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Sivan Yaari, la israelí que lleva luz y agua a África

Ya ha cambiado la vida de más de 1 millón de personas en más de 220 aldeas en 10 países.

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PARASHÁ DE LA SEMANA: PESAJ
LECTURA DE LA TORÁ PARA 1 DIA DE CHOL HAMOED (LUNES): EXODO 13:1-16; NUMEROS 28:19-25
LECTURA DE LA TORÁ PARA 2 DIA DE CHOL HAMOED (MARTES): EXODO 22:24 – 23:19 ; NUMEROS 28:19-25
FESTIVIDAD: PESAJ (19 AL 27 DE ABRIL DE 2019)

Tiempo de Lectura: 8 minutos

“Yo no hice nada especial. No inventé nada. Simplemente supe compartir recursos ya existentes, con quienes tanto lo necesitaban”, nos dice Sivan Yaari (40) con auténtica modestia, convencida de que su singularidad fue simplemente haber logrado organizar una infraestructura que permite ayudar a la gente.

Pero la fundadora de la asociación Innovation Africa ya ha cambiado la vida de más de 1.300.000 personas en el continente africano, al haber instalado en más de 220 aldeas en 10 países (Uganda, Malawi,Tanzania, Etiopía, República Democrática del Congo, Camerún, Sudáfrica y Senegal, Swazilandia y Zambia) paneles solares que permiten producir electricidad y extraer agua del subsuelo. Y su sueño para el 2025 es llegar a ayudar a otros 6 millones de personas en África, llevando electricidad y agua a más de mil aldeas.

Sivan Yaari tiene la particularidad de combinar a la perfección los sueños con la acción, los ideales con su realización. Aunque el ingreso para mantener a la familia —junto a su esposo que por cierto también trabaja— es una red de institutos de belleza especializada en manicura que ella creó, su vida es Innovation Africa, de cuya fundación se cumplen dentro de pocos días ya diez años. La asociación está registrada en Estados Unidos porque la creó cuando cursaba allí estudios universitarios. Pero Sivan sostiene que debe verse plenamente como una iniciativa israelí. Y no sólo porque ella misma nació en Israel (Rishón LeTzion) sino porque todos los ingenieros y funcionarios que trabajan para la asociación son israelíes, por la tecnología de control a la distancia que permite el manejo del sistema en África desde lejos y el emprendimiento en sí.

Sivan nació en Rishón LeTzion. Cuando tenía 12 años la familia se mudó a Francia, donde había nacido su padre, a buscar alternativas laborales tras haber sido despedido él de la oficina en la que trabajaba. Sus padres abrieron una pizzería en el mercado de Niza y Sivan recuerda que ella, su hermano mayor y su hermana menor vivían comiendo pizza, por lo cual bromea al contar que a los 18 años decidió viajar a Israel a enrolarse al servicio militar “para comer mejor”. Se presentó como voluntaria, hizo el ejército y a los 20 años comenzó a buscar trabajo.

Por recomendación de terceros llegó a un empresario que fabricaba jeans, pero él consideró que su inglés no era suficientemente bueno y que no le serviría para su contacto con Estados Unidos, que era su fuerte en ese momento. El francés que sabía de su hogar fue la salvación y lo que de hecho, la introdujo en África. El empresario le contó de una fábrica que manejaba en Madagascar, donde hablan francés, y Sivan, que en ese momento ni siquiera sabía dónde estaba ubicado ese lugar, aceptó.

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Esta joven mujer que irradia luz y una singular combinación de humildad y firmeza, es un ejemplo de lo mucho que se puede alcanzar en la vida y del significado de no vivir pensando solamente en uno mismo. Vale la pena conocerla.

Aquí va nuestro aporte para que ello sea posible, un resumen de una entrevista aleccionadora:

P: Sivan, tu entrada a África fue de muy joven, por una cuestión laboral, y ese fue el comienzo de una gran iniciativa que hoy tiene gran influencia.

R: Así es. Ya en aquel momento entendí que uno de los grandes problemas de África es que no hay electricidad. Estuve en diferentes aldeas y eso era evidente. Eso influye en muchas cosas como la salud y la educación, entre otras cosas. La gente no puede recibir vacunas porque no hay heladeras donde guardarlas, tampoco otros remedios. Los niños estudian a la luz de velas.

Cuando de la empresa de los jeans en la que trabaja me mandaron a Nueva York, me anoté a estudios universitarios en Columbia, primero estudié finanzas, porque soy buena en números y luego hice el segundo título en energía sustentable. En el marco del trabajo, como me habían enviado a distintas fábricas que tenían, llegué a diferentes lados, también a Marruecos y a Kenya. Pasé en total casi 8 años en África. Y siempre veía el mismo problema.

Buscando agua en Uganda. Un desafío diario que se ha terminado en las aldeas a las que llegó esta emprendedora israelí.

P: Y comenzó tu gran emprendimiento.

R: Exacto. En el 2007, hablando con uno de mis profesores le pregunté cómo puedo ayudar a mejorar la vida en las aldeas de África, que la gente tenga heladera, que puedan recibir vacunas, que las escuelas puedan funcionar mejor… y me dijo que es sencillo. “Necesitas solamente algunos paneles que capten la energía del sol”, me respondió. “Eso permitirá producir electricidad, será suficiente para una heladera. Dos paneles por aldea”.

P: Te pareció demasiado sencillo.

R: Claro. No podía creer que eso fuera suficiente. Junté dinero de los estudiantes. Yo era la presidenta de la organización de estudiantes israelíes en Columbia, parte de la organización Hillel. Con el dinero que logré juntar y parte del dinero de nuestras becas compré dos paneles solares. Mi profesor me dijo que lo mejor sería comenzar por Tanzania ya que allí el sistema funcionaba en forma más ordenada, había leyes claras, y se podía introducir al país productos para producir energía, sin pagar impuestos.

P: Así que emprendiste camino a Tanzania.

R: Así es. Fui a la aldea Kidegozero e instalé, como cosa mía, los primeros paneles, con el dinero que habíamos juntado en la universidad.

P: ¿Así nomás? ¿Iniciativa privada?

R: Exacto. Muy sencillo. Volví, le conté a todos, y estaban felices. Pero lo central es lo que pasó en el terreno cuando eso se concretó. La gente estaba enloquecida. Compré una heladera chica, de 50 litros. Empecé pues con la electricidad en una clínica. Y fue una gran cosa que ese mismo día, el gobierno local llevó a la aldea remedios y vacunas. Yo ya había hablado antes con el “jefe” de la aldea, la preparación del terreno de antemano era imprescindible. De allí pasamos a la escuela y fue increíble cuando los niños vieron la luz. Pero unos meses después comprendí que había cometido un error al no pensar quién cambiaría las lamparitas si se quemaban.

P: Entendiste que también en eso tan trivial había que pensar.

R: Por supuesto. Pensé que la enfermera no tenía dinero para comprar nuevas, que el gobierno no iría a cambiarlas. Y que en la escuela con electricidad los alumnos tampoco tendrían dinero para eso. Pensé que todo se arruinaría, que también las baterías se terminarían.

P: ¿Cómo lo solucionaste?

R: Me di cuenta que en la aldea, aunque faltan muchas cosas, la gente tiene teléfonos celulares. Pregunté dónde los cargaban y me contaron que los cargaban de la batería de un coche en la aldea vecina, pagando una suma mínima al dueño del coche. Entonces se me ocurrió que la electricidad generada por los paneles en la clínica y la escuela serviría también para eso. Le dije a la gente que pague esa misma suma al maestro de la escuela y a la enfermera de la clínica, y con ese dinero tendrían suficiente dinero para comprar lamparitas y cambiar las baterías. ¡Estaba hecho el negocio! Y así fue, realmente se concretó ese funcionamiento. Y hasta hoy es un gran negocio, la gente sigue yendo a cargar sus teléfonos y pagan, lo cual permite mantener el sistema funcionando.

Sivan Yaari trae la tecnología, técnicos locales instalan los paneles solares. La aldea toda, expectante, observa.

y festejan cuando llega la luz…

y el agua.

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P: Sivan, ese fue el comienzo en la primera aldea en Tanzania, pero a esta altura ya has hecho las instalaciones en más de 160 aldeas, en ocho países. ¿Cómo se fue ampliando la actividad?

R: Te diré ante todo que en ese momento yo todavía era estudiante. Alguien me recomendó abrir una asociación sin fines de lucro a la que se podía donar. Y así lo hice. La fundé, la registré en Estados Unidos porque en ese momento estaba estudiando allí.

P: ¿No te sentías un poco como Don Quijote lidiando con los problemas del mundo?

R: La verdad que no, fue sencillo. Realmente no es difícil instalar la conexión eléctrica. Y es increíble que, en un continente entero, África, haya tantos millones de personas sin electricidad. Hay solamente en las grandes ciudades, y no siempre. Y el problema es que esto incide también en otras cosas. Entendí también que no tienen acceso a agua porque les falta la electricidad. En Uganda, donde hay un serio problema de hambruna, vi niños cavando con las manos para tratar de llegar al agua. El maestro en la escuela, cuando le pregunté por qué los niños no van a estudiar, me dijo “están demasiado débiles para caminar”. Y realmente los vi cavando con las manos. Hay en África 350 millones de personas buscando agua.

P: El tema, claro, no es sólo llegar al agua, sino que no esté contaminada.

R: Exacto. Te cuento que me propuse ayudar también en eso, aunque me llevó un poco de tiempo entender cómo hacerlo. El tema es que hay que perforar a 30, 50 ó 150 metros de profundidad. En el Congo hicimos una perforación de 150 metros y llegamos a un gran depósito de agua limpia. Entonces vi que puedo usar la energía solar para activar una máquina que extraiga el agua, que la bombee hacia arriba.

P: O sea que ese es un esfuerzo extra.

R: Así es. O sea, hay que traer los paneles y la máquina, el agua es conducida a una reserva de 10 mil litros y de allí el agua fluye hacia canillas que colocamos en un punto central de la aldea. Y vi la felicidad de la gente, con 10-15 canillas en el lugar. También trabajo con Netafim, la compañía israelí especializada en riego por goteo y les instalo otra resrva para los caños de riego por goteo de Israel, así pueden cultivar comida con poca agua. Y el cambio en la aldea es impresionante.

P: Es que, teniendo agua, todo cambia.

R: Por supuesto. Los niños van a la escuela, la gente goza de mejor salud, hay movimiento de dinero, cultivan su comida y la venden en el mercado, lo cual les da más dinero… Como tienen agua pueden hacer ladrillos y construir casas mejores. Pueden cuidar a sus animales, los animales dan más leche, la venden… toda la aldea cambió por el solo hecho de haber usado algo de energía para sacar agua de la tierra. Y no hicimos nada, solamente logramos extraer un recurso ya existente, el agua, con otro recurso que existe, la energía del sol.

Una iniciativa israelí

“Yo siempre digo que soy de Israel, pero muchos no saben nada, solamente conocen el nombre por la Biblia. Simplemente me presento como “Sivan, de Israel”. Tenemos equipos en el terreno que hacen el trabajo. Acá, en la oficina en Herzliya, trabajo con los ingenieros que son los que luego instruyen a la gente en el terreno, enseñan a la gente local cómo hacerlo. La planificación de todo esto es israelí, también los ingenieros, la tecnología de control a la distancia, las baterías, todo este proyecto es una iniciativa israelí, todos los que trabajan en esto son israelíes.

Hemos sido premiados por la ONU por el uso de una tecnología israelí que presenté allí, que hace posible controlar a la distancia el funcionamiento del sistema instalado en las distintas aldeas. O sea, una caja instalada en el lugar transmite información que me permite saber todo el tiempo cuánta agua se bombea en cada aldea, avisa si algo se rompe en tal o cual lugar.

Las donaciones en su mayoría llegan de Estados Unidos porque la asociación está registrada allí. Desde Israel se compra la tecnología y se hace el trabajo en África”.

Imposible olvidarlo

P: Sivan, has estado haciendo todo esto en varios lados, más de 220 aldeas en 10 países. ¿Hay vivencias que destacarías?

R: Te cuento algo que es hasta difícil de repetir. En febrero pasado el hambre en Uganda era tal que niños tomaban sangre de las vacas muertas para poder subsistir. Niños comiendo hojas. El día en que yo llegué allí, 37 personas murieron de hambre. Realizamos las perforaciones para encontrar agua, pero no basta con eso. Lleva por lo menos tres meses cultivar algo de comida. Llegué tarde, mucha gente había muerto. Allí instalamos los paneles en 95 aldeas.

Es difícil elegir un cuento, una historia, para entender todo. Estuve en Camerún, vi a los refugiados que huyeron de la guerra civil en África Central. Mujeres violadas, heridos, tanta gente… es toda una situación que afectó a tantos. Cuando me pidieron de UNICEF ayuda para llevarles agua me dijeron que había tres canillas en una aldea de 3 mil personas… y dijeron que eso significa que sí tienen agua. Y me pidieron que me de vuelta… me doy vuelta y veo otros 2.500 refugiados que van a tomar agua de las mismas canillas. Allí estalla una guerra.

No podría contar de una madre hambrienta cuyos hijos murieron, porque son muchas. Una madre de 21 años rogando que le demos comida, el bebé tratando de mamar de su pecho y no tiene leche… cuando volvimos con algo, el bebé había muerto. No alcanzamos a hacer todo a tiempo. Nos llevó dos días traer un camión con comida. Una madre contando que tenía 4 hijos y le quedó uno… lo vimos tirado sobre las hojas. En otros casos huérfanos que quedaron sin nada…

P: Lo que haces no es un trabajo, es una misión.

R: Es cierto, y siento que es parte de lo que tenemos que hacer. Está claro. Israel es fuerte hoy, hemos desarrollado muchas cosas y tenemos que compartirlas para poder ayudar a otros. Es parte de lo que debemos ser. Yo no inventé nada. Supe instalar, usar, cosas que ya existían. El tema es saber compartirlas. Tenemos tanto para dar, para compartir… Si sabemos hacerlo, la gente ya puede desarrollarse sola. Simplemente les di la posibilidad de que el agua salga de la tierra y enseguida vimos que los niños pueden ir a la escuela, estar más sanos, hacer negocios… simplemente hay que dar un empujoncito. Y cuando veo la alegría de la gente, eso me alienta a seguir con esto, me motiva a continuar.

 

por Ana Jerozolimski


Fuente: semanariohebreojai.com / Extraído de porisrael.org / Fotos: Innovation Africa

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