cielos, la obra de tus dedos… [me pregunto] qué es el hombre para que Tú lo recuerdes” (Salmos 8:4-5).

¿Cómo podemos explicar la sed insaciable de la humanidad de descubrir lo que se encuentra más allá de su hogar terreno? ¿Qué justifica gastar miles de millones de dólares para apoyar fugazmente un pie en la luna y esperar lograr más en el futuro? En esencia es una búsqueda espiritual. Es tal como lo definió Maimónides: la añoranza del alma de conocer más sobre su Creador. Es un acto de amor, que trae como respuesta una ola de increíble asombro.

Esto fue lo que ocurrió con la misión que precedió al Apollo 11. Cuando William Anders apuntó su cámara hacia la ventanilla y tomó la fotografía que nos recuerda nuestro verdadero lugar en el universo, los astronautas comenzaron a llevar un registro de lo que podían ver, desde el cielo completamente oscuro hasta las diversas montañas, cráteres y mares de la luna. Y entonces, sin ninguna instrucción de la NASA, excepto de realizar algo “apropiado”, comenzaron a hacer turnos leyendo los primeros versículos de la Torá.

“En el comienzo, Dios creó los cielos y la tierra…”

Las primeras palabras de la Torá no fueron más que un pequeño paso para Dios, pero un salto gigante para la humanidad.

 

por Rav Benjamín Blech

 


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